El modelo neoliberal ha agravado severamente la crisis del coronavirus

Hace poco más de un año empezábamos a conocer lo que era el Coronavirus y, por aquel entonces, la mayoría lo interpretábamos como uno de esos desastres que solo suceden en países no desarrollados como China. Estábamos completamente convencidos de que algo así no podía suceder en nuestra opulenta sociedad occidental y de que, si llegaba a pasar, seríamos capaces de solucionarlo sin mayores dificultades. Hoy, un año después, la realidad ha trastornado muchas de las certezas que tuvimos, y nuestra sociedad se ha mostrado mucho más endeble de lo que creíamos. Lo que a muchos no les conviene reconocer es que esta debilidad está causada por el modelo político-económico dominante durante las últimas décadas: el neoliberalismo.

La doctrina neoliberal

Cuando hace unos años escribí mi tesis doctoral no podía imaginar que uno de los conceptos que desarrollé en ella fuese a materializarse tan clara y salvajemente como lo está haciendo en la actual crisis provocada por la pandemia del coronavirus. El concepto en cuestión es el de la doctrina neoliberal, y con él pretendía explicar cómo incluso gobiernos de izquierda asumen la política neoliberal (por ejemplo, a la hora de legislar reformas laborales muy lesivas para la clase trabajadora). Y es que, a partir de que el modelo neoliberal se impusiera hace ya más de cuatro décadas en el mundo occidental, los capitalistas (corporaciones, multinacionales, lobbys, fondos de inversión, etc.) han logrado desarrollar una especie de resorte, de mecanismo, que les permite condicionar, e incluso determinar, toda política socio-económica que el gobierno de turno se disponga a ejercer.

“La función económica del Estado Neoliberal es promover y garantizar la rentabilidad capitalista a costa del bienestar y derechos de la clase trabajadora”

Este mecanismo tiene su fundamento en una de las transformaciones cruciales introducidas por el modelo neoliberal: la renuncia estatal a una soberanía económica real. Esta renuncia se produjo debido a la crisis de los años 70 y supuso el fin de lo que podemos entender como el modelo social-demócrata. Un aspecto clave de dicha renuncia fue la cesión, por parte del Estado, de la máquina de fabricar dinero[*], lo que en la práctica suponía la renuncia por parte de éste a seguir ejerciendo como principal agente económico.  Y esta no es una función baladí: antes el Estado podía impulsar por su cuenta la economía, la creación directa de empleo, el desarrollo de sectores productivos estratégicos o la financiación los servicios públicos más básicos. No tenía que rendir cuentas a nadie, simplemente tenía que estar pendiente de no imprimir demasiado dinero para no provocar tendencias perversas como la inflación.

Pero desde el momento en el que se renunció a la soberanía económica (proceso que se culminó con la entrada en el Euro), todas estas intervenciones estatales que permitían controlar la economía para ponerla al servicio de la nación han quedado a expensas de la iniciativa privada. A partir de aquella transformación, la iniciativa privada ha sido la encargada de ser la principal impulsora de la economía y esto ha supuesto que, en adelante, el Estado se viese obligado a proteger, garantizar y auspiciar la rentabilidad de las inversiones privadas para que estas sigan generando crecimiento económico, que ha pasado a ser su fuente de financiación. Lo que tenemos a partir de entonces es un Estado dependiente de la iniciativa privada y de la rentabilidad de esta.

De este modo, los capitalistas lograron dar un paso elemental para afianzar su hegemonía: el de convencer al conjunto de la ciudadanía, por medio de sublimación, de que el crecimiento económico es un fenómeno fundamental que representa los intereses de toda la sociedad cuando, en realidad, sólo es necesario para que la máquina de acumulación de capital pueda seguir funcionando.

“Se ha convencido a la ciudadanía de que el crecimiento económico es sinónimo de bienestar general cuando, en realidad, solo responde a los intereses del Capital”

Desde ese momento, cualquier política o medida gubernamental ha sido analizada bajo el prisma de la rentabilidad empresarial y, cuando éstas han sido interpretadas como contrarias a dicha rentabilidad, se las ha cuestionado y denostado como contrarias al crecimiento económico y, por lo tanto, contrarias a la creación de empleo y a la financiación pública. Y esto deja maniatado a todo gobierno democrático, con su capacidad de actuación mermada y limitada por el beneficio del capital. Un buen ejemplo de esta doctrina neoliberal nos la ha ofrecido el ministro de vivienda José Luis Ábalos, que recientemente ha rechazado la posibilidad de regular el precio de alquiler de la vivienda para limitarlo y lo ha justificado anteponiendo el carácter como bien de mercado de esta frente a su carácter como derecho elemental. Pretenden evitar una “detracción del mercado” alegan, esto es, anteponen los beneficios empresariales por encima de los derechos más básicos de la ciudadanía, una vez más. Y esto mismo es precisamente lo que ha pasado con todas las medidas que el Gobierno de PSOE y Unidas Podemos ha tomado o ha dejado de tomar para afrontar la pandemia.

