Diez años de una victoria muy importante de la que casi nadie habla

Hace diez años la Marea Blanca evitó que 1.807.600 vecinas y vecinos de nuestra Comunidad pasasen a ser atendidos por la sanidad privada y se salvaron 5.200 puestos de trabajo públicos

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ace 10 años, el 9 enero de 2014, el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSMJ) frenaba cautelarmente el Plan de medidas de garantía de la sostenibilidad del sistema sanitario público de la Comunidad de Madrid, como respuesta a un recurso presentado por AFEM (Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid). Pocos días después, el gobierno del PP de la Comunidad de Madrid, presidido por Ignacio González, renunciaba a dicho plan y dimitía el encargado de ejecutarlo: el Consejero de Sanidad, Javier Fernández Lasquetty.

El frenazo a un proyecto tan nefasto, bajo la forma de una decisión judicial, fue el resultado de 14 meses de lucha ininterrumpida en la que participaron cientos de miles de personas.  La victoria no fue completa: no logramos evitar la privatización de la Lavandería de Mejorada, ni el cierre del Instituto Cardiológico, ni el cambio de actividad del Hospital Carlos III,  ni la anulación de la norma que derogaba 26 categorías de personal no sanitario, ni la privatización parcial de las donaciones de sangre. Pero lo que sí se impidió fue enorme: se evitó que 1.807.600 vecinas y vecinos de nuestra Comunidad pasasen a ser atendidos por la sanidad privada y se salvaron 5.200 puestos de trabajo públicos. No fue casual que también dimitiese el Consejero. La importancia de estos resultados es evidente, pero aún tiene mayor realce si tenemos en cuenta que estos logros se obtuvieron frente a un Partido Popular que gobernaba con mayoría absoluta en la Comunidad de Madrid y en el país.

Un silencio que dice mucho

No es exagerado afirmar que esta ha sido, hasta la fecha, la  lucha más importante en defensa de la sanidad pública en nuestra Comunidad y en el resto del Estado. Solo se acerca en su importancia la consecución de tratamientos para enfermos de Hepatitis C, lograda meses después. Lo cual hacer muy extraño que, en su aniversario, apenas se hable de algo de tanta trascendencia. Sobre todo, cuando seguimos envueltos en la pelea por salvar la sanidad pública. Creemos que este es uno de esos casos donde el silencio dice mucho.

Recordar los rasgos esenciales de lo que se llamó la Marea Blanca, ayudará a entender las razones de dicho silencio. Aparte de su masividad, hay otros tres rasgos dignos de señalar que fueron determinantes para que dicha masividad se produjese. El primero, se refiere  a la solida unidad que se produjo entre trabajadoras y trabajadores del SERMAS de todas las categorías y las vecinas y vecinos de esta comunidad. El segundo, fue su transversalidad, pues en ella participaron gentes de todas las ideologías pero que tenían un mismo objetivo: defender la sanidad pública (y sus puestos de trabajo). El tercero, que facilitó todo lo anterior, fue el hecho de que este movimiento, siguiendo las enseñanzas del 15M, se basó en la autoorganización: ningún sindicato, partido o asociación organizó el movimiento, fue la propia gente, trabajadoras y trabajadores, vecinas y vecinos, quienes se organizaron y decidían los pasos a dar.

Es lógico que quienes nos dicen a diario que las luchas no sirven para nada, no hablen de una lucha que les derrotó; y que no hablen de una lucha transversal, los que no paran de repetir eso de “España se rompe”, con el fin de evitar que las y los “de abajo”, los que tenemos intereses comunes, nos juntemos.

Se entiende que los sindicatos mayoritarios del Servicio Madrileño de Salud (SERMAS) formen parte de este coro silencioso. Su modelo sindical tiene un punto en común que es opuesto a la Marea Blanca: si estos sindicatos colocan como clave de las mejoras las negociaciones (las luchas, ya para otro día) de las cúpulas y los liberados sindicales con la consejería o los gerentes, ¡cómo van a hablar de una victoria basada en la movilización y en el protagonismo de la gente (profesionales junto a usuarias y usuarios). Tampoco van a hablar de una victoria en la que no jugaron ningún papel. ¿Cómo van a justificar sus liberaciones permanentes, si la mayor victoria la consiguió la gente? También se entiende que los sindicatos profesionales, que defienden que la receta para avanzar consiste en hacer reivindicaciones por categoría, no hablen de la victoria de un movimiento unitario. Ni tampoco lo hagan quienes excepcionalmente hablan de la lucha unida de profesionales y se olvidan de las y los vecinos.

Para quienes firmamos este artículo, reivindicar la Marea Blanca, valorar sus logros y sus deficiencias y, sobre todo, resaltar aquello que le hizo ganar es una necesidad, pues el proceso de deterioro y privatización de la sanidad pública continúa, diez años después, aunque por otras vías y con ritmos diferentes: un 38% de la población madrileña tiene un seguro privado; las derivaciones de pacientes de la sanidad pública a los hospitales o clínicas concertadas no cesa de crecer; la tardanza en las citas de atención primaria va en aumento, igual que las listas de espera y del maltrato laboral (la única comunidad junto con Cataluña que aún no ha recuperado las 35 horas y que mantiene al personal de la sanidad a la cola del resto de Comunidades en condiciones laborales). Volver a frenar un proceso de dichas características y con tantos intereses y dinero en juego solo se podrá hacer con un movimiento social de la magnitud del que conocemos como Marea Blanca.

