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El Drogas: “Me avergüenza no haber defendido la memoria histórica en los años ochenta”

El tiempo no ha hecho mella en su combatividad. El mítico fundador de Barricada pelea por lo público y odia las banderas. El documental sobre su vida llega ahora a los cines.

l Festival de Cine de San Sebastián andaba huérfano de estrellas internacionales por las restricciones impuestas por la COVID-19. Pero llegó Enrique Villarreal, El Drogas (Pamplona, 1959), y se percibió que tampoco hacían tanta falta. El músico presentó allí el documental sobre su vida, dirigido por Natxo Leuza y que llegará a los cines este mismo viernes. La película emocionó al público y El Drogas encandiló a la prensa con su presencia torcida, su verbo incisivo y su dulzura personal. Como dice Fito Cabrales, “si estás cerca de Enrique es que eres buena gente”.

En el documental, el fundador de Barricada narra en primera persona su bautismo político en el barrio mestizo y obrero de la Txantrea, sus inicios en la música, los peligros que encerraba el éxito y el amor que siente por su familia. No ha tenido reparos a la hora de mostrar su lado más personal. Su socia (como llama a su esposa, Mamen Irujo), sus hijos y sus nietos aparecen en la cinta. Y también su madre, enferma de Alzhéimer, con la que mantuvo un vínculo muy especial hasta el final de sus días. Esos momentos se imponen a los más amargos, que los hay y a montones, como cuando habla de la muerte de Mikel Astrain, el primer batería de Barricada, o de su expulsión de la banda que él mismo creó y que llevó a lo más alto de las listas de éxitos en los primeros años noventa.

Pero eso es el pasado y El Drogas no quiere vivir en el rencor. Hasta hizo las paces con Javier Hernández, Boni, guitarrista y voz de Barricada, a quien se le diagnosticó un cáncer de laringe y que sufrió la extirpación de las cuerdas vocales. La reconciliación llegó antes de un concierto, en el camerino de Rosendo, que también aparece en el documental junto a otros músicos como Cristina Rosenvinge, Kutxi Romero o Carlos Tarque. El Drogas es ya un mito y todos lo quieren y lo respetan.

Todo el mundo quiere al Drogas.

Todo el mundo no. ¡Tenías que ver cómo me ponen en las redes!

Pero eso no cuenta. Es normal.

Claro, y me parece bien. Yo no me llevo bien con todo el mundo y me apetece que se note. Con los que sí me llevo bien es con la mayoría de la gente con la que comparto profesión, a los que respeto y admiro. Los kilómetros de una gira son los mismos para todos y todas. Y luego tengo el apoyo de la gente que tengo a mi alrededor. Estoy alucinando con la recepción del documental, la verdad. Todo es bonito. Joder, qué cosas… ¡Viva la vida, viva el amor! [Risas].

En lo musical, su banda actual parece más versátil en cuanto a estilo, más liberada del rock duro, del sonido que podríamos llamar Barricada puro. ¿Es solo una impresión o siempre ha sido así?

Siempre ha sido un poco así. En la misma Barricada hay diferentes épocas sónicas, si se puede decir así. En la primera etapa, en los ochenta, lo que buscábamos era jugar con las voces, las dos guitarras, el bajo y la batería. Canciones como Barrio conflictivo estaban en la onda de The Jim Carroll Band o Herman Brood, un rollo más denso de sonido pero muy simple. Luego hay canciones que tiran más hacia el rhythm and blues, como Nacido en un tobogán o No sé qué hacer contigo, más en la línea de los Rolling Stones o de Burning. Hay otras en las que manda la velocidad del punk más rápido. Y así fuimos puliendo nuestro sonido, que se iba nutriendo además de lo que íbamos escuchando de bandas que la gente podría pensar que no tenían nada que ver con nuestros gustos.

En Euskal Herria, en esa época, teníamos la suerte de que un día podíamos tocar con La Polla Records, otro con Kortatu, otro con Hertzainak, otro con Cicatriz… El abanico era bastante amplio y no había cortapisas a la hora de mezclar estilos. E intercambiando cintas es como descubres a The Clash o a The Cure o a The Lords of the New Church, y empiezas a disfrutarlos. Luego, en los años noventa, empezamos a trabajar de forma diferente. Las dos guitarras se parecen demasiado, buscando un efecto de estéreo, y a mí ese sonido, que era más potente, no era el que más me apetecía. Años después, viendo un concierto de Las Zíngaras, al oír ese trío de voces femeninas, me viene a la cabeza cómo hacer versiones de las canciones de Barricada. Y eso aparece en el disco Latidos y mordiscos (2006), donde hay un coro de mujeres, metemos un teclado, un saxo… Y yo lo que hago ahora es un resumen de todas esas etapas, sin ninguna limitación. Sin restricciones. Lo tengo clarísimo.