Desde el principio de la pandemia, todas las iniciativas del Gobierno han estado condicionadas y limitadas por el impacto que iban a provocar en los beneficios empresariales, y en esta lógica el Gobierno de Madrid -seguramente el más neoliberal del país- se ha llevado la palma, donde Ayuso ha antepuesto la protección de los beneficios empresariales por encima de la protección de la salud de la ciudadanía. Es lógico que el Gobierno pretendiese prevenir la quiebra de empresas por el impacto económico que iba a tener, pero tomar estas decisiones con un coste real en forma de miles de vidas humanas hace que estas sean moralmente repudiables.

La cuestión es que, en esta tesitura, un gobierno que no estuviese bajo el modelo neoliberal, esto es, que fuese realmente soberano económicamente hablando, hubiera podido optar por estrategias sanitarias más tajantes y determinantes que hubiesen salvado decenas de miles de vidas, para luego tomar medidas económicas de restitución de las perdidas empresariales ocasionadas por las primeras. Por ejemplo, se podría haber ayudado a los hosteleros con la cancelación del pago de impuestos y rentas de alquiler, así como ayudas económicas que compensasen los periodos de cierre. Y lo mismo para las trabajadoras y trabajadores que sufriesen las consecuencias de la misma. Pero para un gobierno sometido al modelo neoliberal este tipo de medidas son impensables, ya que sus propios recursos económicos son limitados y dependen de lo bien que le vaya a la iniciativa privada en el libre mercado.

Son estas condiciones introducidas por el modelo neoliberal las que provocan que los gobiernos democráticos queden con una capacidad de reacción mermada, condicionados por el respeto a la rentabilidad privada, y son estas limitaciones las que han generado una respuesta tan ineficaz ante la crisis como la que han tenido los gobiernos de países capitalistas.

La estrategia de convivencia con el virus

Uno de los principales errores cometidos por el Gobierno ha sido el de la estrategia de convivencia con el virus en lugar de su erradicación. Dicho error ha sido claramente inducido por la doctrina neoliberal, ya que una estrategia de erradicación hubiera exigido medidas más restrictivas en el plano de las actividades económicas, con el consiguiente impacto en los beneficios empresariales. Por ejemplo, se hubiera tenido que restringir la entrada de personas desde el extranjero, lo que hubiera penalizado severamente los ingresos en el sector turístico, algo que se quiso evitar a cualquier precio para salvar la temporada veraniega (sin tampoco lograrlo, por cierto).

“El principal error del Gobierno ha sido el de optar por la estrategia de convivencia con el virus, en lugar de su erradicación”

El resto de medidas también han sido excepcionalmente tibias, siempre a medio camino entre la necesidad de salvar vidas y la de asegurar los balances empresariales. Así, nos encontramos con que los confinamientos se han limitado a ser perimetrales; el cierre de negocios se ha restringido a la hostelería y no a otras tiendas incluso más superfluas como los centros comerciales. Peor todavía han sido fenómenos como el Black Friday o el encendido de luces de navidad, que situaba a las autoridades públicas en una postura bipolar, pidiendo por un lado a la ciudadanía que respetase las medidas sanitarias para evitar contagiarse a la vez que, por otro lado, animaba a salir a la calle para ir de compras, provocando lamentables escenas de aglomeración en las principales calles comerciales; aglomeraciones que generaron un importante incremento en el número de infectados días después.

El balance de la estrategia de convivencia con el virus es, como mínimo, estremecedor, con decenas de miles de muertos provocados por la apuesta por salvar los negocios privados. El colmo es que este objetivo ni siquiera se ha conseguido, ya que la tibieza de las medidas no solo ha generado muchos más muertos, sino también que se prolongue una situación agónica que se alarga entre una ola y la siguiente, afectando severamente a la economía. Y ahora tenemos que observar cómo nos dirigimos hacia el mismo error cuando algunos piden insistentemente salvar la Semana Santa sin pensar en las consecuencias que esto tendrá después, reflejo de una gobernanza cortoplacista ha sido un desastre en todos los sentidos.

Otros factores neoliberales que explican el desastre

Pero la doctrina neoliberal no es el único factor que explica la penosa actuación del gobierno español y las trágicas cifras de muertos e infectados. Un análisis pormenor nos muestra cómo otros elementos introducidos por el neoliberalismo han causado consecuencias desastrosas en el devenir de la pandemia.

