No faltan camareros, sobran explotadores

Cuando jóvenes trabajadoras y trabajadores se arriesgan a organizarse y dar pelea, las cosas pueden cambiar. Ya están cambiando

Un empresario dice que en hostelería “se hace media jornada, 12 horas” y que eso ha sido así “toda la vida”. Si le responden, como lo hicieron miles de personas, que eso es explotación pura y dura, no falta un famosillo cantaor que nos recuerda que un contrato laboral es un “acuerdo consentido” entre partes, la libertad del mercado y toda la pelota.

En vez de llamarlos explotadores, habría que agradecerles por esos trabajos de mierda. Puede parecer un rifirrafe más en redes sociales, pero hay cuestiones que merecen la atención. Desde hace unos días, uno de los debates sonados es que en España hay “escasez de camareros”. Así, tal cual. ¿Los camareros se han transformado en una rara especie en extinción? La realidad es que los empresarios hosteleros quieren seguir pagando miserias y robando tiempo de vida en jornadas agotadoras o flexibles. Durante la pandemia, las condiciones de precariedad se agravaron y se perdieron muchos puestos de trabajo en el sector. Se estima que los ERTE afectaron al 70% de las plantillas a partir de 2020 y se perdieron entre 300.000 y medio millón de puestos de trabajo. En cuanto pudieron, muchas trabajadoras y trabajadores huyeron hacia otros empleos en busca de condiciones menos precarias.

Pero atendamos al argumento liberal del “contrato igualitario entre partes”. Se trata de uno de los sentidos (más) comunes que reproduce este sistema capitalista. Ahora bien, cuando de una parte hay millones de personas que dependen de un salario para sobrevivir, y del otro lado hay capitalistas que se enriquecen a costa del trabajo ajeno, a eso no lo podemos llamar contrato libre. Marx develó en su momento la gran estafa de percibir como “voluntario” lo que es esclavitud asalariada.

La igualdad formal encubre una profunda desigualdad real. Una desigualdad sustancial que se reproduce en toda la relación laboral. Dentro de los lugares de trabajo, los capitalistas ejercen su poder despótico. Allí, como en las puertas del infierno de Dante, hay que abandonar toda esperanza: los derechos escritos en papel se suspenden por arte de magia. Horarios flexibles sin poder conciliar la vida social y familiar, horas extras no pagadas, maltrato psicológico y humillaciones, acoso sexual a las trabajadoras por jefes y persecución por querer organizarse sindicalmente son también cosas “de toda la vida”.

Cansados de la mierda del jefe

Venimos siguiendo con entusiasmo y escribiendo en CTXT sobre esa guerra de “David contra Goliat” donde trabajadoras precarias enfrentan a milmillonarios como Jeff Bezos. Maryam Alaniz de Left Voice nos explicaba desde New York la profundidad de ese fenómeno en la juventud: “Estamos viendo una nueva generación, la generación U (por Union, sindicato en inglés) que está emergiendo de las ruinas del proyecto neoliberal. Es una generación muy precaria, multicultural, queer, que se politizó con la crisis económica y con el Black Lives Matter. También vieron que la clase obrera era esencial durante la pandemia. Amazon y Starbucks son las expresiones más potentes de esta ola de sindicalización, pero el movimiento es mucho más amplio”.

Fuente: Josefina L. Martínez  en ctxt.es
Foto: Pixabay

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