Se podría decir que ese trío de chicas le cambia musicalmente. Y en el documental habla directamente de su “parte femenina”. Eso, viniendo de un rockero, es algo revolucionario. Los rockeros han sido siempre muy machitos.

No ha sido mi caso porque yo soy pequeño de estatura, cheposo, deforme… [Risas]. Y muy orgulloso, oye. Siempre he sido muy observador de lo que sucede a mi alrededor. Y eso es lo que me ha llevado a analizar la fuerza de las mujeres que me han rodeado a lo largo de mi vida. El machismo es un ancla al barro de la inutilidad. Y me explico: si no eres el número 1, eres una mierda. Así que imagínate cómo está el mundo, lleno de machitos que somos una mierda, porque número 1 solo puede ser uno. Eso nos hace bastante daño. Y luego, también, parece que siempre tienes que estar por encima de alguien, y ese alguien generalmente es la mujer. Dejar salir ese lado femenino que todos tenemos, esa X de nuestros cromosomas XY, nos haría ver el mundo de otra manera. Hay que dejar de tener vergüenza de hablar de ese componente femenino que todos tenemos. Hay que sacarlo al exterior, hay que exponerlo.

En el documental hay una versión de Mañana será igual, una canción de Barricada del año 83, que vuestro productor de entonces, Marino Goñi, identifica como una canción feminista. Aunque nadie se diera cuenta de eso cuando salió…

Eso es lo triste realmente. “Ya no existen príncipes azules. Y es verdad, que sola estás. Y es verdad, la escoba y la cocina, mañana será igual”. Eso decía la letra. Habla de la soledad de las amas de casa. La mujer, en esos años, tenía que estar en casa con la pata quebrada. Estaba aceptado. Ese marco mental es la base de la pirámide del machismo, cuya cúspide sería el asesinato machista.

Sus letras siempre han estado muy ancladas a la realidad. Es como si no le hubiera interesado eso del arte por el arte o el arte en abstracto. ¿Todo lo que escribe es algo que está viendo, que tiene a su alrededor?

O algo que alguien me ha dicho que ha visto y que me ha conmovido. Entonces me apropio de esa historia para componer. Yo creo que el arte debe ser ese pellizco en el culo que tiene que incomodar, que tiene que impedirte buscar una posición más cómoda en el sofá. Y también una chispa que produzca un incendio interior en la persona que recibe esa canción o que ve ese cuadro. No me atrevo a decir qué forma tiene que tener eso. Yo sólo opino: tiene que ser un acto de transgresión. Y estar siempre con los ojos bien abiertos, observando. Y con las orejas también bien abiertas para escuchar. Creo, también, que todos tenemos un poco de artistas y tenemos que aprender a sacarlo, como el lado femenino.

Cuenta que su primera canción la escribió estando en el colegio, después de una clase de Historia que le impresionó especialmente. La canción se llamaba Hiroshima. ¿El rock duro se compone siempre desde el cabreo?

Pues no sabría decirte. Hay gente que ha elevado el rock a la categoría de religión, con todo lo que eso conlleva de carga opresora. Yo no soy así. Intento hacerme un criterio propio a través de lo que ocurre, de lo que escucho, de lo que leo. Y mi dedicación no me importa si se llama ‘rock’ y se apellida ‘duro’. O si es pop o si es música industrial. Eso ya no me importa mucho. Yo me encuentro muy cómodo enredando en todos los terrenos sonoros.

Pero en su último disco [Sólo quiero brujas en esta noche sin compañía] hay una canción que se llama Con pinturas de guerra que denota un claro enfado con las fuerzas del orden. Los llama “perros bien uniformados». A eso me refería cuando hablaba de cabreo y rock duro.

