Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo

Ghodsee da una vuelta de tuerca al planteamiento de la lucha por los derechos de las mujeres.

Hace poco podíamos leer en Twitter una serie de mensajes alertando a las mujeres del riesgo que conlleva aceptar la “generosidad” de sus parejas masculinas. En otro reciente artículo en un periódico generalista, una joven máster en género admitía haber dividido con su novio las tareas de tal forma que él pagara el alquiler (dado que su sueldo era más alto) a cambio de que ella se ocupara de lo doméstico. Parecería un debate sacado de la época de nuestras madres y abuelas, si no fuera porque está volviendo a tener lugar ahora que la precariedad laboral y económica se está cebando, otra vez, con aquellas personas que recogen el trabajo de los cuidados y “la casa” en un contexto profesional que privilegia a los hombres. Nos encontramos en pleno siglo XXI, pero parece que no hubiera cambiado nada.

Visto así, ya no llama la atención que un libro como el de Kristen Ghodsee, Por qué las mujeres disfrutan más del sexo bajo el socialismo (Capitán Swing, 2019) haya acaparado todas las miradas. Parece que las mujeres debamos reivindicar una y otra vez los derechos conseguidos, como si pudieran ser derogados en cualquier momento, bajo cualquier excusa. Ghodsee da una vuelta de tuerca al planteamiento de la lucha por los derechos de las mujeres y afirma una hipótesis que ha resultado ser controvertida, a pesar de haber sido corroborada a lo largo de todas las crisis económicas del siglo XX desde la caída del muro de Berlín: que las mujeres viven mejor en el socialismo. Y que, por consiguiente, el capitalismo es peligroso para ellas.

Las razones van desde la más pura obviedad hasta datos y estadísticas que convencerían a todos aquellos que no estuvieran más interesados en mirar hacia otro lado: bajo un régimen de socialismo de Estado (que no bajo un sistema comunista; Ghodsee cuida mucho de diferenciar ambos términos y conceptos), se privilegia lo común en detrimento de lo individual. Así, se mantiene una red de cuidados estatal, que pasa por aquellos derechos que hoy consideramos ganados (y que también podría desmoronarse en cualquier momento), como las pensiones, las ayudas por desempleo, etc., hasta llegar a otras como el permiso por maternidad, que permite a las mujeres mantener su puesto de trabajo llegado el momento.

Bajo un régimen capitalista que prima lo individual y la propiedad privada por encima de la comunidad, una mujer debe abandonar su puesto de trabajo para ocuparse de sus hijos, de sus padres, de sus suegros y de cualquiera que caiga enfermo, ya que el sueldo de su pareja (macho) siempre será mayor y compensará más conservarlo.
Así, la mujer vuelve a convertirse en una propiedad más. Algo que Ghodsee demuestra remitiéndose al cambio de paradigma que vivieron las mujeres del bloque soviético al pasar de una economía socialista a una capitalista en cuestión de solo un año.

Parece mentira que, a estas alturas, tengamos que volver a repetir lecciones que parecían aprendidas. Que, como comenta Kristen Ghodsee, no seamos capaces de aprovechar los errores y aciertos de todas las políticas que se han llevado a cabo para mejorar nuestro concepto de Estado. Porque la política, como tan meridianamente bien se explica dentro de este sencillísimo ensayo, afecta y mucho a nuestra vida. Y, más que a nadie, a las mujeres. Siempre se dice que todo lo personal es político. Pero es que el cuerpo de una mujer es el objeto más político que existe. Y, cuando estos cuerpos nuestros se liberen, no solo resultará que seremos más felices, más sanas, menos sometidas. También resultará que… follaremos mejor.
Fuente: Elena Rosillo en lamarea.com


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