Bajo toda esa extravagancia se esconde una reflexión mucho más amarga sobre la soledad, el deseo, los complejos y esa necesidad casi desesperada de sentirse querido

Una de las grandes obras televisivas de este 2026 y ultima ganadora del Emmy a mejor miniserie. Lleva la firma completa de Steven Conrad. Más conocido por su faceta como guionista, puesto que es responsable de los libretos de dramas bastante emotivos como “En busca de la felicidad” (2006), “La vida secreta de Walter Mitty” (2013) o “Wonder” (2017). En esta ocasión, se adentra en un terreno bastante más retorcido, incómodo y, sorprendentemente divertido.
La premisa gira en torno a tres personas de mediana edad atrapadas en un triángulo amoroso que termina con la muerte prematura de una de ellas. Lo que podría parecer otro thriller criminal de investigación policial, sobre infidelidades, secretos y sospechosos se convierte en algo bastante más peculiar. A lo largo de su desarrollo, se construye un enredo narrativo no lineal, jugando o mezclando: intriga policiaca, drama y comedia negra, siendo esta última mucho más protagonista de lo que su estética apagada y su tono aparentemente gris podría hacer pensar.
No se queda en el misterio criminal, va mas allá retratando a un conjunto de personas que, intentando encontrar afecto, intimidad o validación, terminan haciéndose daño unas a otras

Este triangulo amoroso esta encabezado por tres rostros mas que reconocidos: Jason Bateman, Linda Cardellini y un inmenso David Harbour (sí, el sheriff de “Stranger Things”). Y es precisamente este último quien merece una mención especial. Harbour está extraordinario dando vida a un hombre profundamente triste, entrañable y patético a partes iguales. Un intérprete de lengua de signos con una profesión frustrada, atrapado en una vida que parece haber quedado muy lejos de sus aspiraciones. Un personaje de enorme complejidad, construido a partir de inseguridades, complejos y una masculinidad literalmente fracturada, que intenta desesperadamente recuperar algo de autoestima y sentirse deseado. Harbour consigue que resulte ridículo y conmovedor al mismo tiempo, encontrando humanidad incluso en sus momentos más lamentables. Una interpretación llena de matices que sostiene buena parte del peso emocional de la serie y que le ha valido, merecidamente, el Emmy al mejor actor de reparto. Sin olvidarme de los secundarios: Joy Sunday y el siempre solvente Richard Jenkins forman una peculiar pareja de investigadores que aporta buena parte del componente policiaco y cómico, mientras que Peter Sarsgaard aparece en un pequeño pero interesante papel invitado.
Pero si algo termina elevando “DTF St. Louis” es su escritura. Hay una muestra enorme de los personajes, y de una estructura narrativa que va poniendo la diana a cada uno de ellos, y encajando sus piezas poco a poco, reservándose tres últimos episodios verdaderamente soberbios. Hay giros, situaciones absurdas, equívocos y un enredo cada vez más disparatado, pero todo termina desembocando en un desenlace de una potencia emocional inesperada.
Porque, si nos quedamos únicamente en la superficie, podríamos pensar que estamos ante una historia bastante banal sobre infidelidades y un par de buenazos con comportamientos un tanto pervertidos. Sin embargo, bajo toda esa extravagancia se esconde una reflexión mucho más amarga sobre la soledad, el deseo, los complejos y esa necesidad casi desesperada de sentirse querido. No se queda en el misterio criminal, va mas allá retratando a un conjunto de personas que, intentando encontrar afecto, intimidad o validación, terminan haciéndose daño unas a otras. 7 Episodios. 50 mins. HBO MAX.
Fuente: nuevatribuna.es
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