Esa canción, además, pertenece a un disco que se subtitula Europa (Timbre Oxidado). Casi todas esas canciones tocan el tema de la inmigración, de esa gente que viene a Europa para buscar un futuro mejor. Muchos han sobrevivido a las bombas, han visto cómo destrozan sus hogares, han visto cómo asesinan a sus seres queridos, y cuando llegan a Europa buscando seguridad se encuentran con… esto. Y nosotros estamos cada vez más vacunados contra ese tipo de imágenes, que a mí me parecen demoledoras. Vemos una imagen como la de aquella criatura en la playa [el niño sirio Aylan Kurdi, ahogado en 2015] y a los 10 minutos ya estamos hablando de otra cosa. O peor, diciendo que ya vienen los inmigrantes a robarnos la seguridad social o el trabajo. En fin…

Necesitamos aprender de toda esta gente que pasa penurias para sacudirnos nuestro racismo. Si antes nosotros usábamos el concepto “barricada” para saber quién estaba de un lado y quién del otro, ahora quien marca esa frontera es la propia policía y los ejércitos, que defienden unos intereses que, yo estoy convencido, son los míos. Creo que mis intereses están más cerca de toda esa gente que viene a Europa. En el momento en el que los occidentales nos demos cuenta de que estamos más cerca de esas personas que de quienes nos empujan al enfrentamiento con ellas, en ese momento, lo mismo nos damos la vuelta y vamos a por ellos, a por los que fomentan esa hostilidad.

Seguro que tiene a alguien en mente…

En mente tengo la bandera con el aguilucho. Hace poco decía la FunFraFra, la Fundación Francisco Franco, que si los ilegalizaban se iban al exilio. Pues que se suban al aguilucho y que se vayan volando. Y que se lleven con ellos a Vox, a los toreros y a todos los que se envuelven en esa bandera. Y déjenme la bandera de los sanitarios y las sanitarias, los profesores y las profesoras, los camioneros, las cajeras, los mecánicos, las limpiadoras… Gente que de verdad aporta algo a sus vecinos, a la sociedad.

Han pasado casi 30 años desde que usted compuso Oveja negra. Por aquel entonces aún no habíamos visto la valla de Melilla, agentes de policía estadounidenses no habían matado a George Floyd, no existía el movimiento Black Lives Matter…

Y no hay que irse tan lejos. Aquí también pasan esas cosas. No hay más que ver cómo mataron a 14 personas en la playa del Tarajal, en Ceuta [el caso fue archivado], o cómo murió asfixiado un chaval migrante en un centro de menores [de Oria, Almería].

A eso me refería precisamente. Hace 30 años teníamos la música pero no las imágenes. Ahora ya tenemos esas imágenes. ¿Nos han cambiado para bien o estamos peor?

Pues yo creo que estamos peor. Porque si han pasado 30 años y seguimos en el mismo punto, si no hemos mejorado nada, eso es que estamos peor. Si van pasando los años por mí y sigo sin aprender, voy a peor.

Dicen que conforme uno va cumpliendo años se vuelve más conservador. Evidentemente, ese no es su caso.

Bueno, puede que sí. ¡Yo conservo mi mala leche! [Risas] Cada vez tengo la cresta más encrespada.

¿Cree que con el paso del tiempo se ha convertido en un músico más político, sobre todo a partir del disco La tierra está sorda (2009)?

No. De alguna manera, siempre lo he sido. La tierra está sorda surgió como un reconocimiento de mi propia ignorancia hacia ese tema, el de la memoria… o desmemoria histórica. Me dio coraje y vergüenza el ser tan ignorante y no haber defendido eso durante los años ochenta, cuando nos creímos que estábamos haciendo una revolución. Como decía la canción de Siniestro Total, Bailaré sobre tu tumba… Pues eso es lo que hicimos, desgraciadamente, bailar sobre las tumbas de nuestros muertos y nuestras muertas. Hubiese sido un momento muy interesante para que todo este tema reventara y para abrir por fin las cunetas como acto simbólico hacia todas esas personas que lucharon por la Segunda República.

¿Conoce la nueva Ley de Memoria Democrática?

No conozco los detalles pero creo que lo que no ha cambiado es que siguen siendo las familias y no el Estado quienes tienen que dar el primer paso y pedir al ayuntamiento en cuestión que saque los restos de sus seres queridos de las cunetas. Y en España eso es muy complicado porque ni siquiera el Partido Socialista ha peleado de manera seria por recuperar esa memoria. ¡Siendo uno de los más afectados! Teniendo tantos asesinados y tantas asesinadas, tanto del partido como del sindicato de Trabajadores de la Tierra, que formaba parte de la UGT. Para mí es incomprensible…

Pero entiendo que los políticos salen por donde pueden. El anterior alcalde de Pamplona, Joseba Asiron, era de Bildu y yo podía coincidir con él en muchas cosas, pero el Monumento a los Caídos ahí sigue. No se ha derruido. Es el segundo más grande de España, por detrás del Valle de los Caídos. No digo que haya que derruir los sitios que construyeron los presos republicanos ni las cárceles en las que fueron encerrados. Eso es historia, sirve como archivo de la memoria. Pero el de Pamplona no lo construyeron los presos, es sólo un homenaje a la grandeza de Franco en el lugar en el que comienza el golpe de Estado. Yo soy partidario de derruirlo y de dejar los escombros ahí puestos, como recordatorio, como monumento europeo al fascismo reventado.