El más obvio de todos ha sido la política de austeridad que desde hace más de una década se introdujo por la fuerza del chantaje económico desde las instituciones supra-estatales neoliberales. El impacto de la austeridad en el sistema de sanidad público ha sido claro y notorio, debilitándolo durante años y llevándolo hasta la extenuación en esta situación de crisis sanitaria. Es realmente triste e indignante que muchos de los fallecimientos se hayan producido por la falta de recursos sanitarios públicos, sobre todo si consideramos que dicha carencia de recursos en el seno de países ricos se debe a la necesidad neoliberal de impulsar la iniciativa privada en detrimento de los servicios públicos.

Otro factor neoliberal que ha agravado severamente la crisis ha sido la globalización. Por un lado, porque ha aumentado la exposición al riesgo de que el virus llegase, no solo al principio, sino también después, cuando en verano parecía que se estaba logrando erradicar. Pero la globalización ha afectado sobre todo en el hecho de que durante décadas ha mermado y debilitado el sector industrial ubicado en el territorio estatal, provocando una considerable carencia material de recursos. Recordemos los primeros meses cuando, ante la falta de mascarillas incluso para los profesionales sanitarios, las autoridades gubernamentales afirmaron que estas no eran necesarias (tratando a la ciudadanía como si de niños se tratase) solo para evitar un mayor desabastecimiento en los hospitales. Que el país ni siquiera cuente con industria para producir simples mascarillas de tela se lo debemos agradecer a “grandes héroes” del neoliberalismo como Amancio Ortega, que destruyó el tejido industrial textil patrio para llevarse la producción a países dónde podía pagar mucho menos a trabajadoras y trabajadores, o incluso emplearlos en condiciones de esclavitud.

Pero si hay un elemento de lógica neoliberal especialmente hiriente es cómo la crisis sanitaria con decenas de miles de muertos ha servido para que los más ricos se enriquezcan aún más a la vez que la pobreza se ha reproducido salvajemente. Pelotazos como el Hospital Zendal han servido para que unos pocos privilegiados hagan caja mientras la pobreza se extiende por la base de la sociedad. En cualquier caso, esto siempre fue así: la riqueza de unos pocos es la pobreza de muchos, siendo dos expresiones de un mismo fenómeno.

“La UE ha dejado la capacidad de respuesta estatal a merced de las multinacionales farmacéuticas que priorizan su rentabilidad por encima de la vida humana”

Para finalizar, observemos, a modo de ejemplo, un mecanismo de saqueo de lo público, fundamentado en la doctrina neoliberal, con el que se están enriqueciendo grandes empresas a costa de una tragedia sin parangón: la confianza que los gobiernos de la Unión Europea han depositado en empresas privadas para crear y producir la vacuna. En vez de apostar por un desarrollo público de la vacuna, los gobiernos neoliberales, con la excusa de la austeridad, apostaron por la iniciativa privada y esto, a la larga, va a suponer un desembolso de miles de millones de euros del erario público que irán a parar a las arcas privadas de las corporaciones farmacéuticas. El balance no podría ser más nefasto, no solo porque la apuesta por el desarrollo público de la vacuna hubiera sido mucho más barato y provechoso, sino también porque la apuesta por la iniciativa privada está costando miles de vidas al impedir una producción general y ampliada debido a la propiedad privada intelectual en forma de patente. Además, en Europa nos hemos visto sometidos a estafas como la de AstraZeneca, que está poniendo en peligro el plan de vacunación en toda Europa al haber vendido a mejores postores las dosis que había prometido a la Unión Europea. Recordemos que países como Rusia o la humilde Cuba han logrado desarrollar sus propias vacunas y que pueden producirlas libremente sin quedar sometidas a la perversa propiedad intelectual.

No es de extrañar que en esta situación haya países que se salgan del plan establecido por la UE para hacerse con la vacuna y vayan por libre comprando la vacuna rusa sin permiso de las instituciones europeas, como Hungría y Eslovaquia. O, incluso, saltándose los principios neoliberales más básicos de respeto al mercado, como cuando Italia ha bloqueado la exportación de vacunas envasadas en su propio territorio para hacerse con ellas y administrárselas a su ciudadanía. El Estado imponiéndose al mercado, algo que a estas alturas parece incluso una locura cuando, en realidad, es la actuación más lógica.

