“Ser okupa es como ser un superhéroe”

«Esta experiencia me ha enseñado que somos muy frágiles, que el sistema se alimenta de nosotros, que el privilegio de unos es la fragilidad de otros, de nosotros», cuenta Raúl, de 36 años

Raulokupa

Raúl tiene 36 años y trabaja en una empresa de escape rooms, aunque le gustaría ser escritor. Hace 12 años su vida y la de su familia cambió por completo cuando fueron desahuciados unos meses después de que su padre, propietario de una pequeña inmobiliaria, no pudiera hacer frente al estallido de la burbuja; perdió su negocio e, incapaz de pagar cinco cuotas de la hipoteca, también el domicilio familiar. Fue el inicio de un proceso que les ha llevado a cambiar la percepción acerca de la familia, la propiedad, la banca, la clase social y la política. Ahora se definen como okupas, a pesar de estar pagando un alquiler social en la casa que alguna vez tuvieron la ilusión de llegar a poseer.

¿Cuánto tiempo has vivido como okupa?

Creo que vamos a hacer cinco años. Sí, con las fechas me llevo fatal, pero la pandemia la pasamos ya como okupas en nuestra casa.

Es un proceso largo. Empieza en 2005 cuando mi padre, por consejo de una amiga, directora de una sucursal de Caja Madrid, toma una hipoteca de unos 1.000 euros al mes. En teoría había un seguro de impago y nada presagiaba una crisis. En 2010 mi padre lo pierde todo con el estallido de la burbuja inmobiliaria, pero yo nunca viví esa angustia porque él no nos la transmitía. Creo que en 2011 nos llegó una orden de desahucio, llevábamos unos cinco meses sin poder pagar la hipoteca y muchísimos más tratando de encontrar un trabajo para cualquiera de los tres [Raúl, su padre y su madre]. El aviso decía que podían utilizar todas las fuerzas necesarias para desalojarnos. Mi padre dijo: «Vámonos, yo no quiero pelearme con nadie». Recogimos lo que pudimos, deprisa, y nos dejamos algunas cosas en el garaje. Pensamos: «Bueno, a lo mejor después podemos pasar a por ellas». Fue imposible.

¿Qué sentiste al abandonar la casa?

Creo que lo viví con cierta lógica de mercado, y mira que era muy joven. No podemos pagar, nos vamos, esto ya se arreglará. Pero lo que no he podido olvidar del día del desahucio es la cara de mi madre al abandonar la casa.

Con el tiempo fui consciente de que los meses previos al desahucio la situación que vivieron mis padres fue extrema. Yo no la viví como tal porque me protegieron a causa de los antecedentes de depresión y ansiedad que padecía desde mi adolescencia.

A los pocos meses empezamos a ver la dimensión de la crisis de la vivienda. Fuimos de los primeros, no teníamos referentes, no luchamos, nos marchamos por las buenas. A través de las imágenes que llenaron los informativos entendimos a qué se referían con utilizar todas las fuerzas necesarias.Incluso creímos que éramos afortunados al habernos librado de esa violencia. Para eso está la tele.

¿Y después del desahucio os convertisteis en okupas?

No, todavía no, nos fuimos de alquiler a una casa unas dos calles más arriba. Pagábamos un alquiler que era la mitad de la hipoteca. Incluso hubo épocas en que, dadas las circunstancias, nos rebajaron una tercera parte del alquiler. La verdad es que la propietaria se portó muy bien. Así estuvimos unos cinco años. Mi padre trabajaba en lo que podía, no paraba de reinventarse, pero era imposible levantar cabeza con la deuda de 180.000 euros. Te quitan la casa y lo único que te queda es una deuda para el resto de tu vida. Mi madre y yo intentamos trabajar, pero nunca conseguimos algo medianamente estable. La incertidumbre, la precariedad, los ultrajes de los jefes, la presión por subsistir hicieron mella en mí y volví a tener ataques de ansiedad. Mis padres priorizaron mi salud mental, me pidieron que dejara de trabajar y de buscar trabajo, aunque eso supusiera una carga económica adicional. Hasta que mi padre y mi madre se quedaron sin trabajo y tuvimos que dejar la casa de alquiler.

