Azoteas

Creo que hay algo en los tejados y las azoteas que despierta sensaciones que no se tienen a ras del suelo

El primer chico al que di un beso en la boca tenía la llave de la azotea de un edificio de 17 plantas. Cuando dejamos de vernos pensé mucho en ese lugar porque mirar el mundo desde arriba es algo que me seduce siempre. En mi familia todos tenían vértigo así que cuando era pequeña no había posibilidad de montarme en la noria grande ni en un teleférico ni asomarme subida al borde de una roca en lo alto de una montaña recién culminada.

A veces pienso cómo sería ir ahora a esa azotea. Ya no ocurrirían los nervios de abrir la puerta con una llave que se supone que no deberías tener. Ya no habría sigilo para que ninguna vecina de la última planta se diera cuenta de que un par de adolescentes se estaban colando a esconderse de todo menos del cielo. No sé cómo sería el frío y sentarse sobre el respiradero más alto a mirar las estrellas y charlar estando pendiente de la hora a la que había que estar de vuelta en casa.

Cuando hablamos sobre la felicidad en clase siempre les cuesta arrancar pero, después, llenan sus hojas de palabras. Aunque hace tiempo que no lo veo, sigo guardando lo que escribió Oussama. “Para mí la libertad es escapar de mi realidad, es estar en Al Hoceima con mi familia, todos rodeados en la cena con mis tíos y tías, abuelos… y luego, por la noche, escaparme con mis primos, sentarnos en el tejado de la casa mientras comemos unas pipas y hablamos de algo acompañados de las vistas del cielo oscuro y el silencio de la noche”.

Creo que hay algo en los tejados y las azoteas que despierta sensaciones que no se tienen a ras del suelo. Creo que hay más gente a la que le pasa además de a Oussama y a mí.

Me gustaría volver a esa azotea para que el aire que está por encima de lo que ocurre a ras del suelo me llene los pulmones de ganas de tomar por asalto todas las azoteas

Me gustaría volver a esa azotea. No a los 14, a esa etapa de la vida en la que todo parece que está por estrenar, cuando no eres consciente de que hay trenes que pasan y no vuelven, cuando ni siquiera eres del todo consciente de que hay trenes pasando.

Me gustaría volver a esa azotea. No para ignorar que sé que el mundo es desigual y está cada vez más roto y más sucio. No para pensar que las cosas se pueden cambiar con solo intentarlo. Que si lo intentas con todas tus fuerzas lo consigues.

Me gustaría volver a esa azotea para que el aire que está por encima de lo que ocurre a ras del suelo me llene los pulmones de ganas de tomar por asalto todas las azoteas y todos los tejados y todas las terrazas y todos los techos.

Me gustaría volver a esa azotea para sentarme con toda la gente que tiene ganas de subirse a las alturas para compartir una bolsa de pipas y hablar sobre que, aunque parece que las estrellas están igual de lejos que cuando las miras desde el suelo, en realidad allí arriba estamos un poco más cerca de alcanzarlas.

Fuente: María González Reyes en elsaltodiario.com
Foto: Barrio del Cabanyal, en València | Mathias Rodríguez

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