Hijas del hormigón. Las mujeres de barrio tenían algo que contar

Una petición en redes abrió la caja. La politóloga Aida dos Santos lleva meses entrevistando a vecinas de distritos humildes y ciudades dormitorio

En cuanto pudo, Gema se sacó el carné de conducir. Su barrio no estaba bien comunicado con el resto de Sevilla, y el conductor del único autobús que le llevaba al trabajo solía acosarla. Le hacía comentarios o trataba de tocarle la mano, con más contacto de la cuenta, cuando ella pagaba el billete.
De Rebeca se rieron en una entrevista laboral cuando contó que vivía en Villaverdeel segundo distrito con más paro de Madrid. Y quisieron saber con detalle en qué parte del barrio vivía, por miedo a que pudiera resultar problemática.
María se echó novio en una banda latina del barrio de Las Águilas, de nuevo en la capital. Así, dejó de temer que le robaran junto al portal. “Hubo unos años en los que no quedaba otra. Todos los chicos estaban metidos en alguna banda. A nosotras nos tocaba ser sus parejas. Mi madre no estaba en casa por las tardes, así que yo bajaba a la calle con los demás. Empezamos a beber y a fumar jovencísimos. Antes de los 15 años, alguno ya se metía rayas”, relata. Lo cuenta entre risas y tomando café, de visita en el barrio donde creció. Ahora vive en Malasaña, gracias a la corrala que heredó de una abuela. Trabaja como maquilladora para una firma de cosmética. El suyo, como los anteriores, es uno de los 50 testimonios con los que trabaja la politóloga Aida dos Santos. Esta investigadora lleva cerca de dos años levantando el texto Hijas del hormigón, dedicado a las mujeres de vecindarios humildes.

La desigualdad no es un fallo del sistema,
sino que la segregación urbanística es el modelo

Dos Santos también es de barrio. Nació en el Algarve hace justo 30 años y creció por toda España. Fuera en la costa o la meseta, su casa siempre se encontraba en la periferia. Ladrillo rojo, bloques rectangulares y cemento blanco. Desde hace siete años, vive en el madrileño Carabanchel. Y las primeras entrevistas que realizó fueron a mujeres de su entorno. Pero claro: todas eran de su edad, sobradamente formadas y con grandes inquietudes políticas. Había que buscar un grupo más representativo, así que se lanzó a las redes. Abrió una cuenta de correo nueva, perfiles en Twitter e Instagram y colgó un formulario.
En él, Aida pregunta a las lectoras por los comercios y servicios de sus barrios, por las condiciones económicas en las que viven y por los obstáculos que encontraron por el camino a la hora de crecer dignamente. “Llevaba años leyendo ensayos feministas y de clase, pero no uno que cruzara, de igual a igual, los dos prismas”, reflexiona.

Lo que podría haber quedado en un mero trabajo universitario se desbordó. Centenares de mujeres respondieron al formulario y se ofrecieron a hablar con Aida. Aún hoy, la politóloga espera poder despachar cerca de 500 peticiones que aguardan respuesta. Toca pedir algo de paciencia. Algunas de las conversaciones que ha mantenido por teléfono han llegado a durar más de dos horas y media. En otras ocasiones, si la agenda lo permite, esta se toma una caña con sus entrevistadas. Así que el corsé académico se quedó corto para todas las historias que llegaron a sus oídos. Hijas del hormigón será un ensayo literario de cerca de diez capítulos que aún, eso sí, busca editorial. Estará compuesto no solo por historias de Madrid, sino de otras ocho grandes ciudades españolas. Y Dos Santos lamenta que, en un ejercicio de honestidad, tendrá que agregar un epígrafe sobre el racismo entre los propios miembros de la clase trabajadora. “Yo soy de las 3.000 viviendas, pero no del bloque de los gitanos”, le comentó alguna de las participantes.

A pesar de la acogida, hay mujeres que aún se resisten a hablar. Las más mayores. “Yo no he hecho más que trabajar y montar en metro, así que no sé si te podré ayudar”, le respondió Nieves, una vecina del madrileño Móstoles. Tras meses realizando entrevistas, Aida se jacta de lograr que estas descubran que sí, que hay mucho que contar. La misma Nieves acabó relatando cómo solía ocultar a sus amigas que trabajaba limpiando casas en el barrio de Salamanca. Al final, resultó que las demás también vivían de empleos parecidos, aunque todas prefirieran fingir que no. En la capital conviven los desequilibrios más feroces, anota Dos Santos: “Las familias que construyeron los distritos acomodados, al norte de la ciudad, fueron las mismas que diseñaron los barrios pobres, por debajo del río. Madrid siempre estuvo pensado para que no hubiera transferencias de renta entre unos distritos y otros”. La desigualdad no es un fallo del sistema, sino que la segregación urbanística es el modelo, rezan algunos de los párrafos que Aida lleva escritos de su libro.

