Antonio Maestre: “Díaz Ayuso recoge todo lo peor que hemos visto durante la pandemia”

El periodista y colaborador de ‘La Marea’ Antonio Maestre repasa algunos de los nombres más infames de la historia de España

La historia de España, como tantas otras, está hilvanada por un hilo negro de vileza y crueldad. Personajes que van de Enrique Plá y Deniel a Isabel Díaz Ayuso ejemplifican estas características, que siguen impidiendo que este país avance como debiera. El periodista y colaborador de La Marea Antonio Maestre ha recogido algunos de estos nombres en Infames (Ed. Plan B, 2020). De ellos dice que son sanguinarios, verdugos, traidores, corruptos, fanáticos, cobardes… 

Y culpables del retroceso de España, un país donde pocas veces, quizá ninguna, se ha podido presenciar la victoria de los mejores. Un país que cada vez que intentaba dar un paso hacia el frente, el garrote lo mandaba de vuelta hacia atrás. Tras el gran éxito de su anterior libro Franquismo S.A. (Akal, 2019), Maestre repasa en Infames nombres y apellidos que van del siglo XIX hasta la actualidad y que han manifestado su infamia desde la dictadura, el terrorismo o el nacionalismo.

Infames está plagado de nombres de hombres, aunque incluye alguna excepción. El caso más destacado es el de Isabel Díaz Ayuso, a quien dedica algunos de los peores calificativos. ¿Por qué? ¿Es más infame la actual presidenta de Madrid que Esperanza Aguirre, quien le precedió en el cargo?

La verdad es que no me había fijado en esa diferenciación entre hombres y mujeres; lo que sí hice adrede fue dar un capítulo a las maestras de la II República como un elemento comparativo para marcar qué es lo mejor de esa España que pudo ser y no fue, y cómo la represión acabó con ello. En el caso concreto de las maestras, la represión vino por ser maestras de la República y por ser mujeres.

Isabel Díaz Ayuso aparece porque durante la pandemia pudimos comprobar, o así lo entendí yo, que todos los comportamientos que trazo en el libro desde el siglo XIX se habían visto sublimados durante estos meses por los cayetanos, pero sobre todo por Díaz Ayuso como elemento paradigmático. Ella no es que sea mejor ni peor que Aguirre, es diferente a la hora de mostrar ese comportamiento que defino como infame porque es la maldad del egoísmo extremo unido a una baja capacidad intelectual, cultural… Esperanza Aguirre tenía mucho más estructurada su ideología.

Díaz Ayuso une esa maldad a la estulticia. Es la persona que en la actualidad mejor representa ese comportamiento regresivo de la carcunda que recojo. Resalta y brilla por encima de otros comportamientos, es el elemento que mejor recoge de manera individualizada todo lo peor que hemos visto durante la pandemia, en la manifestaciones, en los comportamientos insolidarios y egoístas.

Si tiene que elegir cinco nombres infames de los que recoge, ¿cuáles serían?

Uno de ellos sería sin duda Manuel Gómez Cantós, que es El carnicero de Extremadura, un guardia civil que operaba por la zona de Villanueva de la Serena (Badajoz) y se dedicaba a la caza de maquis. Pero también era un tipo que no tenía ningún reparo en represaliar a los propios guardias civiles cuando consideraba que no habían hecho bien su trabajo de represión. Además de Gómez Cantós, en el capítulo que dedico a la Guardia Civil hay otros nombres que también considero que son muy relevantes, como Manuel Sánchez Corbí, que es un torturador que llegó a director de la UCO [Unidad Central Operativa] y que hace poco fue destituido por [Fernando Grande] Marlaska.

Otro con el que me quedaría es José María Pemán, porque representa la represión de lo mejor que tuvimos, que para mí fue la educación en tiempos republicanos, las Misiones Pedagógicas, el pensamiento crítico de la educación universal… Pemán fue uno de los que purgó a todos esos maestros, igual que hizo José Pemartín. 

Para mí, esos son los nombres más relevantes, y no por el nombre en sí, porque si te fijas, en el libro yo no establezco un bestiario de los nombres más crueles, sino aquellos que representan la regresión por un tipo de actitud. Porque José Pemartín o Jose María Pemán no tiene delitos de sangre, pero representaban la reacción y la regresión en los momentos en los que parecía que España podía progresar.