Navarra, además, es un caso paradigmático, porque allí prácticamente no hubo combates durante la Guerra Civil, y sin embargo hay 3.000 muertos en las cunetas. Lo que da una idea de la limpieza salvaje y a sangre fría que se hizo.

Más de 3.500 hay ya localizados. Aquí hubo que parar a los carlistas para no ir a tomar Madrid a los dos días del golpe. El general Mola es el que lo diseña todo desde aquí. Y contó con el apoyo de los requetés, que eran el brazo armado del carlismo y hacían prácticas de tiro en los alrededores de Estella. No hizo falta que viniera nadie de fuera. Las patrullas de falangistas y de requetés iban limpiando pueblo a pueblo. El grado de violencia fue abrumador. Pero no fue solo Navarra, claro. La entrada de la columna de la muerte en Andalucía y en Extremadura es apabullante. Y el propio ejército que sale desde Navarra hacia Galicia deja un reguero de atrocidades alucinante. De ahí viene el famoso dicho «navarro, ni de barro». Cuando conoces la historia te dices: “Joder, claro, es que es la hostia”.

En el momento de más éxito de Barricada usted se niega a mudarse a Madrid. ¿Aquello fue una postura puramente sentimental o tenía también algo de gesto político?

Era más bien una postura vital. En Madrid nos hubiésemos perdido al quinto día. No digo solo geográficamente, que también, sino por hacer el estúpido de fiesta nocturna en fiesta nocturna. Allí no hubiéramos podido componer. Además, Madrid estaba cerca. Era un desplazamiento muy cómodo. Íbamos, hacíamos lo que teníamos que hacer, y nos volvíamos a casa. En casa encuentras tu intimidad, y eso para mí siempre ha sido muy importante. Aquí hago mis cosas, que son leer, escribir y, sobre todo, estar con mi gente.

¿Siempre ha vivido en el barrio de la Txantrea?

No. Estuvimos ocho años viviendo a 10 kilómetros de Pamplona, en el monte. Pero llevábamos a nuestro hijo a la ikastola de la Txantrea y la compra la hacíamos allí también. Nunca nos fuimos del todo del barrio. O el barrio nunca se fue de nosotros.

Los momentos más emotivos del documental son cuando habla de su época de adicciones, de su expulsión de Barricada y de la enfermedad degenerativa de su madre. ¿Ha sido muy difícil abrirse sobre esos temas con una cámara delante?

No demasiado porque esos son temas de los que ya he hablado en diferentes entrevistas. Lo que pasa es que aquí están todos juntos e impresiona un poco. Hacerlo delante de una cámara impone, claro, pero también depende de lo cómodo que estés con el equipo de grabación. Y yo he estado muy cómodo. En ese sentido, ha sido un trabajo muy bonito porque con el equipo de Natxo Leuza hemos formado una pequeña familia. Y digo pequeña porque el equipo era pequeño y cada uno ha tenido que dar el doble para que esto saliera adelante.

¿Cómo vivió los días más duros de la pandemia en la residencia de su madre?

Como una auténtica locura. Mi madre muere justo el día en el que hubo más muertos, el 2 de abril. Llevábamos ocho años yendo todos los días, repartiéndonos las visitas entre los cuatro hermanos. Al final éramos solo tres, porque también perdí a mi hermano un año antes. Bueno, pues una semana antes de ese 2 de abril los familiares ya no podíamos entrar en la residencia. Las cuidadoras, porque aunque hay algún cuidador la mayoría son cuidadoras, nos mandaban noticias y alguna foto. Y mi madre tenía fiebre, aunque en esos primeros días ni había pruebas ni nadie sabía nada. Se aísla a los que tienen síntomas pero a los tres días nos avisan de que está mejor. Nos envían una foto y se la ve a la mujer dormidilla y tal, con relativa buena cara. Se le ha ido la fiebre, ese día ha comido bien y parece que está remontando. O sea, que a lo mejor la fiebre no era por la COVID-19. Ese mismo día me llaman por teléfono a las cuatro de la mañana para decirme que mi madre ha muerto.

