Barrionalismo sin banderas

Una visita a las colas de Aluche: gente dándolo todo por su gente

En estos momentos tan crudos y difíciles, en este instante histórico en el que nos ha tocado vivir y que nadie se esperaba, no nos queda otra que actuar: la equidistancia se ha convertido en un nuevo virus cuyos síntomas son quedarse de brazos cruzados y no hacer nada mientras nos tapamos los oídos para evitar escuchar lo que pasa fuera. El mundo está en la calle, no en el negro absoluto de tu televisor de última generación.

Ante esta situación, muchos tiran del cuento simplista de la patria. Viven y comen de un trapo y de sus inútiles colores, pero no entienden que una bandera no es más que un chaleco reflectante: si no hay luz que venga de otra fuente, no va a reflejar absolutamente nada.

Mientras redacto esto e intento inventarme una nueva y gloriosa definición de la inutilidad de escudarse constantemente tras una bandera rojigualda, se me vienen a la mente las palabras que Antonio Machado escribió en una carta a su amigo novelista David Vigotski: “En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo. En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva”.

La patria es un invento de los poderosos para que los pobres se sientan adscritos a algo (aunque ese algo esté vacío y no se rellene con nada), pero por suerte hay un sentimiento de arraigo que sí es propio, un sentimiento que te vincula a un lugar y que ha demostrado ser más útil que todos los cánticos contra el gobierno que hemos escuchado estas semanas en los distritos más casposos de Madrid: el barrionalismo.

Aunque definir este neologismo es complicado, podríamos decir que el barrionalismo es sentirse representado por tu barrio y por lo que hace la gente que vive en él. Esto es muy importante, pues se diferencia del patriotismo porque aquí sí hay acción. En el barrionalismo no vale presumir de tu bandera sin más: si quieres a tu barrio, te vas a tener que mojar.

Obsesionado con este concepto, quería descubrir cómo trabajan los barrionalistas por los suyos, cómo se organizan, cómo demuestran que su barrio es el mejor para que a los demás nos dé envidia sana y se nos hinche el pecho de orgullo ajeno. Así que me desplacé hasta el barrio de Las Águilas, en el sur de Madrid, para conocer a una de las organizaciones de vecinos que lo están dando todo por su gente.

El Grupo de Apoyo Vecinal de Las Águilas es una especie de red vecinal de ayuda que tiene su encuadre legal dentro de la Asociación de Vecinos de Aluche. Hoy es sábado, 20 de junio, y quiero descubrir qué hacen exactamente, por lo que me presento en su lugar de trabajo a las ocho y media de la mañana: ya hay gente.

Me sorprende que, de momento, solo veo mujeres. No hay ni un solo hombre a esas horas de la mañana. “Tranquilo”, me cuenta una de ellas, “también hay chicos, lo que pasa es que todavía no ha venido ninguno”.

Su centro de operaciones es el colegio BrotMadrid, un centro educativo para alumnos que requieren de educación especial y que la institución que lo dirige, la Asociación Aprender, ha cedido temporalmente a los vecinos para que realicen la actividad que os vengo a contar hoy.

Extrañado de que tengan que usar el colegio, pregunto al grupo de chicas que espera en la puerta por sus relaciones con el Ayuntamiento de Madrid y la Comunidad: “No recibimos ningún tipo de ayuda. El lugar nos lo ha dejado la asociación, pero ni el ayuntamiento ni la comunidad nos dejan ningún tipo de local para que podamos trabajar. De hecho, todo son trabas por su parte”, me cuentan.

Estamos esperando a que venga la encargada de abrir el centro porque este grupo de vecinos, esta red de barrionalistas, montan todos los sábados y domingos un punto de entrega de alimentos para que todas las familias necesitadas de Las Águilas puedan pasarse a recoger una bolsa de comida.

Sin ningún tipo de subvención, se sostienen gracias a las donaciones que les hacen particulares, ya sean económicas o en comida. Aquí nadie hace política. Aquí ningún político mete la mano, a pesar de que, como una de las chicas de la puerta me cuenta, “hemos invitado al alcalde Almeida para que se pase un día, pero ha rechazado la invitación”.

Por fin llega la encargada de abrir la puerta y el grupo de voluntarias entra al colegio para empezar a montar el punto de recogida de alimentos, mientras una de ellas me muestra las instalaciones: el interior del colegio se ha convertido en una gigantesca despensa de productos no perecederos, un grandísimo banco de alimentos.

Bolsas de alimentos se reparten por el suelo en cada rincón del colegio, preparadas ya para ser entregadas a cada familia, y enormes palés con alimentos se acumulan en el improvisado almacén en el que se ha convertido el gimnasio del instituto: “Todo esto lo hemos hecho nosotros en menos de un mes. La administración no ha movido ni un solo dedo”.