“La gente decente vence en contadas ocasiones”, dice en el libro. Seguramente tengamos en la cabeza todas las veces que España sufrió un retroceso por culpa de reacción, pero ¿qué ejemplos tenemos de esas victorias de los decentes?

En el libro no me centro en las victorias porque generalmente no suele haberlas en el progreso. Yo me centro precisamente en ese punto de inflexión en el que, cuando España estaba progresando de verdad, llegó la regresión de nuevo. La Generación del 27 hizo que la cultura en España estuviese en su punto más álgido y, cuando estábamos ahí, se dieron todas las circunstancias para que aquello fuera derruido. 

Creo que no existen esos momentos en los que se ha podido concretar la victoria de lo mejor que tenía España porque no se ha llegado nunca a desarrollar los suficiente como para que pueda mantener un poso. Evidentemente, la obra de la Generación del 27 todo el mundo la conoce, es parte indispensable de la cultura española, pero no consiguió dejar un poso porque 40 años de dictadura lo que hicieron fue derruirlo e intentar sepultar todo lo que había. 

El gran problema es que esas estructuras de represión continuan hoy en día en la eliminación de los versos de Miguel Hernández por parte de José Luis Martínez Almeida en el Cementerio de la Almudena. Este poso de reacción está todavía más vigente que el legado del poeta. 

En el libro lo que intento transmitir es que no hubo esa posibilidad, no hubo esas victorias de la gente que más hizo por España, de aquellos de quienes más orgullosos tendríamos que sentirnos. El problema es que, como decía Antonio Machado, cuando dábamos un paso hacia delante, el retroceso de la pistola era más fuerte que lo que se avanzaba.

En el libro se intenta trazar esa España de la que pudimos sentirnos orgullosos, pero soy realista y no creo que nunca haya habido una victoria concreta y rotunda de lo mejor de España. Incluso cuando en la Transición se pasó de la dictadura a la democracia, que es obviamente un triunfo del progreso, salimos lastrados porque el relato de los vencedores siguió y sigue vigente. Salimos de allí con los bolsillos llenos de piedra.

“La memoria colectiva se hace poniendo en valor los referentes pero también señalando a los antihéroes”, defiende. ¿No cree que dedicamos mucho más esfuerzo a señalar que a alabar?

Sí, y es un problema que tiene que ver con las nuevas dinámicas de atención. Cada vez que escribo, yo tengo un dilema con esto. Pero ahora mismo, para poder llamar la atención sobre  esos referentes a los que hay que poner en valor, tienes que utilizar una especie de cebo que es jugar con el elemento a la contra, con el rechazo. Por eso el libro se llama Infames; a mí me gustaría escribir sobre los referentes, sobre las figuras de luz, que son las que hicieron una España mejor. Pero si yo dedico un libro a eso, no genera ningún tipo de atención.

Esto tiene que ver con la polarización actual, de la que somos responsables por estas estrategias. Pero lamentablemente se funciona mejor a la contra. Cuando tú marcas a estos personajes, que son los que provocan rechazo, puedes llegar a elevar a los que son referentes.

Estoy completamente de acuerdo contigo, somos y soy parte responsable. A mí me ha cansado gastar mucho tiempo en escribir sobre esos referentes y que pase desapercibido, y que luego cualquier tuit contra esto infames capte mucha más atención. Pero es algo que a veces hay que hacer para conseguir que la gente te lea, porque escribimos para eso. 

¿Desde la Transición, ha habido algún momento en el que la educación haya sido alzada al lugar en el que estuvo situada durante la II República?

No, nunca jamás. Esa manera de ver la educación como un bien supremo y no utilitarista sino humanista para crear ciudadanos libres y críticos no la hemos vuelto a ver. Las Misiones Pedagógicas llevaban la cultura a los pueblos que nunca la habían visto y sin buscar nada a cambio. Era una cuestión puramente patriótica para enriquecer a la ciudadanía. Eso nunca se ha recuperado. 

Ese pensamiento proveniente de la Institución Libre de Enseñanza, de Giner de los Ríos, de Cosío, del pensamiento krausista… murió y no se ha vuelto a recuperar. Paradójicamente se ha impulsado en algunas instituciones privadas y concertadas que sí pueden intentar llevarlo a cabo.

Lo que sí le achaco a este Gobierno, y sobre todo a Isabel Celaá, es no ser ambiciosos en una reforma educativa que vuelva a poner en valor esto, que sinceramente creo que es lo mejor que hemos tenido. Lo dice Gregorio Morán, que la mayor tragedia de España es la pérdida de los maestros y las maestras republicanas. Y lo que hay ahora es precisamente una regresión de aquella apuesta por la ciencia y por la innovación.

