La maldición urbanística de Madrid: De la cárcel de Carabanchel, a las cocheras de Cuatro Caminos… ciudad sin memoria

Somos memoria, desde que nacemos. El problema es que Madrid no tiene memoria, o le cuesta tenerla.

Es difícil expresar todas las emociones que puede suscitar la desdicha urbanística que aqueja a Madrid. Y eso mirando desde una perspectiva puramente actual. Despreciamos la amortización de la huella ecológica de lo ya gastado, y aún peor por el camino perdemos inteligencia, memoria e identidad.

La memoria es la base de nuestra identidad como sociedad, como individuos, porque somos lo que recordamos que fuimos. Así se escribe la historia, pero así también se construye el recuerdo, la ciencia y toda clase de progreso técnico. La educación y la memoria están estrechamente vinculadas, pues el conocimiento mismo pasa por la crítica y el pensamiento, y estos a su vez por una perspectiva integral del mundo que nos rodea. El conocimiento y la identidad se construyen con memoria.

Recordar nos permite crecer en equilibrio; quizás incluso con un poquito más de felicidad, como ya señalaba Jovellanos en su Memoria para la Instrucción Pública, “la educación es la primera causa de prosperidad y felicidad de las naciones”.

Somos memoria, desde que nacemos. El problema es que Madrid no tiene memoria, o le cuesta tenerla. Madrid olvida con facilidad, porque nos han enseñado a no darle importancia al territorio, a no cuidar nuestro espacio público. Como es de todos y no es de nadie, nos exime de responsabilidad individual, y por tanto de compromiso, ¡vaya falacia!

En realidad interesa la despreocupación, para que entre pocas personas puedan trazar negocios inmobiliarios muy rentables. Parece normal que hablar de Patrimonio Cultural no sea algo urgente, o que al menos no lo sea tanto como los otros problemas que tenemos: dónde vivir, cómo superar el día a día. He tenido conversaciones con amistades que se preguntaban si es ético gastar dinero en el Patrimonio con la de problemas que existen. 

Esta duda también flotaba en el aire cuando en 2009 se fundó Madrid Ciudadanía y Patrimonio con el objetivo de defender el Patrimonio Cultural madrileño en sus diversas manifestaciones, desde una perspectiva informada y comprometida. Sin embargo enseguida se comprendió que la tarea de defender el patrimonio era tanto como defender un modelo urbano, el paisaje y el territorio. 

Poco a poco, se fue entendiendo el papel crucial del patrimonio, o sea de la memoria, o sea de la identidad, en el urbanismo madrileño. Cuidar el patrimonio es cuidar nuestra memoria, y consecuentemente significa cuidar la ciudad, el territorio y el paisaje, de lo que finalmente es beneficiaria toda la ciudadanía. 

El urbanismo es la ciencia —o el arte, según se mire— que nos permite ocupar el territorio y adaptarlo –y adoptarlo- para desarrollar mejor nuestras vidas.

En principio se basa en unos conceptos al alcance de la comprensión de cualquiera, pero se ha mezclado con prácticas más ligadas a la especulación económica que a la consecución de los verdaderos intereses comunes

En principio se basa en unos conceptos al alcance de la comprensión de cualquiera: acceso al agua y a los alimentos, defensa y protección (de los vientos dominantes, de las inundaciones…), soleamiento (orientación de las calles, altura de los edificios…), comunicaciones internas y con el espacio circundante (comercio y transporte), dotaciones y equipamientos públicos y privados, etc. Pero con el tiempo, y la sucesiva adulteración de las normas necesarias para implementar estos principios, se ha mezclado con prácticas más ligadas a la especulación económica que a la consecución de los verdaderos intereses comunes; complicándose con conceptos abstrusos muy difíciles de entender para la mayoría (compensaciones, edificabilidad, cesiones y concesiones, etc.).

Como resultado, una disciplina clave para lograr un desarrollo armonioso de la sociedad ha logrado convertirse en un confuso galimatías. El urbanismo —o mejor dicho, la disciplina urbanística— es como un compendio de arcanos representados mediante jeroglíficos que se le escapa al ciudadano medio, quien consecuentemente se desinteresa por sus resultados. Es innegable que vivimos con prisa, y las cosas complicadas de entender en general nos abruman. Sin embargo no somos ni medio conscientes de la importancia que tiene en nuestras vidas, y de la trascendencia que supone que el diseño de nuestras ciudades —nuestro marco de convivencia— se confíe a la voluntad y a las decisiones de un reducido grupo de agentes, con aura de ‘elegidos’.

Naturalmente sería una exageración culpar al grupo de entendidos en urbanismo de los problemas que nos aquejan; al fin y al cabo, somos una sociedad tan extremadamente compleja que cualquier aspecto pasa necesariamente por las manos de gente experta en la materia, y que al resto nos puede sonar a chino. Pero hay que admitir que la práctica actual del urbanismo contribuye a alejarnos del crecimiento de nuestras ciudades como el lenguaje jurídico sirve para ocultar —en vez de comunicar— el significado de la Justicia.

Frente a los objetivos más sociales, con especial interés en implementar equipamientos o promover una movilidad más sana, nos encontramos con la dureza de las operaciones urbanísticas donde prima por encima de todo el aprovechamiento económico

No se trata de responsabilizar —o culpar— a los expertos, sino más bien de tomar conciencia de que el poder transformador de la ciudad reside hoy en ese mundo indescifrable que puede cambiar nuestras vidas tanto a mejor —y, aquí viene lo crudo— como a peor. En efecto frente a los objetivos más sociales, con especial interés en implementar equipamientos o promover una movilidad más sana, que han resultado exitosos en muchas ciudades del mundo, nos encontramos con la dureza de las operaciones urbanísticas de tantas poblaciones españolas, con un modelo donde prima por encima de todo el aprovechamiento económico de los motores que, dicen, sostienen la economía (aunque más bien la envenenan e hipotecan el verdadero desarrollo).

