Fiestas de verano

Los espacios públicos son lugares donde se crea y sostiene lo común, eso que nos hace pensarnos en plural

Venía de participar en un recital de poesía y microrrelatos y, aunque era tarde, decidí pasarme por las fiestas del barrio en el que llevo viviendo desde hace no demasiado tiempo (San Fermín, en Madrid). Me habían hablado de que la calle quedaba prohibida para los coches y, entonces, las vecinas y vecinos sacaban las mesas y las parrillas a la calle y ponían música y bailaban y charlaban hasta la madrugada. Todas las calles llenas de personas con ganas de compartir y disfrutar el fresco de una noche de verano.

Cuando llegué las amigas con las que había quedado estaban sentadas en la acera escuchando a un grupo que cantaba. Habían sacado una tarima sobre la que zapatear y la tenían colocada en el medio de la calle. Gente de allá y de aquí cantando un son jarocho mexicano. No tardaron en invitarnos a que nos uniéramos a cantar improvisando la letra.

Hay muchos ejemplos más de fiestas de verano en las que las ciudades (también los pueblos) se transforman en una celebración. Momentos en los que las calles se convierten en otra cosa diferente al lugar de los coches

Al principio del verano estuve también en otra fiesta de barrio en la que las calles, habitualmente llenas de coches, se rebosan de gente. En este caso con todo tipo de atuendos aptos para ser mojados y cachivaches para echar agua a otras personas: la batalla naval de Vallecas. La gente de ese barrio (y de muchos otros que acuden al evento) toman las calles para, literalmente, empaparse unas a otras. Pocas reglas más allá de que no vale enfadarse cuando alguien que no conoces te enchufa un chorro de agua. La risa fluye más que el líquido entre personas de distintas edades, clases sociales y trayectorias vitales.

Hay muchos ejemplos más de fiestas de verano en las que las ciudades (también los pueblos) se transforman en una celebración. Momentos en los que las calles se convierten en otra cosa diferente al lugar de los coches.

La ocupación de la calle. Las risas llenándolo todo. La música y el baile. El compartir con gente que no conoces. La alegría

Creo que hay algo compartido cuando vuelves a casa después de haber estado en alguna de esas fiestas barriales. La sensación de que el espacio público se ha ido deteriorando en las últimas décadas, no sólo en favor del coche sino también de la construcción hacia adentro de edificios donde las niñas y los niños juegan sin mezclarse con quienes viven en bloques diferentes. La sensación de que cada vez hay más casas con carteles de empresas de seguridad que garantizan la lejanía con tus vecinas. La sensación de que el espacio público se hace más pequeño en favor del privado desde el que se puede comprar, tener entretenimiento o ligar sin abrir la puerta. La sensación de que, de manera no casual, está siendo deteriorado. La sensación de que el espacio público se convierte en algo no pensado para que suceda la vida.

En realidad, hay muchas personas que piensan los espacios públicos como algo que va mucho más allá de un lugar que podemos utilizar como usuarias o clientas. Los piensan como sus lugares y, por eso, se unen para reapropiarse de algún pedazo y para participar de su gestión. Porque, quizás, cambiando la manera de vivirlos podrían cambiar otras cosas.

En muchos barrios que tienen guardados en la memoria los éxitos de las luchas vecinales siguen con la costumbre de, al menos una vez al año, tomar las calles para celebrar una fiesta en verano.

La ocupación de la calle. Las risas llenándolo todo. La música y el baile. El compartir con gente que no conoces. La alegría. El sentimiento de barrio unido.

Quizás, ojalá, podría ser, también, en otros momentos del año.

Fuente: María González Reyes en elsaltodiario.com
Foto: Álvaro Minguito

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