¿Cuánto hay del sello de la Iglesia en este permanente retroceso que ha ha vivido España?

El papel de la Iglesia es indispensable en todos los retrocesos. Hay un personaje, Félix Sardá i Salvany, que fue quien recogió el pensamiento reaccionario del XIX y lo llevó hacia el nacionalcatolicismo más integrista, que fue el que empapó nuestro país. La Iglesia no solo tiene un papel de acción durante su participación en la guerra civil y en la dictadura a través de numerosos sacerdotes que recojo en el libro, o a través de la represión de las maestras como Enrique Plá y Deniel, sino que el pensamiento de la derecha política y de la reacción española está completamente impregnado por el pensamiento de la doctrina nacionalcatólica. 

“Es amoral que Melitón Manzanas y Carrero Blanco tengan la misma condición de víctima que Miguel Ángel Blanco”

Antonio Maestre, periodista

La derecha está empapada de ello. En todos los capítulos del libro, desde el pensamiento antiliberal del siglo XIX hasta la represión más dura de los maestros y de las maestras, el peso de la Iglesia es el que tiene más importancia.

En el primer capítulo, en el que habla de ETA, es en el que más matizaciones tiene que hacer para que no se malinterprete lo que está explicando. Sostiene que Melitón Manzanas o Luis Carrero Blanco no deben ser consideradas víctimas del terrorismo. ¿Por qué? 

En el libro establezco lo que son los matices que todos entendemos pero que no se pueden expresar de manera pública porque el debate en España esta coartado por un relato mayoritario que impide expresarte con libertad. Decir ciertas cosas es delito, aunque sea expresar determinados pensamientos que forman parte de la filosofía del Derecho y que son obvios. 

Cuando yo digo que la condición de víctimas es una condición política, lo establezco basándome en que la historia de los vencedores es la que determina quién es víctima y quien es héroe nacional. Cuando hablo de Melitón Manzanas o de Carrero Blanco pongo el ejemplo de Reinhard Heydrich para explicar que sus asesinos son héroes nacionales. La diferencia es que los nazis fueron derrotados y el franquismo fue vencedor de la guerra civil.

Que Melitón Manzanas, que fue un torturador y colaborador de la Gestapo, sea considerado víctima forma parte de un relato político. En otras condiciones, si no hubieran ganado, Melitón Manzanas sería considerado un represor y, por lo tanto, atentar contra un miembro de una dictadura como él o Carrero Blanco se hubiese entroncado con lo que se conoce como derecho de resistencia. Hace poco Angela Merkel homenajeó a quienes intentaron atentar contra Adolf Hitler y expresó que hay momentos en los que eso es un deber nacional. 

Yo considero completamente amoral que Melitón Manzanas y Carrero Blanco tengan la misma condición de víctima que Miguel Ángel Blanco, porque una cosa es el derecho a la resistencia y otra cosa es un atentado terrorista infame que acabó con la vida de personas como él o como Ernest Lluch o como cualquier otra persona durante la democracia. No es tolerable el uso de la violencia para llevar a cabo tus fines políticos durante la democracia. 

Esta diferenciación, que parece obvia y es de sentido común, hay que expresarla con mucho cuidado porque decir esto en España te puede crear problemas.

Habla de la dificultad de la izquierda para quitarse de encima determinados complejos mientras que la derecha no tiene reparos en llamar terroristas a quienes lucharon contra la dictadura, como fue el caso de Cayetana Álvarez de Toledo al referirse al padre del vicepresidente Pablo Iglesias. ¿Cree que un Gobierno como el actual se atreverá a quitarle la consideración de víctimas del terrorismo a Melitón Manzanas y a Carrero Blanco?

Es fácil responder a esto: no, no lo va a hacer. Fíjate que no voy tan lejos como para pedir que aquellos que asesinaron a Carrero Blanco o a Melitón Manzanas deban ser considerados héroes nacionales como sí lo son Jan Kubiš y Jozef Gab?ík [asesinos de Reinhard Heydrich] y ponerles una placa en la iglesia de San Cirilo. La historia en España tiene otros matices, porque si ETA solo hubiese atentado contra estos dos, pues podríamos hablar de ello, pero tiene en su debe el infame atentado en la calle de Correos, frente a la Dirección General de Seguridad, en la que murieron un montón de inocentes. Eso, obviamente, no forma parte del derecho a la resistencia y eso es un atentado terrorista. Por lo tanto, quitar la condición de víctimas del terrorismo a Carrero Blanco y a Melitón Manzanas no va acompasado de considerar héroes a los que lo hicieron o a la banda terrorista ETA del franquismo. Pero considerar víctimas a dos partícipes de la dictadura es un blanqueamiento de la dictadura de manera indirecta.