Y entonces sí optasteis por la okupación.

Sí, porque ya no teníamos alternativa, Durante seis años pasamos todos los días frente a la que fue nuestra casa y vimos que el banco no había hecho nada con ella, ni la vendió, ni la alquiló. Es que ni lo intentó. Así que decidimos okuparla. Moralmente era nuestra.

Los primeros días de la okupación mi padre dormía allí sin agua y sin luz, nosotros hacíamos el relevo por las mañanas. Los vecinos nos ayudaron como vigías por sí venían los del banco o la policía a preguntar. Para irnos a vivir definitivamente a casa mi madre llegó incluso a pedir el alta de la luz y el agua.

Vaya okupas más raros erais.

Sí, éramos okupas pero dignos, queríamos pagar los servicios, pero ninguna compañía lo aceptó. Al final la PAH nos ayudó, tuvimos servicios y empezamos una nueva forma de vida, porque la casa no solo la ocupamos nosotros, se convirtió en punto de encuentro de vecinos, miembros de la PAH,… Era nuestra casa de antes, pero ahora con sentido de comunidad. Llevábamos varios meses con el miedo de que viniesen un día y nos echaran a patadas, así que decidimos ir al banco y les dijimos: «Hemos okupado, pero queremos pagar un alquiler social». Fue una medida de autoprotección.

¿Y qué os dijo el banco?

En principio, nada. Estuvieron meses sin respondernos. Nosotros seguíamos con miedo, sobre todo porque teledesahucio era la sección de moda en los informativos y en la PAH no dábamos abasto para detener tantos desahucios. Un buen día recibimos una llamada misteriosa para preguntarnos si estábamos ocupando la casa. «Sí». Y si queríamos alquiler social. «Por supuesto». Ellos ni siquiera se identificaron. ¿Eran de Bankia o de la Sareb? Vete tú a saber, nadie decía nada. Hasta que, casi un año después, se presentó el comercial de una inmobiliaria del pueblo a preguntarnos si estábamos de okupas, si queríamos alquiler social, que cuántos éramos, que a qué nos dedicábamos… Le contestamos a todo, y ante nuestras preguntas él solo pudo decir: «Ya os contactarán».

Esto es como entrar a una célula subversiva.

Tal cual. Pero espera, casi dos años después nos llega un correo electrónico, preguntándonos lo mismo. Lo contestamos, al menos ya teníamos una forma de contacto. Y casi de inmediato, tres meses después, nos responden para decirnos que somos elegibles y que tenemos que presentar una serie de documentos. Lo hacemos y al tiempo nos avisan de la visita de un perito para ver el estado de la casa, si era necesaria alguna reparación, etc. La casa estaba perfecta, moralmente era nuestra casa, la cuidábamos como tal. Y el perito se va con el consabido «ya os contactarán».

El ‘vuelva usted mañana’ siglo XXI.

Absolutamente, pero ahora aparece un giro de guion: nos llega una orden de desahucio para un mes después.

Alquiler social o desahucio, escoja usted su aventura.

En realidad era una carrera contrarreloj. Contactamos con el perito, que no entendía qué estaba pasando. También acudimos al contacto de la cuenta de correo electrónico. Esperábamos lo peor: que nos dieran el alquiler social un día después de la orden de desahucio. Al final logramos acceder al alquiler social, 185 €/mes, una cifra que se calcula a partir de los ingresos de la familia y que se revisa cada año.

Tras esta odisea, has dejado de ser okupa…

No, yo creo que moriré okupa, porque ya forma parte de mí, es una forma de sentir, es como ser un superhéroe. Sobrevivir a pesar del sistema. Que en realidad no vamos contra el sistema, es el sistema el que va contra nosotros. Esta experiencia me ha enseñado que somos muy frágiles, que el sistema se alimenta de nosotros, que es implacable, que no puedes dar el mínimo traspiés. Que el privilegio de unos es la fragilidad de otros, de nosotros.

