La trama ultra, la crisis marroquí y el pintor Juan Genovés: el acoso a quien abraza en España

Muchos de ustedes estarán ya enterados de la crisis que se está dando en Ceuta, la ciudad española del norte de África fronteriza con Marruecos, provocada por la entrada masiva e irregular de ciudadanos marroquíes y subsaharianos en esta última semana. Si observan eludimos definir a estas personas como inmigrantes porque no lo son, no se trata de una crisis migratoria convencional donde un gran número de individuos se desplazan súbitamente a otro país a causa de una guerra o una calamidad sobrevenida. En este caso ha sido el Gobierno marroquí el impulsor de esta ola de traspaso irregular de fronteras, trasladando incluso a estas personas en autobuses, como represalia directa por la ayuda médica que España ha prestado en su territorio a un líder del Frente Polisario, el grupo armado que defiende el Sahara de la ocupación ilegal marroquí desde hace décadas.

Esta crisis, un chantaje en toda regla del régimen monárquico alauí, dinastía gobernante en Marruecos, tiene como epicentro el deseo de que España ceda a los planes marroquíes de declarar su soberanía sobre el Sahara occidental, territorio del que España fue potencia colonial. La ONU lleva intentando realizar un referéndum en este territorio desde 1991, como parte de los acuerdos de alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario en esta fecha, algo que no sólo no se ha conseguido en tres décadas, sino que con el apoyo expreso de la administración Trump, este pasado diciembre, está más lejos que nunca. El nuevo Ejecutivo de Biden continúa la línea de su antecesor al considerar a Marruecos clave para la estabilidad en la región y con la contrapartida del restablecimiento de relaciones del país magrebí con Israel. La crisis de Gaza ha sido un momento idóneo por tener ocupado a EEUU que finalmente, aun siendo socio tanto de España como de Marruecos, no ha hecho ademán de sancionar a los inductores del chantaje migratorio para no perjudicar a Israel.

Otros factores se entrecruzan en la ecuación, el primero de ellos es que Marruecos es el primer comprador de armas africano a Estados Unidos, con contratos de varias decenas de miles de millones de dólares: el mismo Mohamed VI que mantiene a su población en la pobreza mantiene una política expansionista militar para ser el líder regional por encima de Argelia. Marruecos además es parte de la política de la Unión Europea de subcontratación fronteriza, siendo el país puente encargado de parar las olas migratorias, tanto de sus propios ciudadanos como de los provenientes del África subsahariana, por lo que cobra cuantiosas sumas de los europeos. Por otro lado, existe un deseo marroquí para anexionarse los territorios españoles de Ceuta, Melilla y Canarias, algo que sin estar en la agenda inmediata se contempla aprovechando en un futuro una situación de inestabilidad en España.

La ultraderecha en España ya no es tan sólo un partido, sino un entramado de intoxicadores en redes, de afines en medios de comunicación y, por descontado, de unos empresarios acólitos que financian los altavoces de los que se sirven.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Mohamed VI sabe que las crisis de traspaso ilegal de la frontera son un problema para el Gobierno español porque la oposición de derechas las va a utilizar en su beneficio. Sin embargo, el líder derechista Pablo Casado se reunió el pasado 11 de mayo mediante videoconferencia con el líder de un partido ultranacionalista marroquí que, precisamente, reclama la anexión de las ciudades españolas de Ceuta y Melilla, algo que anunció en un tuit donde además reclamaba información al Gobierno por la atención médica al líder saharaui. El suceso, que había pasado desapercibido, se ha vuelto en contra de Casado que ha sido calificado de traidor e hipócrita en las redes sociales, ya que en declaraciones realizadas estos días ha pretendido culpar de la crisis a Unidas Podemos por defender el referéndum para el Sahara reconocido por la ONU. Un patrioterismo, el de Casado, oportunista, torpe y perjudicial para los intereses españoles: sus ansias por acabar con el actual Gobierno progresista no han pasado desapercibidas por el régimen marroquí.

Como ya es habitual, el partido ultraderechista Vox ha ido un paso más allá proclamando consignas belicistas por la supuesta invasión que recibe Ceuta, protagonizada, no está de más recordarlo, por personas que llegan exhaustas tras cruzar la valla a nado entre los que se encuentra incluso menores de edad. La jugada narrativa les salió mal, ya que en España la condena al chantaje de Mohamed VI ha sido unánime y la respuesta del presidente Sánchez, que visitó Ceuta, fue más dura que en otras ocasiones. El hecho de que se vieran imágenes de militares españoles ayudando a personas que apenas podían sostenerse en pie, incluso cantando canciones con los niños y adolescentes que habían cruzado la frontera, no ayudó demasiado a fijar la idea de que este chantaje migratorio era una suerte de invasión militar. Sin embargo su campaña, pese a resultar fallida, no se ha detenido aquí.