Pero ya te digo que el Gobierno no se va a meter en esas; ni se le pasa por la cabeza abrir ese melón. Todavía a España le queda mucho para llegar a eso.

¿Qué otros complejos arrastra la izquierda?

Uno de ellos es la romantización de la lucha armada. La derecha no sabe diferenciar entre el terrorismo y el derecho al tiranicidio, pero es que la izquierda no sabe hacerlo tampoco por el lado contrario. A veces romantiza y justifica la lucha armada en democracia. Siempre hay un cierto complejo en la relación que tienen con Bildu; de hecho, pongo el ejemplo de la CUP, que considera presas políticas a terroristas de ETA como Dolores López Resino, que tuvo una implicación en la logística del atentado de Hipercor. No entiendo cómo un partido como la CUP puede homenajear a alguien que ha atentado contra catalanes inocentes; no lo comprendo. 

A veces existe esa romantización de la lucha armada por parte de la izquierda nacionalista y de muchos integrantes de la izquierda fuera de los territorios que tenían bandas terroristas como Terra Lliure o ETA. No tienen capacidad para separarse de manera frontal de todo ese relato. 

“Detrás de los nacionalismos hay retroceso social, merma de servicios públicos y avance de políticas reaccionarias”

Antonio Maestre, periodista

Les cuesta confrontar, principalmente porque las víctimas de ETA han sido cooptadas por la derecha, por lo que les cuesta empatizar por oposición. Como ya tienen una sobrerrepresentación en el relato de la derecha, se separan y buscan a otras. La izquierda ahí se equivoca y debería defender la memoria de las víctimas de ETA igual que defienden a las víctimas del franquismo. Tienen que ponerlas al mismo nivel. Hay que incidir en ello y ser vanguardia en su defensa; y, por supuesto, separarse de manera categórica de quienes homenajean a los asesinos y exigir a quienes no se separan de ello, que lo hagan.

El problema, entiendo, viene cuando las asociaciones de víctimas están completamente ideologizadas y acaparan la defensa de las víctimas de ETA como ahora sucede con las víctimas de la COVID.

Claro, pero precisamente la izquierda ha dejado ahí un hueco que ha acaparado la derecha. Si dejas ese terreno baldío, ellos asumen prácticamente con exclusividad una defensa que corresponde a la izquierda por justicia moral, por justicia social y por defensa de los derechos humanos. Nadie mejor que la izquierda para defender la memoria de Ernest Lluch, de Miguel Ángel Blanco, de Gregorio Ordóñez, de las víctimas de Hipercor… Y tiene que hacerlo con la misma virulencia con la que defiende a las víctimas del franquismo.

Claro que es difícil, pero no hay que acomplejarse por defender y homenajear a personas inocentes que murieron por defender la democracia. Pero claro que el gran problema es el que planteas, que las asociaciones de víctimas están muy derechizadas; pero separarse de las asociaciones no es separarse de las víctimas. Hay gente como Eduardo Madina o María Jáuregui que lo hacen de manera clara y directa, y la izquierda tiene que acompañarlas.

“Soy antinacionalista por principios”, escribe. ¿Cuáles son esos principios? 

Yo prefiero decir que soy antinacionalismos, porque no tengo nada contra nacionalistas como Castelao, como bien digo en el libro; no tengo ningún problema contra ese pensamiento porque diferencio muy bien, como hacía Vázquez Montalbán, entre nacionalismos oprimidos y nacionalismos opresores. Ha habido nacionalismos emancipatorios a lo largo de la historia, y esos no representan ningún problema. 

Cuando yo hablo de antinacionalismos, hago referencia a esos nacionalismos esencialistas que acaban separando a las personas por su origen y cuya única prioridad son las políticas identitarias basadas en la bandera, por lo que todo lo demás queda subyugado a ese bien superior, que es o bien la independencia, la secesión o la nación.