En definitiva, que somos pobres, algo que nunca habíamos creído ser hasta que llegó la crisis y el sistema ejecutó su partitura. Más que pobres somos empobrecidos. El sistema ha ganado, hace mucho tiempo que ha ganado.

Pero, ¿se puede vivir al margen del sistema?

En realidad lo que hemos hecho durante un tiempo es no ser útiles al sistema, hemos organizado la PAH en Manresa, colaborado con el banco de alimentos, recibido ayudas del Estado, tenemos alquiler social… Solo sobrevivimos. Pero no alimentamos al sistema, ni el sistema alimenta nuestra vida con la ilusión de entrar en la rueda y correr a su ritmo. No quiero ser propietario, no quiero alimentar al monstruo, he decidido vivir al margen. Ahora trabajo, pero no quiere decir que esté en el sistema, solo estoy resistiendo.

¿Hay mucha desesperanza?

Sí, pero es que han ganado, nos han masacrado, son muchísimos los que se han quedado en un salto al vacío, con la cabeza en un horno, con las venas abiertas. El sistema está caminando sobre muchos esqueletos. Nosotros lo hemos intentado todo, incluso nos metimos en política, nos presentamos para el ayuntamiento de Manresa por Podemos, pero no funcionó. Allí solo funciona la derecha o la izquierda catalana, y para ellos o somos invisibles o indeseables. La única ilusión ha sido cuando Podemos llegó al poder y obligó al PSOE a subir el salario mínimo, eso sí que fue un respiro para gente como nosotros. O cuando ha salido la ley de vivienda impulsada por Ada Colau, aunque falta ver cómo la implementan. Pero más allá de estas excepciones es poco lo que se hace para cambiar las cosas, estamos prácticamente solos.

¿También a nivel personal?

Sí. No creas que la familia ha ayudado mucho. No hablo tanto de ayuda económica, porque son pobres como nosotros, pero no se han dado cuenta. Yo esperaba más comprensión: no vivimos por encima de nuestras posibilidades cuando compramos la casa, y tampoco éramos unos delincuentes cuando la ocupamos. Los amigos piensan lo que el sistema quiere que piensen, para eso está la televisión, aunque ellos hacían la excepción: «La culpa de lo mal que está el país es de los okupas, pero no de vosotros, que no sois okupas, solo habéis tomado vuestra casa». Ser una excepción para los amigos da ternura. A nivel íntimo, si ya es difícil construir una relación afectiva, hacerlo con un okupa tiene tintes épicos. Pero tengo la fortuna de tener toda la comprensión y el apoyo de mi chica. Y seguimos enamorados.

¿Pesa mucho lo que dicen la tele y los políticos?

Sí, pero a nosotros ya no nos hace daño. Primero éramos los desahuciados con los que se llegó a sentir cierta comprensión en los momentos de crisis, pero luego, una vez que los desahucios y las injusticias eran tantas, dejamos de ser noticia. A su vez, conforme se han ido cargando a Podemos, los okupas también han pasado a ser el enemigo. Al final, con resignación, no puedes hacer otra cosa. Resignación, porque miedo no tienes, porque yo el miedo ya lo superé, y mis padres también. Somos el espantajo que saca la ultraderecha, pero no para asustar a los privilegiados, sino a los pobres. Nosotros, los okupas y los inmigrantes, somos quienes no pagamos nada y nos dan todo, con lo que no queda para los pobres. Y no, las ayudas que nos dan no son nada en comparación con lo que dejan de pagar y lo que roban los privilegiados. Los okupas del país son ellos.

Fuente: Bob Pop en lamarea.com
Foto portada: Raúl, okupa desde hace cinco años | Muricio Retiz

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