Ahora nos encontramos con que, desde mayo del año pasado, había una vacuna libre de patente desarrollada por instituciones públicas finlandesas que podría ser producida en cualquier parte del mundo, pero ¿por qué no se impulsó esta vacuna? Pues porque de lo que se trata es de pasar por caja de las farmacéuticas, aunque sea a costa de cientos de miles de muertos. Una vez más, parece que para nuestras autoridades democráticas lo de salvar vidas es sólo una cuestión secundaria frente a la de proteger y auspiciar los beneficios del capital.

Conclusión: un modelo agotado

Ya es tarde para evitar la tragedia, pero sería un auténtico crimen no aprender de lo sucedido e ignorar las conclusiones que debemos sacar para evitar que un desastre así vuelva a ocurrir. Quizás, la conclusión más evidente sea la que se señalaba al principio: nuestra sociedad es mucho más débil y frágil de lo que creíamos, y su pervivencia está amenazada por el propio modelo económico que nos ha traído a esta funesta situación. Esta debilidad se debe no solo al modelo neoliberal, que lleva más de una década en crisis, sino al agotamiento del sistema económico capitalista, el cual es incapaz de funcionar sin generar tremendas contradicciones en forma de crisis económicas, guerras, aumento de la pobreza, debilitamiento de la democracia y saqueo de las instituciones públicas y comunes para seguir alimentando la máquina de acumulación de capital. A estas alturas, lo único que puede ofrecernos el liberalismo es el «sálvese quien pueda», y a la larga los únicos que se van a poder salvar serán los que puedan pagarlo. La única alternativa que nos queda al resto es comprometernos unas con otros y apostar por soluciones comunes.

“Nuestra sociedad es mucho más frágil de lo que creíamos; la democracia liberal solo puede ofrecernos un «sálvese quien pueda”

Otra conclusión evidente (aunque molesta) es que la izquierda debe empezar a aprender a priorizar problemáticas que son centrales y a las que hay que atender y solucionar urgentemente, y que son aquellas que ponen en juego la pervivencia misma de nuestra sociedad y el bienestar mínimo para una gran parte de ésta. No todas las opresiones pueden llegar a provocar decenas de miles de muertos en un año solo en este país, ni pueden arrastrar a nuestra sociedad hacia un escenario catastrófico como al que nos asomamos. La izquierda debe asumir la necesidad de empezar a cuestionar el modelo y el sistema económico en el que vivimos y no enterrar dicha reivindicación entre otras que son más superfluas y periféricas.

“La izquierda debe empezar a priorizar problemáticas que son centrales. No todas las opresiones son capaces generar tragedias como en la que estamos sumidos, ni arrastrar a nuestras sociedades a escenarios catastróficos como al que nos estamos asomando”

También deberíamos empezar a asumir las enormes limitaciones de la democracia liberal, la cual se ve maniatada por el sistema económico y solo es capaz de ofrecer una capacidad de actuación débil y cortoplacista. Ningún gobierno democrático-liberal será capaz de superar el marco político-económico actual, el mismo que está en una severa crisis que, en el fondo, señala que lo que estamos viviendo es en realidad una profunda crisis civilizatoria. La democracia no es real si no es completa, y para serlo no debe limitarse al aspecto político. Necesitamos una democracia económica, y ésta es incompatible con la propiedad privada capitalista.

Por último, deberíamos analizar el contraste entre EEUU y China. El primero, pese a ser el país con más recursos del mundo, es el que más se ha visto afectado por el virus, tanto en infectados como en muertos, y sobra decir que es un adalid del modelo neoliberal. China, por el contrario, pese a ser el primero en enfrentarse al problema, lo ha hecho de un modo mucho más eficiente e, incluso, humano. Su determinación a la hora de erradicar el virus ha sido clave para proteger a sus ciudadanos y evitar que muriesen por centenares de miles como está sucediendo en Occidente. Y cabe destacar que en dicha actuación ha sido clave el vigoroso poder del Estado para poner los recursos necesarios al servicio del bien común. El balance es inequívocamente mejor en todos los aspectos para China comparado con lo sucedido en los países capitalistas, tanto en número de muertos como en impacto económico.

En definitiva, deberíamos asegurarnos de que la próxima vez que nos hallemos en la tesitura de tener que elegir entre salvar vidas o salvar beneficios empresariales, los gobernantes de turno opten por lo primero y no por lo segundo como ha sucedido ahora. De lo contrario podemos estar seguros de que habremos perdido la poca humanidad que nos quedaba.

Nota

* Dicha medida estaba justificada por las peligrosas tendencias de inflación que se habían provocado durante los años anteriores en el vano intento por parte de los estados de impulsar el crecimiento económico en un contexto saturación económica generalizada.

Fuente: Peio Salazar en elsaltodiario.com
Foto: Byron Maher

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