Todo el papeleo posterior, el tanatorio, todo fue muy frío. Al cementerio solo nos dejaron entrar a los tres hermanos para despedirnos de la Nieves. Los sobrinos se quedaron fuera. Fue un momento muy amargo y muy tenso para todos, pero era lo que había que hacer. Yo lo entiendo. Dentro de lo malo, tengo la suerte de tener una familia muy compenetrada y sabía que más pronto que tarde nos reuniríamos para comer en el campo y para recordar a la Nieves, a la matriarca del clan.

Y digo todo esto para no dar pena, porque sé que hay gente que ha vivido todo esto sola y es una experiencia durísima. A mí lo que me toca los cojones es que haya gente que viva de hablar de banderas. Y me jode que haya gente que todavía apoye los recortes en la sanidad pública. Es que tendría que haber más médicos en vez de menos, que es a lo que se ha dedicado el PP, a destrozar todo ese entramado. Y fuera la Casa Real, y todo ese presupuesto, directamente para la sanidad. Y hablando de educación pública, que haya el doble de aulas y el doble de profesores y profesoras.

¿Dónde hay que echar mano? Igual hay que vender los tanques y deshacer el ejército o disolver la Guardia Civil. Para tratar este tema lo único que se les ocurre es cerrar esos barrios del sur de Madrid, donde viven los inmigrantes y esos asquerosos trabajadores, y comprar pistolas táser. Y poner más policías. Igual lo que tienen que hacer es poner más centros de atención primaria. Este es el tema. Esta es la diferencia entre una España y la otra España. Y lo de ponerse de perfil no vale. Yo ya sé dónde estoy y con quién estoy. Y por mí se pueden meter la bandera por el orto. Así de claro.

Supongo que para el compositor de Peineta y mantilla y de Come elefantes, que son canciones de 2013, no ha sido una sorpresa ver a María Dolores de Cospedal implicada en la operación Kitchen ni al Rey huyendo a Emiratos Árabes.

¿Sorpresa? Venga, hombre… ¿Tanta sorpresa como que M. Rajoy sea Mariano Rajoy? Y encima resulta que hay un montón de periodistas que ya sabían lo del rey y que se han callado como auténticos perros. Porque eso es lo que son, perros. Se callaban todo eso mientras formaban parte de la guerra sucia que el Estado ha montado contra partidos y movimientos de adversarios políticos. Es lo mismo que lo que está pasando ahora con el tema de los okupas, preparando el terreno para los desahucios generalizados. ¿A quién le importa una familia desahuciada? Pues a sus convecinos. ¿Y a quién le importa lo que ocurre en el barrio burgalés de Gamonal? Pues lo mismo, a los vecinos. Y a nadie más.

A mí todo esto me enciende porque nos toman el pelo y encima parece que tienes que comprender su absurda vida y meterte en tu mochila sus estupideces. Joder, yo con eso no puedo. Me caliento mucho y por eso suelo decir que Podemos es la cataplasma de la tranquilidad. Sin ganas de insultar tampoco, eh. Como cuando dije que Más País era extrema derecha. Porque cuando por fin había algo que podía funcionar y que podría servir para representar esta parte del pataleo, va la izquierda y hace lo de siempre, dividirse. A mí todo eso me enerva. [Resopla y acaba riendo].

En el documental usted se define como “un ser deforme que camina torcido para intentar ver lo que hay al otro lado”. De lo que ha llegado a ver, no todo es malo, ¿verdad?

Claro que no. ¡Al contrario! Lo que he visto, en general, es bueno. Por eso todo esto que acabo de comentar creo que tiene una solución sencilla. Cuanto menos tiempo empleemos en analizar lo que dice el estúpido de Abascal o cualquiera de Vox, lo que dice la Ayuso… Cuanto menos tiempo empleemos en toda esta gentuza y ese tiempo lo aprovechemos para escuchar a la gente que tenemos a nuestro alrededor, mucho mejor. En una de mis últimas canciones digo: “Tienes dos manos increíbles para luchar”. Cuando nos demos cuenta de eso, de que hay gente cercana que nos propone ayudarnos mutuamente y que nosotros podemos participar echando un cable, todo esto cambiará. Decía Azaña que “si los españoles habláramos sólo y exclusivamente de lo que sabemos, se produciría un gran silencio que nos permitiría pensar”. Joder, me parece una frase cojonuda.

Fuente: Manuel Ligero en lamarea.com

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