La ultraderecha en España ya no es tan sólo un partido, sino un entramado de intoxicadores en redes, de afines en medios de comunicación y, por descontado, de unos empresarios acólitos que financian los altavoces de los que se sirven. Además la ultraderecha ocupa una parte de la judicatura y tiene implantación en las Fuerzas Armadas y la Policía. Esta trama tiene un objetivo claro, la involución reaccionaria de España y para ello, su primer objetivo es acabar con el Gobierno progresista democráticamente elegido de una forma brusca, a pesar de que a la legislatura aún le quedan un par de años. La victoria de la trumpista Ayuso en las elecciones madrileñas les ha puesto los dientes largos y ha provocado que el errático Casado vuelva, como ya es costumbre en su débil liderazgo, a compadrear con ellos.

La trama ultraderechista ha implantado el discurso en una parte de la población, mediante la colaboración de estrellas mediáticas e intoxicadores digitales, de que el Gobierno es ilegítimo, por lo que se puede actuar contra él de cualquier manera. En la visita del presidente Sánchez a Ceuta su coche fue aporreado por unas decenas de exaltados, algo que ya ocurrió hace unos meses con el de la vicepresidenta Yolanda Díaz. El acoso a la vivienda del ex vicepresidente Pablo Iglesias se prolongó durante meses. En las últimas elecciones madrileñas Iglesias, el ministro del Interior y la directora de la Guardia Civil recibieron sobres con balas. Probablemente, los ultraderechistas en España no lleguen ni a un cuarto de la población, pero sus potentes altavoces y sus acciones de acoso y violencia les hacen parecer mucho más numerosos.

Cualquier acontecimiento, como el chantaje marroquí, cualquier oportunidad de desestabilizar la democracia española, será aprovechada por esta corriente descivilizatoria. Incluso acosando a una cooperante por dar un abrazo.

Daniel Bernabé, escritor y periodista.

Uno de los métodos utilizado por la trama ultraderechista es el acoso a personajes relevantes, como hemos visto, pero también anónimos. Una voluntaria de Cruz Roja, a la que se vio dando un abrazo a un inmigrante negro que lloraba desconsolado al ver a uno de sus compañeros medio ahogados, ha recibido las iras de la turba de ultras. Repetimos: sólo por dar un abrazo a un inmigrante. La voluntaria ha tenido que recibir ayuda psicológica para soportar la avalancha de insultos y amenazas que ha recibido en sus redes sociales. Unas horas antes de que empezara la campaña, la comunicadora Cristina Seguí, de conocidas simpatías ultraderechistas, intentó una acción similar con otra voluntaria de la organización humanitaria: “Oenegista abrazando a un ilegal tras pasar 4 min en las ‘gélidas’ aguas mediterráneas, y él aprovechando la turgencia de sus senos”. Además de comprobar el retorcimiento de Seguí, también podemos darnos cuenta como ya se estaba tratando de lanzar el acoso contra los voluntarios de Cruz Roja, los cuales rompían la narrativa de la invasión lanzada por los ultras.

El modus operandi de esta trama se está empezando a hacer habitual en España. El periodista Israel Merino cubrió la manifestación del grup nazi “Bastión Frontal” frente a la embajada marroquí. Horas después empezó a recibir anónimos amenazantes para acabar recibiendo un mensaje en el que aparecían datos personales como su documento de identificación o su vivienda. No es un caso aislado, sino parte de una cadena impulsada por los ultraderechistas para atemorizar a quien informe sobre ellos o les haga frente. Los medios de comunicación del espectro liberal-conservador, los cuales dan voz a varias de estas estrellas ultras, ni informan ni se solidarizan con sus compañeros amenazados y, en el caso de que haya una ola de solidaridad, como en el caso de la voluntaria de Cruz Roja, obvian que los inductores del acoso son parte de este conglomerado antidemocrático.

Si repasan, de hecho, mis artículos de esta temporada en esta misma publicación podrán observar que el ascenso ultraderechista en España no es momentáneo ni casual, sino más bien un proceso que destapándose en la crisis independentista de 2017, ya había sido alentado desde muchos años atrás. La llegada en enero de 2020 del Gobierno de coalición progresista entre los socialistas del PSOE y los izquierdistas de Unidas Podemos, unido a la magnífica oportunidad de aprovechar la crisis pandémica, ha acentuado de manera dramática su presencia en la sociedad española. Cualquier acontecimiento, como el chantaje marroquí, cualquier oportunidad de desestabilizar la democracia española, será aprovechada por esta corriente descivilizatoria. Incluso acosando a una cooperante por dar un abrazo.

El 15 de mayo de 2020 falleció el pintor Juan Genovés, del que entre sus obras siempre se ha destacado El abrazo, un cuadro que en 1976 le fue encargado por la Junta Democrática para reivindicar la amnistía a los presos políticos de la dictadura franquista. Genovés fue detenido una semana y la reproducción de la obra prohibida y secuestrada, lo que no evitó que la pintura se convirtiera en un referente de la lucha por la democracia en España. Con el transcurrir de los años, El Abrazo, tomó la simbología de la concordia alcanzada por los españoles en la Transición, algo que en parte fue cierto pero en parte falso: algunos de ellos tan sólo fingieron ser demócratas esperando tiempos más propicios para sus ideas ultraderechistas. Esos tiempos han llegado: hoy los nietos de los franquistas acosan a quien abraza en España. Fuente: Daniel Bernabé en actualidad.rt.com

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