Vecinas okupas, ¿las brujas del S XXI?

Lo que les escandaliza realmente es que en vez de seguir jugando al juego caníbal del capitalismo pongan la necesidad por delante de una legalidad injusta y la vida por encima de su lucro

Aún recuerdo (de forma totalmente idealizada y distorsionada, por supuesto) algunos veranos que pasaba en el pueblo con mis abuelos. Ellos ya mayores, de misa cada domingo y “hasta mañana si Dios quiere” para dar las buenas noches. Yo, un crío para el que aquel pueblo de Navarra de apenas cien habitantes en el Valle del Alto Ega era todo un universo por explorar. Uno de esos veranos, tras tener que salir corriendo delante de una vieja (suena despectivo porque así lo era para nosotros entonces) después de hacer no sé qué trastada, mi abuela, contra todo pronóstico, en lugar de regañarme, me lanzó una advertencia: “Ten cuidado con esa, que es medio bruja” (brujas enteras se ve que ya no quedaban). Para mí por aquel entonces las brujas eran algo que pertenecía al tema sobre Halloween de los libros de inglés y los dibujos animados, y no entendía como mi abuela podía tener la menor idea sobre ese mundo tan ajeno a ella. Esa misma noche me estuvo contando, al calor del fuego del hogar (ojo, que este detalle es importante luego) sus supersticiones varias y por qué ese eguzkilore (literalmente flor del sol, bonito nombre en euskera para un cardo lleno de espinas) que teníamos clavado en la puerta de entrada era para proteger la casa de las brujas. Desde aquel primer cortocircuito, la idea que se dibuja en mi cabeza cada vez que se hace referencia a las brujas ha ido dando bandazos.

Historias de miedo infantiles y personajes de televisión. Superstición, hogueras, historias morbosas sobre rituales satánicos más adelante. Luego la atención pasó de las brujas en sí a las llamadas cazas de brujas, quizá por haber visto con mi padre alguna que otra película ambientada en la Guerra Fría que soy incapaz de recordar. Entonces llega la bruja como icono de mujer liberada, independiente: esas mujeres demoníacas habían sido en realidad mujeres demonizadas por aquellos a los que incomodaba su transgresión, su papel clave en las luchas campesinas de su época (contra la expropiación de las tierras comunales, por ejemplo) o sus conocimientos sobre métodos anticonceptivos, abortivos y médicos en general.

Pero ¿qué tiene que ver todo esto con el título del artículo? Paciencia. Como decía, las brujas se caracterizaban, más que por volar en una escoba, por ser mujeres empoderadas, sabias y activas en sus comunidades, defendiéndolas de las agresiones de las diversas instituciones feudales y de los primeros pasos de lo que terminaría en convertirse en lo que hoy conocemos como capitalismo. Una forma en la que estos mismos poderes reprimían esa resistencia era precisamente atacando a estas mujeres, presentándolas como seres malvados y pecaminosos, bestias demoníacas. Mientras se repetían las hambrunas, en los juicios por brujería era recurrente el tema del “banquete diabólico”, lo que para Silvia Federici “sugiere que darse un festín de cordero asado, pan blanco y vino era ahora considerado un acto diabólico si lo hacía ‘gente común’”. Por lo visto la idea de que los pobres disfrutasen de lo que ellos tenían a diario aterrorizaba a ricos y nobles. Y aquí empiezan los paralelismos. Porque hoy, pese a la distancia y la apariencia de progreso, tenemos más de lo mismo. Vemos como son precisamente aquellos pertenecientes a las clases más privilegiadas, empresarios, políticos, banqueros y especuladores con segundas, terceras… o décimas viviendas, con chalets con piscina y cancha de pádel privada, repartidas por medio mundo quienes se escandalizan y llevan las manos a la cabeza con el hecho de que las pobres tengan la valentía de abrir una cerradura para tener un techo bajo el que vivir.

Hablamos en estas cifras, claro está, de las viviendas que destinan a su uso personal: las que utilizan para especular se cuentan por miles. Una especulación que genera sus propios monstruos, al ser directamente responsable de la violación del derecho a la vivienda a escala masiva, y por tanto una de las principales causas de la okupación que tanto les escandaliza. No hay rosa sin espinas, podríamos decirles.

Volviendo a la brujería y los akelarres, abundaba en los juicios por brujería y en los manuales de la Inquisición la idea de que en esos banquetes las brujas se daban al canibalismo y la fornicación con el demonio de la misma manera que ahora se relaciona la okupación con los narcopisos, la violencia y la inseguridad. El mito de los niños raptados con no sé qué fines macabros no es tampoco muy diferente al bulo tan repetido de que tras una semana de vacaciones puedes volver y encontrarte tu casa llena de violentos y piojosos okupas con malas pintas. ¿Quién sería el estúpido que, necesitando una vivienda y habiendo miles de casas vacías en manos de bancos, se molestaría en entrar en una en la que ya vive gente, sabiendo que será expulsado en cuestión de semanas? Estereotipos y mitos que representan más los miedos de una minoría privilegiada y sus ansias de generar una psicosis colectiva que desemboque en una nueva caza de brujas que a la inmensa mayoría de vecinas okupas, que son simple y llanamente familias que okupan un piso vacío por pura necesidad. Por otro lado, es curioso que quienes más exabruptos sueltan sobre las okupas son quienes más se llenan la boca con la defensa de la familia (de un tipo muy particular de familia, claro está), y seguramente no les interesa mucho que la gente sea consciente de la cantidad de okupas que son familias numerosas o madres solteras, que tiran para adelante sin ningún apoyo institucional.

