El ‘tarifazo eléctrico’ existe pero no donde tú crees

Cuando las grandes empresas cierran las compuertas de la hidroeléctrica, la demanda se cubre con sus centrales de carbón y gas, más caras y más contaminantes. Así suben el precio

El ‘tarifazo eléctrico’ tiene a la gente cabreada. El Gobierno ha reformado la factura y, de un día para otro, “nos obliga” a poner la lavadora a las 3 de la mañana. Nos dicen que, a partir de ahora, planchar o poner el aire acondicionado van a ser lujos asiáticos. Y ante este sinsentido, la gente se rebela. Organizaciones de consumidores y partidos políticos de todo signo ponen el grito en el cielo. “¡La luz va a subir un 200%! ¡un 2.000%!”. Y, a pesar de no haber recibido todavía una sola factura, la luz ya es impagable. “Otra estafa”. “Lo mismo de siempre”. “Los mismos de siempre”. Pero, ¿realmente va a ser así? 

¿Es posible que en medio de una crisis mundial, tras año y medio de pandemia, al Gobierno de este país no se le ocurra otra cosa que ponerle un precio prohibitivo a la electricidad? Estamos indignadas. Muy indignadas. Pero, ¿qué parte de todo esto es intoxicación informativa y qué parte es realidad? ¿Es cierto que tendremos que poner la lavadora a las 3 de la mañana? En estos días de clamor social, es tan importante entender el objeto real de estos cambios, como las consecuencias del tsunami emocional que ha desatado. Porque, mientras participamos del circo mediático en torno al “tarifazo”, las grandes eléctricas (y la ultraderecha) observan y salivan. 

Vamos con algunos hechos. Día 1 de junio: entra en vigor una reforma de los peajes de la factura eléctrica que supone un reparto de costes distinto al que teníamos. Baja un poco el precio de la potencia contratada y sube el de la energía consumida. Es decir, baja la parte fija de la factura, la que pagamos independientemente de lo que gastemos, y sube la parte variable, lo que gastamos. Se incorporan dos periodos de potencia contratada con precios distintos y tres periodos para la energía consumida.

Primer hecho: en términos globales, es un juego de suma cero. Según el Gobierno, no se incrementa, por tanto, el coste de nuestra factura. ¿Eso significa que no haya tarifazo? No. Sino que, de haberlo, el tarifazo no está ahí. No está en la reforma en sí. Sin embargo, hay motivo para la queja, pues en dos de los tres periodos horarios, los precios de la energía son caros. La discriminación horaria entra en nuestras casas de forma obligatoria, sin pedagogía ninguna, dejando cómo único periodo barato entre semana el tramo desde las 00.00 horas a las 08.00 de la mañana. Una broma pesada para quienes no concentran su consumo en esas horas.

Aprovechar las horas baratas entre semana nos obliga, en primer lugar, a cambiar nuestra manera de vivir. ¿Por necesidad?, ¿de quién?, se pregunta la gente. El Gobierno no ha explicado la reforma y nos la ha metido con calzador, “y ahora nos dicen que si el coche eléctrico, que si las renovables”… y esto todavía nos cabrea más aún. Porque, “¿quién se puede permitir un coche eléctrico?”. Pandemia, crisis, cierre de negocios, desempleo… y las eléctricas haciendo caja. El cabreo es más que razonable, porque sentimos que cuando hay crisis siempre pagamos los mismos. 

Si cogemos un consumo medio de una familia que antes no tenía discriminación horaria (2.0A), con la nueva tarifa es probable que pague un poco menos

Que nos suba o baje la factura va a depender, en primer término, de nuestro punto de partida, de lo que tuviéramos contratado antes. Si cogemos un consumo medio de una familia que antes no tenía discriminación horaria (2.0A), con la nueva tarifa es probable que pague un poco menos. ¿Por qué? Porque, en principio, el alto precio de las horas caras se compensa con el consumo que hacemos en las horas baratas y la bajada del precio de la potencia contratada. Como en principio tenemos los consumos repartidos entre las horas baratas y las caras, y en la nueva tarifa (2.0TD) el 50% de las horas son caras o llano, y el otro 50% es valle, barata, entonces nuestra factura mensual queda más o menos igual. En este caso, si se hace el esfuerzo de pasar algunos de los principales consumos a las horas baratas, se puede ahorrar más. Es importante recordar que el fin de semana es hora valle y los festivos nacionales también.

Sin embargo, si antes del cambio se tenía contratada una tarifa con discriminación horaria real, de dos periodos, lo más probable es que con este nuevo horario una familia pague más. Antes, con esta tarifa, entre semana era periodo valle hasta las 12 o las 13 horas y desde las 22 o las 23 horas. Las personas que tenían contratada la discriminación horaria antes del 1 de junio, una franca minoría, han salido perdiendo. ¿Y quién más? Las personas autónomas, las pymes que centran su consumo en las horas punta y llano y que no pueden desplazar una parte a las horas valle. Por ejemplo, una peluquería o una tienda. Esta situación lleva a una parte de la población a plantearse contratar tarifas de precio fijo, en lugar de la discriminación horaria.