Madrid no se escapa: llevamos mucho tiempo presenciando las múltiples tropelías que alteran nuestros espacios de manera unilateral. Han sido muchos años con instituciones gobernadas con los mismos designios, que muchas veces han antepuesto el interés privativo por encima del general. La Administración madrileña funciona como un rodillo urbanístico que aplica mecánicamente para cualquier desarrollo, sin interés y sin convicción, un presunto proceso garantista: justificaciones varias, estudios ambientales, aprobación parcial, exposición pública, período de alegaciones, etc. Pero que, en la práctica, sufrimos como hechos inevitables cuyo objetivo final no se nos alcanza. 

Y es que el modelo arrollador de nuestro urbanismo solo es combatible en la práctica y, por desgracia, desde un terreno de juego abrupto: los tribunales. Es muy lamentable, pero la ciudadanía solo puede defenderse de los reiterados abusos de la Administración a través del amparo judicial. No es normal.

En una democracia que viene durando ya más que la precedente dictadura no somos capaces de hacer valer la palabra por sí misma. En el fondo arrastramos las consecuencias sociales del franquismo: una sociedad paralizada y desmovilizada, donde el asociacionismo no se protege, ni se impulsa, o muy al contrario, se persigue como hemos visto con los casos de los espacios vecinales (EVArganzuela, Casa Cultura de Chamberí, o la Casa del Cura en Malasaña, ya no digamos el antiguo C.S. La Ingobernable).

En Madrid llevamos años presenciando las múltiples tropelías, y por suerte muchos de los casos litigados se han ganado a favor de la ciudad y el interés común: el Teatro Albéniz, el palacio de Boadilla del Monte, o el frontón Beti Jai

En Madrid llevamos años presenciando las múltiples tropelías, y por suerte muchos de los casos litigados se han ganado a favor de la ciudad y el interés común, tras no pocos esfuerzos colectivos; casos amenazados como el añorado Teatro Albéniz, el magnífico palacio dieciochesco de Boadilla del Monte, el singularísimo y único frontón Beti Jai, los jardines históricos de los Duques de Osuna en las Vistillas (Operación Minivaticano), la espectacular Quinta de Torre Arias o los jardines de las Damas Apostólicas se han ido salvando siempre por mediación de los tribunales. También los casos agridulces, que debemos a pesar de todo contar como victorias: la paralización de los derribos del Palacio de Sueca y el de las Damas Apostólicas.

Hemos visto sin embargo muchas otras desgracias en las que el rodillo de nuestros políticos se ha impuesto derribando toda clase de Patrimonios: desde aquella famosa Pagoda de Fisac —que auguraba la que se nos venía encima— a la Cárcel de Carabanchel, los cuarteles (¡protegidos!) de Campamento, las instalaciones ferroviarias de Villaverde, los Cines Madrid con la estructura original del Frontón Central y los restos del convento del Carmen, restos arqueológicos varios en la plaza de Oriente, caserío histórico ( en calle Embajadores nº 18 y nº40, calle Amparo nº3, calle San Bernardo nº 48 o calle Embajadores nº 111) y llegando al culmen del esperpento, la Operación Canalejas (que se perfila como vórtice de intereses gravemente inconfesables, con descatalogación de edificios y adaptación ad hoc de las leyes para legalizar las pretendidas acciones). 

Entre los casos más recientes, se encuentran los tristemente desaparecidos Taller de Precisión de Artillería y el Real Cinema. El primero con el planeamiento tumbado definitivamente por el Tribunal Supremo y el segundo en tramitación como derribo ilegal de un cine construido antes de 1936.

Pero tener la razón no es suficiente en Madrid, ni siquiera aunque se tenga por los tribunales. Se habla de una justicia garantista, pero algo falla cuando las garantías nunca van a favor del Patrimonio y siempre a favor de las expectativas pecuniarias.

Las Cocheras y talleres históricos de Metro en Cuatro Caminos no solo presentan un valor excepcional en su ser y en su presencia, sino que se han convertido en un símbolo del resurgir desde la invisibilidad, como un gigante dormido

Asistimos estos días a un caso que se ha convertido en paradigmático: las cocheras y talleres históricos de Metro en Cuatro Caminos. No solo presentan un valor excepcional en su ser y en su presencia, sino que se han convertido en un símbolo del resurgir desde la invisibilidad, como un gigante dormido. Tras siete años de labor divulgativa y puesta en valor, alcanzando el reconocimiento de instituciones nacionales y europeas, están en plena debacle existencial inmersas en un derribo que no está claro que deba producirse. Para colmo con una sentencia de finales de abril que anula el planeamiento y a la espera de saber en el Supremo si han de iniciarse su declaración como Bien de Interés Cultural, el gobierno municipal una vez más hace gala de su ignorante soberbia, intentando simular que aquí no ha pasado nada.

Quedémonos con que la única forma de seguir avanzando es no olvidar toda esta historia. Somos lo que recordamos que fuimos. Sin memoria no vamos a ningún lado. 

Fuente: Opinión de Alvaro Bonnet Arquitecto y miembro de Madrid Ciudadanía y Patrimonio en elsaltodiario.com

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