A las mujeres jóvenes les cuesta menos soltarse, según la investigadora, porque han crecido ya en el feminismo. Julia, una de sus entrevistadas, recordó capítulos de su adolescencia ya enterrados cuando empezó a rellenar el formulario. Como la historia de aquel coche que la seguía por la calle, a plena luz del día y mientras ella paseaba a su perro. “Hasta que no me senté a reflexionar, no me había puesto a unir todos los puntos. Aquellas preguntas me ayudaron a abrir la caja”, comenta. Y María, la que trabajaba en cosmética, atiende a las clientas de unos grandes almacenes en la calle de Serrano. “Para ellas, solo soy una más de sus criadas. Las faltas de respeto ocurren cada día. No me miran cuando les hablo y me interrumpen, aunque esté atendiendo a otros. Siempre saben más que yo, aunque se trate de mi propio trabajo. Una vez, una señora me preguntó de dónde era, que le hacía mucha gracia mi acento. Le conté que era de Aluche y se empezó a reír. Lo más difícil fue que no le salía de mala fe. Se notaba que le chocaba de verdad. Me decía que le resultaba muy exótico”, cuenta la trabajadora. Cada mañana, ella trata de disimular el timbre de su voz. Pero llega un momento en que se le escapa.

“Es curioso. Ahora está de moda ser trapero. Hay celebrities que visten con chándal y se afilan la línea del ojo. Se habla del barrio como de una tribu urbana más, igual de aceptable o de legítima que las demás, cuando no es así. No hay un trato equidistante. Quizá yo pueda sentir un cierto aburrimiento, o falta de interés, hacia la gente de una clase social alta. Hacia un pijo con traje. ¿Pero en qué queda eso? En que quizá no me voy con él de cañas. Ya está. Cuando la gente con dinero nos cancela a nosotros, a la gente humilde, vetan nuestro acceso a la riqueza, al bienestar y a los puestos de trabajo que nos darían mejores condiciones de vida. Si en una entrevista de trabajo no es legal que nos pregunten por la maternidad, ¿por qué me nos preguntan de qué distrito venimos?”, afirma Dos Santos. Las conversaciones que ha mantenido le han llevado a una conclusión: las mujeres de barrio que han logrado alcanzar una cierta estabilidad económica, aunque sea modesta, se sienten afortunadas. Están convencidas de que fue el azar, más que su propia perseverancia, la que les apartó de un derrotero aciago. Lo frecuente era la ruina. Y algunos varones preguntan por qué ellos no pueden responder el formulario, así que Aida lo ha acabado permitiendo. Con algo de sorna y dejando claro que su historia estará al servicio de otra: la de las trabajadoras. Es más, su estudio retoma de algún modo la propuesta de Hijos del hormigón, el libro que Julio Embid publicó hace seis años. Aquel mantenía premisas similares, aunque sin perspectiva de género.

María también siente que tuvo suerte, ya que desde pequeña sacaba buenas notas. Si hubiera requerido un profesor particular, su madre no lo podría haber pagado. Y si hubiera fallado en los estudios, no habría contado con una segunda oportunidad. “Cuando eres rico y te va mal, no pasa nada. Cierras una empresa y montas otra. O algún amigo te da trabajo. Si una de nosotras mete la pata, se acabó”, reflexiona la maquilladora. Y menta a una de sus mejores amigas, que trabaja como encargada en una tienda de comida rápida en la Puerta del Sol: “Está feliz como nunca. Hemos visto tanto a nuestro alrededor, tanta gente que se quedó por el camino, tantas amigas que dejaban el instituto por un embarazo. Ahora, con que nos dé para comprarnos un piso, nos damos con un canto en los dientes”. Un sueño complicado para, al menos, tres de cada cinco jóvenes. En el discurso de este ensayo, quienes caen a un lado y otro de la estadística no vienen del mismo sitio.

Para Dos Santos, los grandes planes de ensanche urbanísticos, y que prometen casas nuevas para familias más acomodadas, son poco menos que “macrogranjas humanas. Lugares donde dormir, coger el coche y marchar al trabajo. Rodeados de plazas duras, donde no hay más pasatiempos que el de comer pipas”. Y junto al barrio de Las Águilas, tras cruzar alguna de sus avenidas, llegan esos grandes bloques de viviendas nuevas, con remates de acero y entrada para el garaje. Grandes miradores de cristal engalanan cada apartamento. Conforman un mundo aparte, ajeno al entorno donde crecieron las entrevistadas y desconocido para ellas. El suyo es otro: un barrio con mercado y cafeterías en el que, al mediodía, un señor busca en la basura con ayuda de un bichero. La ropa tendida al sol adorna el ladrillo desconchado de los edificios. A Julia, a pesar de aquel coche que la siguió contra su voluntad, le gustaría vivir allí siempre. Cerca de sus padres, cuando por fin deje la casa en la que nació y pueda vivir únicamente de su trabajo. Ella es traductora y, de nuevo, se quita méritos. “Yo es que siempre me junté con las empollonas”, afirma, y sonríe encogiendo los hombros.

Fuente: Francisco Pastor en ctxt.es

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