¿Y esto afecta a todas por igual? No. Hay que entender que, aunque la reforma la tengan que aplicar todas las comercializadoras eléctricas, en función de con quién tengamos la luz contratada, la empresa la repercutirá en su clientela de forma distinta. Si tenemos la luz en PVPC (mercado regulado), se nos aplicarán los 3 periodos horarios en factura directamente. Sin embargo, las empresas de mercado libre pueden traducir los costes como quieran. De forma directa y transparente, como están haciendo las cooperativas renovables, por ejemplo, o de manera indirecta, ocultándolos bajo tarifas de precio fijo o planas, como hacen las grandes eléctricas. Es decir, las empresas del mercado libre pagarán los precios de los peajes horarios como están en el BOE, pero ofrecerán a sus clientes diferentes productos, y ahí es donde debemos andarnos con mucho ojo. 

Otra de las novedades de la reforma es que pasamos a tener dos potencias contratadas, una valle baratísima, de 00:00 horas a 8:00, entre semana, fines de semana y festivos nacionales, y otra con un precio parecido al que había para el día para el resto. Nos interesa mirar cuánto nos cobra nuestra empresa por la potencia contratada y luego optimizar la potencia y adaptarla a nuestro uso real. ¿Cómo sé qué potencia necesito? Consultándola en la web de tu distribuidora local o en tu contador de telegestión. Para pagar lo menos posible, por tanto, hay que optimizar potencia y confirmar que tenemos una tarifa sin chanchullos. Si contratamos la luz a una empresa de mercado regulado, la factura anual nos saldrá más barata, pero no podremos contratar electricidad certificada 100% renovable.

La otra manera de ahorrar es entender cómo usamos la energía y aprender a gestionarla. El consumo energético es como la cesta de la compra. La vamos llenando cada vez que encendemos un electrodoméstico, con la salvedad de que en el mercado compramos sabiendo el precio de cada cosa, y la cesta energética la llenamos a ciegas. Un ejemplo: una lavadora que pongamos a 30℃ gasta 3 veces más que en frío. Si la ponemos a 40℃, gasta 6 veces más, y a 50℃ 12 veces más. Es decir, que en nuestra cesta de la compra energética, lo mismo metemos caviar, que mortadela y a final de mes nos llevamos las manos a la cabeza. Por tanto, aprender gestión energética es entender qué gasta más y qué menos para poder tomar decisiones informadas, como por ejemplo, cómo poner la lavadora, antes que cuándo. 

Ahora bien, ¿hay o no tarifazo? Pues, por desgracia, sí. Estamos en una nueva tormenta perfecta. Resulta que, a pesar de que los nuevos peajes aprobados por el Gobierno son un juego de suma cero, las grandes eléctricas están haciendo su agosto a tres bandas. Empecemos. Al olor de nuestro miedo y del rechazo a la reforma, están en plena campaña comercial ofreciendo tarifas happy, flexible, tranquilidad… “No te preocupes”, nos dicen, “no hace falta que gestiones, confía en nosotros”. Y como nos toca la moral tener un horario, la gente está mordiendo el anzuelo y contratando estas tarifas con las que siempre acabas pagando más. En segundo lugar, están incrementando el precio en la factura, incluyendo un margen mayor de comercialización, ya sea en el precio del kilovatio/hora o en el de la potencia. “Total, la gente no se entera y la culpa es del Gobierno”. Y en tercer lugar, pero no menos importante, están subiendo el precio de la energía en la lonja eléctrica. Tras el anuncio de la reducción de la retribución de algunas centrales (los famosos beneficios caídos del cielo) y el cambio en la factura, las grandes eléctricas llevan tres semanas echándole un pulso al Gobierno, con unos precios para la producción de toda la electricidad muy superiores a los que hay en nuestro entorno europeo. Nos están haciendo otra jugada especulativa como durante el temporal Filomena. El precio de la electricidad en el mercado mayorista está por las nubes. 

Es importante que entendamos que en el mercado marginalista, donde se fija el precio, la última central que entra a cubrir la demanda cada hora pone el precio a toda la oferta. Y, en España, las mismas tres empresas controlan el grueso de las centrales más importantes. No es casual, por tanto, la escasez de producción de electricidad con hidroeléctrica de estos días, comparada con la del año pasado. Porque, aunque nos hayan hecho pensar lo contrario, las renovables bajan el precio de la electricidad. Cuando las grandes empresas cierran las compuertas de la hidroeléctrica, la demanda se cubre con sus centrales de carbón y gas, más caras y más contaminantes. Así suben el precio. Y el Gobierno, que empieza a verle las orejas al lobo, ha pedido a la CNMC que investigue si están manipulando precios. A pesar de que el verdadero tarizafo está aquí, no hay medio de comunicación que nos advierta. (Reversión de las hidroeléctricas a manos públicas. Sí, gracias).