Cuando digo que es por principios, hablo de los nacionalismos en la España actual, que es el momento en el que tenemos que demostrar nuestra ideología. Evidentemente, esto no tiene nada que ver con la época de Sankara en África, donde los nacionalismos tenían un carácter emancipatorio. Pero ahora, en España y en Europa, en 2020, los procesos nacionalistas son reaccionarios y no aseguran ningún progreso para la clase trabajadora. Por ello no son unas banderas que la izquierda deba enarbolar, ni siquiera como elemento táctico o estratégico. 

No hay ningún nacionalismo en la España actual que vaya a conseguir mayores cotas de progreso. Eric Hobsbawm decía en uno de sus tratados sobre nacionalismos que ningún proceso de secesión en la Europa actual es una garantía de ayuda a la clase trabajadora. 

Por lo tanto, no veo cómo puede ser de ayuda a la izquierda y sí que veo que son un ancla y un lastre. Lo peor es que se usen banderas de la izquierda como el republicanismo o la lucha contra la monarquía para intentar acomplejarla. Esto lo único que hace es evitar que veamos lo que hay detrás de estos nacionalismos, que es retroceso social, merma de servicios públicos y avances de políticas reaccionarias. No entiendo otra forma de hacer política que no sea confrontar contra los actuales nacionalismos por la manera en la que se han fraguado; si se fraguasen de otro tipo, podríamos analizarlo.

Estes es otro de los complejos que cree que tiene la izquierda, ¿no?

Completamente. Es terrible ver cómo la izquierda se ha subsumido a ellos. Hay otro ejemplo en el libro para explicar esto, y es que las juventudes de Esquerra Republicana de Catalunya han homenajeado a los hermanos Badia porque eran nacionalistas catalanes. Pero es que los hermanos Badia asesinaban a sindicalistas anarquistas. ¿Cómo un partido que se autodenomina de izquierdas puede homenajear a individuos que eran pistoleros de la patronal y que reprimían a sindicalistas que buscaban una mejora de las condiciones laborales de la clase trabajadora? ¿En qué cabeza cabe?

«Bildu, al menos, tiene presente a la clase trabajadora, la CUP la ha olvidado hace mucho tiempo»

Antonio Maestre, periodista y colaborador de ‘La Marea’

El proceso de fascistización es lo que provocan estos nacionalismos reaccionarios. Si un partido de izquierdas pone como bandera de sus intereses y sus valores a dos tipos que asesinaban a sindicalistas, yo ya no sé hasta dónde pueden llegar. Esto ha ocurrido en España con normalidad y sin que produzca un escándalo dentro de la izquierda. Es un motivo más que suficiente para confrontar con un partido como ERC, porque si hacen estas cosas se convierten en mi enemigo más voraz.

“La izquierda catalana nunca ha vinculado de forma directa la independencia a un cambio en las estructuras económicas imperantes”. ¿Se puede ser nacionalista desde una perspectiva de clase?

En España yo no digo que no lo haya habido o que no se pueda conformar, pero en la actualidad, no existe. La CUP, que es un partido de extrema izquierda –dicho con todo lo bueno que me parece a mí ser de extrema izquierda– ha olvidado cuáles son los intereses de la clase trabajadora en pos de un bien superior que es la identidad nacional y la independencia de Catalunya. Se han olvidado hasta el punto de apoyar a un gobierno de la derecha catalana que ha segado los derechos sociales, la sanidad, la educación… Ha olvidado todo para crear esa república socialista y feminista que solo está en su imaginación porque, con seis diputados, tú no vas a crear nada, por mucho que se consiga la independencia.

Supongo que sí se podría crear un nacionalismo puramente de clase, pero yo no lo he conocido. Quien más se aproxima es Bildu, pero el problema es que no anteponen la derechos de la clase trabajadora a la bandera y la nación. Bildu, al menos, tiene presente a la clase trabajadora, la CUP la ha olvidado hace mucho tiempo. De hecho, están en el Congreso para intentar hacer ingobernable la nación y siempre que han podido han votado en contra de cualquier mejora para los y las trabajadoras. Actúan como un galante del nacionalismo reaccionario. 

Pueden seguir con su intento de revolución absurda pero saben que no va a ningún sitio, pero siguen jugando a ello y desde luego son un lastre para el avance de los derechos sociales. En un momento como el actual, podrían intentar minimizar el coste para la clase trabajadora; pero si en una situación como esta ni siquiera son capaces de remar, entonces es que son enemigos de la clase trabajadora.

Fuente: Dani Domínguez en lamarea.com

También podría interesarte