El reloj marca casi las nueve y el resto de los voluntarios de la asociación va apareciendo poco a poco. El reparto empieza a las doce y media del mediodía, pero antes de hacerlo, tienen que montar su ingenioso sistema de reparto para poder cubrir las necesidades de cada familia.

El sistema, sencillo pero eficiente, consiste en repartir una bolsa genérica con alimentos comunes a quienes no tengan cita previa y otra con productos personalizados (por ejemplo, con pañales en el caso de que tengan niños pequeños) a aquellos que han solicitado la ayuda a estos barrionalistas con una semana de antelación y les han explicado su situación personal. Contra la precariedad y el hambre, solidaridad, autoayuda e inteligencia.

Asombrado después de que uno de los muchachos me cuente el sistema que se han ingeniado, otra voluntaria me explica el motivo de su existencia mientras monta las mesas con las bolsas: “Después de ver en la televisión las famosas colas del hambre de Aluche, decidimos montar esto para ayudar a nuestros compañeros. Al principio era un caos, pero esta es la cuarta semana y ya verás lo bien que lo tenemos organizado […]. Esto lo hacemos por solidaridad, no por caridad. Queremos que el barrio se ayude y que a todos nos vaya bien. Algunas de las personas que han venido a recoger alimentos han acabado como voluntarios echándonos una mano. Así es como se hace tejido social”. Barrionalismo y patria solidaria en estado puro.

A las doce y media las puertas se abren y, con impecable orden de entrada y salida, va llegando gente a recoger sus alimentos, más o menos unos ciento cincuenta con cita previa y otros veinte que vienen por primera vez.

Mientras el reparto se desarrolla con normalidad, charo con algunas de las personas que buscan ayuda. Una de ellas es una mujer que vive a unas pocas calles del colegio: “Soy asistenta de hogar y con lo del coronavirus me he pasado estos tres meses sin poder trabajar y sin derecho a paro. Tengo dos hijas, una de ellas estudia medicina en la universidad. Es la mejor de su promoción y actualmente podemos pagar el alquiler gracias a las ayudas y becas que recibimos por sus notas. Si no fuera por la ayuda que nos dan aquí, no sé qué sería de nosotras. Lo último que quiero es que mi hija deje los estudios para trabajar”.

Alexander, un joven peruano de 24 años que llegó a España hace tan solo seis meses, me cuenta: “Vine a Madrid a trabajar justo antes de que empezara todo esto del virus. Si no fuera por la ayuda que me dan aquí, no sé qué sería de mí. Con los alimentos que nos dan no se puede comer toda la semana, pero es un desahogo importante, además de un apoyo moral”.

Y es que la clave es esa. La clave es el apoyo que dan a sus vecinos. Una ayuda que no solo les echa un cable en lo material, sino que también les grita que no están solos y que nadie del barrio se va a quedar atrás mientras ellos sigan allí.

De hecho, además de repartir alimentos, hay una mesa de asesoría legal en la que ayudan a las personas que lo requieren a solicitar el Ingreso Mínimo Vital y les dan información sobre el pago de alquileres y otras cuestiones. En esta mesa, tuve la oportunidad de hablar con una de las voluntarias: “La gente recurre a nosotros y no al SAMUR Social porque los trámites que tienen son muy complicados. Es una pena que muchas personas no soliciten ayuda porque la burocracia es infumable”.

Es una pena, sí. Es una pena que una agrupación vecinal con unos doscientos voluntarios de todas las edades haga el trabajo que tendría que hacer la administración pública.

A las dos de la tarde, el reparto de comida finaliza. Después de ayudar a recoger los trastos, me voy a casa lleno de orgullo. Estas personas anónimas, este grupo de vecinos compuesto por jubilados, parados, estudiantes, trabajadores sociales, psicólogos, administrativas, obreras, opositores, químicas, periodistas e ingenieras está creando su propia patria.

Una patria sin banderas ni flores. Una patria sin fronteras ni política, una patria al aire libre y que, por una santa vez, solo está compuesta de personas. Muchos lo hacen por el barrio. Otros porque también han estado en una situación de necesidad y saben lo mal que se pasa. Pero lo hacen. Lo hacen desinteresadamente porque la gente de su pequeña patria lo está pasando mal.

Robando unos versos esta vez a Los Chikos del Maíz, diré que, a pesar de las contradicciones de clase y de los miles de errores que podamos cometer, ahí están.

El barrio, o más bien las personas que habitan en él, es lo único que importa.
La única realidad es la gente, todo lo demás es un invento.
Larga vida al barrionalismo.
Larga vida a la gente con (conciencia de) clase.

Fuente: Israel Merino en ctxt.es