El precio de la tajada política

En mi opinión esta reforma está siendo un desastre, pero no por el nuevo reparto de los peajes o la discriminación horaria, con la que puedo estar más o menos de acuerdo, sino por la manera tan horrorosa de implementarla. El Gobierno ha obviado que la energía no es solo, ni principalmente, un bien económico, sino un bien cultural y social de primer orden. Ha obviado que la energía está en el centro de nuestras vidas y que determina nuestro tiempo y nuestra manera de habitar este planeta. 

Si el objetivo central de la discriminación horaria impuesta era desplazar una parte del consumo a las horas valle, donde hay menos demanda, para bajar el precio global de la energía y hacer un mejor aprovechamiento de las redes y de las infraestructuras eléctricas, tendría que haber invertido recursos, tiempo y energía en explicarlo. Tendría que haber dialogado con la sociedad, con las familias, con las empresas, con las administraciones locales, etc. porque nos afecta a todas. Tendría que haber previsto los impactos en unas economías más que castigadas, porque matando el proceso, están matando la idea. Están consiguiendo que la gente no quiera ni oír hablar de la gestión energética y lo que es peor, que se le vuelva a echar la culpa del “tarifazo” a las renovables, cuando éstas no hacen sino mejorar el sistema y bajar el precio de la energía, además de generar empleo local.

Como era previsible, al calor de la indignación, buitres de todos los colores están aprovechando la desorientación de la gente para sacarle los ojos al Gobierno y poner demandas “que se entiendan”. “Nacionalicemos las eléctricas”, dicen unos, “¡abajo el Gobierno!”, dicen los otros. Y nuevamente, el oligopolio y, ahora sí, la ultraderecha, se frotan las manos. Los dos van a sacar tajada del descontento.

Están consiguiendo que la gente no quiera ni oír hablar de la gestión energética y lo que es peor, que se le vuelva a echar la culpa a las renovables

Pero ojo, ¿de qué está hablando quien pide la nacionalización de las grandes eléctricas? Porque aunque nos suene bien, no lo explican. ¿De que el Estado se haga cargo de sus centrales obsoletas? ¿De que sufraguemos su endeudamiento? ¿O de que paguemos indemnizaciones millonarias a sus accionistas? Ellas estarían encantadas, de hecho, pero… ¿no les hemos dado ya suficiente? 

Necesitamos un nuevo modelo energético, que no puede ser como el que había. Estamos en un contexto de emergencia climática, inmersas en una transición energética, donde la energía puede ser una palanca para un modelo social más democrático y resiliente, y sobre todo más justo. Para ello, la gestión local de la energía es imprescindible y no podemos excluir agentes de transformación que traen otro modelo de gobernanza bajo el brazo, como las cooperativas. Y si queremos eso, el modelo que promovamos no puede ser ni centralizado, ni mafioso y estatista, como el que tenía este país antes de la privatización de las eléctricas. ¿Una gran eléctrica a partir de la nacionalización de las actuales empresas? No, gracias. 

Nuestro sistema energético tiene graves problemas. El primero, la regulación que legaliza los privilegios de unas pocas empresas. El segundo, el tremendo poder del oligopolio sobre nuestros reguladores, gracias entre otras cosas, a las puertas giratorias. El tercero, el control de la prensa. El cuarto, la especulación. El quinto, la opacidad. Podemos seguir, pero ninguno de estos problemas se resuelve con una gran empresa pública. Necesitamos una transición urgente a un modelo renovable, de gestión pública, social y democrática de la energía, donde ésta sea un derecho inalienable. Lo que no vaya en esa dirección es tirar piedras contra nuestro propio tejado. Y este debate es lo suficientemente serio como para hacerlo con calma, y sobre todo con información y responsabilidad. Ahora bien, podemos abrir el melón energético reivindicando el legítimo derecho de que las redes de distribución se gestionen desde lo público y de que se rescinda las concesiones de las hidroeléctricas al oligopolio. Esas infraestructuras son imprescindibles y lo serán más todavía en un sistema renovable. Deben ser gestionadas como bien público y bien común. Sin peros. 

Tenemos que cambiar nuestra relación con la energía. Falta pedagogía energética, mucha, y el Gobierno debería invertir en ella, tanto para impulsar la transición ecológica como para evitar que la nueva factura haga un agujero en las pymes y las economías domésticas. Y si lo que queremos es proteger a la gente, además de pedagogía, y de meterle mano a los privilegios de las grandes eléctricas, hay que hacer una reforma profunda del bono social. Porque no nos olvidemos de que la única ayuda estatal que hay contra la pobreza energética es excluyente, ineficaz e injusta, transfiere nuestros recursos al oligopolio y deja fuera a millones de familias que lo necesitan. Y eso sí que es un drama, aunque no se hagan memes. 

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Fuente: Alba del Campo es activista y asesora de energía en el Ayuntamiento de Cádiz. ctxt.es

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