Un digno heredero

Trabajar por volver a construir una nueva Marea Blanca exige comenzar por entender aquello que dificulta  poner en pie un movimiento social de grandes dimensiones en defensa de la sanidad pública: que un movimiento así sea necesario no equivale a que sea posible o sea fácil de construir. Una posible expresión de tales obstáculos pudo verse alrededor de las enormes manifestaciones del 13 de noviembre de 2022 y del 12 de febrero de 2023, en cuya preparación y desarrollo posterior la intervención de las y los trabajadores de la sanidad fue escasa, y, por supuesto, sin comparación alguna con la que la que tuvo en 2012 y 2013. En nuestra opinión, existen al menos cuatro impedimentos de mucha peso.

El PP y las fuerzas privatizadoras han aprendido a atacar a la sanidad pública, a diferencia de 2012, con mayor disimulo y con pasos más cortos y dispersos

En primer lugar, están las tácticas empleadas por el Gobierno de la Comunidad de Madrid para hacer que el ataque no sea visible o, al menos, no en toda su gravedad. El PP y las fuerzas privatizadoras han aprendido a hacerlo, a diferencia de 2012, con mayor disimulo y con pasos más cortos y dispersos. En su plan tiene más peso fomentar el deterioro que tomar medidas descaradamente privatizadoras: maltrato laboral, para que los profesionales se vayan; deterioro de atención primaria y las urgencias extrahospitalarias para fomentar el aseguramiento privado y el colapso de las urgencias hospitalarias; plantillas escasas para justificar las derivaciones; disminución real de la financiación y aumento de las partidas destinadas al sector privado; derroches como en el caso del Zendal . A ello hay que sumar la habilidad que tiene el ayusismo en el uso de las técnicas trumpistas: ocultar lo real, echar la culpa a otros de sus errores más visibles y hacer pasar como verídico lo falso. El mayor ejemplo lo tuvimos cuando la presidenta y su partido lograron vender como exitosa su desastrosa gestión de la pandemia -nuestra Comunidad fue la región europea donde se produjo el mayor descenso en la esperanza de vida en 2020: 3,5 años, de 85,8 a 82,3 años- hasta el punto de ganar las elecciones autonómicas.

En segundo lugar, está la perdida de confianza en que la movilización cambia las cosas y, en pensar que hagamos lo que hagamos, quienes gobiernan harán lo que quieran. Opinión muy extendida en el conjunto de la sociedad madrileña, y, por supuesto, en el sector sanitario. Esta opinión no surge de la nada. Se basa en derrotas sufridas y en una permanente campaña en la que participan múltiples voces y sectores. Una de las variadas  expresiones de esta campaña sería el mencionado silencio sobre el éxito logrado por la Marea Blanca.

En tercer lugar se encuentra la intensa polarización política lograda por PP y Vox. Ello facilita que cualquier critica o movilización por la sanidad pública se presente como maniobras de la izquierda para debilitar el Gobierno o que se traslade la responsabilidad al Gobierno central, y un sector importante lo crea y lo repita, logrando que las simpatías partidistas queden por encima del amplio  consenso social por la sanidad pública

En cuarto lugar, estaría el problema del corporativismo, muy extendido en el sector sanitario, y que  facilita la dispersión recurriendo a las reivindicaciones por categorías, sectores, centros de trabajo y al margen de las repercusiones que tal o cual mejora pueda tener para la calidad asistencial de los pacientes.

En 2012, la gravedad y dimensiones que caracterizaban el llamado Plan de Sostenibilidad hicieron que la Marea Blanca pasase por encima del corporativismo existente

En 2012, la gravedad y dimensiones que caracterizaban el llamado Plan de Sostenibilidad hicieron que la Marea Blanca pasase por encima del corporativismo existente. Posteriormente, este ha vuelto a afianzarse, fomentado por casi la práctica totalidad de los sindicatos (grandes y pequeños) apoyándose en la combinación de dos ideas: “es más fácil lograr mejoras para pocos que para todos” y “nuestro colectivo se lo merece por sí mismo o en mayor medida que otros, por ser más agraviado o tener más méritos”.  Se trata así de soslayar que  el futuro de la sanidad pública y de las condiciones de quienes trabajamos en ella tiene que ver con dos asuntos fundamentales estrechamente ligados: dar prioridad a la salud de la ciudadanía sobre los intereses económico-empresariales de una minoría y destinar el dinero adecuado al sistema sanitario y de salud para que esta prioridad sea una realidad. Y, que, en la actualidad la consecución de estos objetivos requiere de la movilización masiva de la población y de las y los profesionales de sanidad, al ser dos objetivos que van a contracorriente de los intereses de los poderes económicos y las directrices políticas del Gobierno autonómico.

Para poder salvar estos obstáculos nos parecen imprescindibles tres tipos de medidas. La primera,  es abrir un debate sobre cómo solucionar estos problemas que dificultan una movilización social como fue la Marea Blanca. La segunda es ir dando los pasos de manera autoorganizada, desde los centros de trabajo, barrios y pueblos para que ni intereses políticos, ni sindicales, ni económicos, ni de ningún otro tipo puedan interferir en la construcción de un movimiento sociolaboral tan potente como lo fue la Marea Blanca. Así lo vienen haciendo desde Vecinas y Vecinos de Barrios y Pueblos de Madrid por la sanidad pública y así nos parece que debemos hacerlo las y los trabajadores del SERMAS. Y, por último, evitar que cualquier movilización que surja agrave el derrotismo y la desmoralización con acciones rutinarias o que vayan a menos; evitar el corporativismo, con reivindicaciones que dividan o enfrenten o la polarización poniendo la línea divisoria entre votantes de derechas y de izquierdas y no entre personas interesadas en defender la sanidad pública y las personas y organizaciones que no lo están.

Fuente: Iván Mozo Mayoral – Luis López Álvarez – Diana Ruiz García en elsaltodiario.com
Foto: Una de las asistentes a la manifestación del 7 de enero de 2013, las primeras protestas de la Marea Blanca | Álvaro Minguito

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