y es que, pese al revestimiento de respeto a la legalidad y civismo, es difícil no ver en todos estos discursos cargan contra la okupación el mensaje que los vertebra: la propiedad privada en el altar, por encima de cualquier necesidad o derecho (incluso de los reconocidos en la constitución a la que tanto apelan para cualquier otra cuestión), mientras se criminaliza y estigmatiza la pobreza. El objetivo, crear la división de siempre: entre quienes están mal y quienes están peor. Entre quienes tienen un trabajo en el que les explotan sentados y un sueldo que les da ciertas comodidades y quienes tienen un curro de mierda o ni siquiera eso. Entre quienes pueden cotizar y quienes están abocados al trabajo en negro. Entre quienes se pasan media vida pagando una hipoteca o alquiler y quienes tienen que okupar. En esta línea se deben leer las medidas anunciadas por David Pérez, consejero de vivienda de la Comunidad de Madrid: mano dura con la okupación significa mano dura con la pobreza. Interesadamente identifican como problemas de convivencia a “los okupas”, en lugar de con la pobreza, la exclusión social y los desahucios que la alimentan —cada vez más a menudo con una buena dosis de brutalidad policial—.

Se genera así un clima de miedo, en el que se mezcla la supuesta inseguridad con la que falsamente se relaciona la okupación con una amenaza más sutil, más psicológica: la de pensar que se nos cuelan en la cola, que los esquemas meritocráticos y la ética del sacrificio se nos rompen por ver que otros se toman el “privilegio de una vivienda gratis”, sin molestarnos en analizar la situación en conjunto. En lugar de apoyarnos, de empatizar y poner en común, quieren que denunciemos a nuestras vecinas, a las que precisamente más crudo lo tienen, que le hagamos el trabajo sucio a la Inquisi… quiero decir, a la policía. Y no es raro que en este clima de tensión surjan monstruos como Desokupa, bandas de neonazis que aprovechan la ocasión para disfrazarse de justicieros y “defensores de las clases medias” sin tener que dejar de hacer lo que siempre han hecho: coaccionar y apalizar a inmigrantes e izquierdistas, actuar como cuerpo parapolicial privado de una minoría privilegiada.

Hasta ahora hemos hablado mucho de lo que se dice y se quiere hacer con estas brujas del siglo XXI, pero poco de lo que ellas hacen. Aquí queríamos destacar el papel que muchas de estas mujeres en las asambleas de vivienda. Aunque la okupación (quizá no con k, pero si con c) ha existido desde siempre —pues los candados y las cerraduras siempre han sido más débiles que el ingenio y la necesidad— hay en su historia dos momentos que creo que son bastante significativos. El primero se remonta a los 80, cuando se empieza a utilizar la okupación (esta vez sí, con k) de una forma explícitamente política, como forma de luchar por el derecho a la vivienda y poner en cuestión la especulación inmobiliaria o la propiedad privada en sí misma. El segundo, es el surgimiento del actual movimiento por el derecho a la vivienda, con el nacimiento de la PAH (centrada en un inicio, como su nombre indica, en casos de ejecución hipotecaria, que posteriormente incluiría también desahucios de alquiler y okupación) y su popularización con el 15M. En este movimiento, que sigue parando desahucios día a día y podría llegar a ser el heredero de las antiguas redes vecinales, las mujeres tienen una presencia y un protagonismo imposible de encontrar en otros espacios (ni siquiera el feminismo consigue aglutinar al perfil de mujeres precarias y migrantes que llenan las asambleas de vivienda).

Gracias a la combinación entre existencia de un movimiento popular de vivienda fuerte y a las experiencias del movimiento okupa de décadas, han podido surgir las llamadas Obras Sociales de la PAH, que consisten en okupar bloques que sean propiedad de bancos o fondos. Lo que se busca con ello es no solo dar un techo a familias que participan de las asambleas y que han sido desahuciadas, sino denunciar públicamente la contradicción entre la especulación y el negocio del ladrillo, por un lado, y el derecho a la vivienda por otro. Además, la ecuación es simple. Como estos grandes propietarios solo entienden de beneficio, no dejan otra que hablarles en pérdidas. Así, la okupación no es solo la forma de satisfacer una necesidad, sino también una herramienta de lucha y de presión para señalar culpables, forzar negociaciones con esos mismos propietarios o plantar cara a la gentrificación y turistificación que expulsa a cada vez más vecinos y vecinas de sus barrios.

Todo esto, por supuesto, no ha ocurrido sin represalias, ni sin que se extienda hacia los colectivos que luchan por la vivienda el tipo de criminalización que se utiliza tanto contra grupos desfavorecidos como contra otros movimientos sociales. Una criminalización y provocación que ha dado sus últimos coletazos en las últimas campañas electorales. Es material para chistes y memes el victimismo de ciertos partidos políticos (a los que no queremos dar publicidad), al ser objeto de un escrache por su defensa de la especulación. También su obsesión en buscar chivos expiatorios para los dos minutos de odio orwellianos de su mitin electoral, alguien a quien quemar en la hoguera de la plaza pública para divertimento de unos y aleccionamiento de otros.

Pero quizá hoy, igual que ayer, lo que escandaliza a los ricos no es la imagen estigmatizada y macabra que tratan de dar de las pobres, o su supuesta peligrosidad. Igual lo que les escandaliza realmente es que en vez de seguir jugando al juego caníbal del capitalismo pongan la necesidad por delante de una legalidad injusta y la vida por encima de su lucro. Y más aún, que en lugar de hacerlo en solitario y a la desesperada, se organicen para luchar juntas y construir un futuro común, alrededor del fuego de sus hogares, en el que de sus hogueras solo queda humo y su existencia parasitaria no tiene cabida.
Fuente: Javier Hernández en elsaltodiario.com

Y tú que opinas sobre este artículo?

avatar
  Subscribe  
Notify of