Debemos cambiar nuestra forma de lucha para recuperar terreno perdido

En este artículo, Guillem del Barrio, enfermero de urgencias en un hospital de Madrid, hace un llamamiento a la ciudadanía para que recobre fuerza en defensa de los derechos de los trabajadores.

Imaginad que cada cien años un águila sobrevolara una montaña, rozando la cima con una de sus alas. Cuando ese roce haya terminado de erosionar la montaña hasta hacerla desaparecer, habrá transcurrido un instante de la eternidad. Así es como pasa el tiempo, entre atroces sufrimientos, si te condenas al infierno por tus pecados.

Esta es la historia que le contaron a mi padre de niño en clase de Religión Católica. También de niña, mi madre antes de acostarse palpaba las sábanas y olfateaba su habitación. El cura de su colegio le había dicho que el demonio es invisible, huele a azufre y nos acecha a todos. A ambos les contaron que Dios ve todo lo que haces y sabe todo lo que piensas. En los años 40, mi abuela paterna era muy feliz porque estaba de novia con un chico de Tudela que era farmacéutico. Su director espiritual la convenció de romper la relación porque la familia de ese chico no iba a misa.

Hago un inciso para reconocer la labor de todas las personas que han dedicado y dedican sus vidas a ayudar a los demás desde la iglesia católica. Pero esto no desmiente el papel opresor que la Iglesia ha jugado a lo largo de los siglos como estructura de poder. En España, abarcaba a todos y cada uno de sus habitantes. Controlando las escuelas y lo que en ellas se enseñaba. Con párrocos en cada pueblo y cada barrio que conocían incluso los remordimientos de sus feligreses mediante la confesión. A menudo visitaban a las familias en sus casas. Unas veces para proporcionar consuelo, por ejemplo, mediante la unción de enfermos. Otras, para influir en sus vidas.

Saltemos al presente. La situación en Madrid es preocupante para quienes creemos en una sociedad más justa. La vivienda es prohibitiva, los desahucios continúan. La Sanidad Pública está en su peor estado en 40 años. Los colegios e institutos pierden presupuesto en favor de escuelas concertadas, negocios privados sufragados con los impuestos de todos. Los combustibles escasean, también los metales con los que se fabrican los aparatos electrónicos. Los desastres naturales aumentan su frecuencia e intensidad porque estamos alterando el clima. Sobran motivos para movilizarse.

Y, sin embargo, son pocas las personas que lo hacen. Se suceden las convocatorias de manifestaciones e incluso de huelgas. En la Sanidad Pública en el último año hemos tenido una convocatoria de huelga de enfermeras, una huelga nacional intermitente de todos los médicos, dos convocatorias de huelga de médicos de Atención Primaria y una huelga general de todos los sectores de la Comunidad de Madrid. El dato es poco conocido porque no tuvieron apenas impacto. Pocas manifestaciones reúnen los miles de personas de hace unos años.

¿Por qué, si sobran motivos, las movilizaciones son tan débiles? Por una parte, porque a nivel cultural llevan la ofensiva las fuerzas regresivas. La estrategia de Ayuso de generar polémica para acaparar apariciones en los medios de comunicación está siendo muy exitosa. La ultraderecha ha dejado de ser marginal y consigue introducir sus polémicas en el debate público. Las cloacas periodísticas y televisivas, al servicio de las grandes empresas, son una maquinaria eficaz y bien engrasada. La judicatura sigue siendo mayoritariamente conservadora porque es casi imposible acceder a ella para las personas humildes, que no pueden permitirse dejarlo todo para estudiar durante al menos cinco años. Pero la labor cultural conservadora empieza desde la base: la mitad de los alumnos madrileños estudian en escuelas privadas o concertadas. Desde 2010 en nuestra región estas dos opciones han crecido tres veces más que la educación pública. Con honrosas excepciones, las escuelas privadas y concertadas imparten valores distintos a la educación laica y plural de los centros públicos, creando una sólida base para las ideas conservadoras. Por su parte, el capitalismo y las redes sociales también educan en valores de consumismo e individualismo, que causan la destrucción del planeta y una epidemia de soledad y enfermedad mental.

Nos sobran generales y grandes propuestas y nos faltan soldados e iniciativas pequeñas

Un segundo factor de nuestra debilidad es que lo estamos haciendo al revés. En muchos ámbitos, en lugar de dedicar la mayor parte del tiempo y el esfuerzo al trabajo de base se empieza por el final, convocando manifestaciones y huelgas. En mi hospital no somos capaces de impedir que a las compañeras con contratos precarios les cambien los turnos de trabajo sin preguntarles y les nieguen otros derechos básicos, pero pensamos que podremos detener el deterioro y la privatización de la Sanidad Pública. Una pirámide invertida en la que sobran generales y grandes propuestas, faltan soldados e iniciativas pequeñas. En lugar de dialogar con nuestros vecinos y compañeros de trabajo que no están movilizados, nos recluimos entre personas afines. El número de personas movilizadas disminuye, quedando una cantidad pequeña y en retroceso de hipermilitantes que participamos en varias luchas al mismo tiempo. Abarcando mucho, apretando poco y quemándonos por el camino. Un activismo incompatible con la vida.

El panorama parece desolador, pero torres más altas han caído. El movimiento obrero se enfrentó a una Iglesia Católica que tenía acceso y enorme influencia sobre todas y cada una de las personas. Fueron varias generaciones las que lucharon sin pausa. Conquistaron el derecho de asociación, la semana laboral de 40 horas, vacaciones pagadas, la prohibición del trabajo infantil, escuelas públicas plurales y aconfesionales. Con todos sus defectos, tenemos una Sanidad Pública, servicios sociales, seguro de desempleo, pensiones de jubilación e incapacidad. Ninguno de estos derechos existía, fueron todos arrebatados al poder. Aprendamos del esfuerzo de quienes nos precedieron para tener un punto de partida desde el que afrontar el presente.

El movimiento obrero empezó por la base. Luchaban por grandes ideas como el socialismo y el comunismo libertario, pero lo hicieron fundando periódicos, ateneos libertarios, centros obreros y casas del pueblo socialistas. Donde había un anarquista había un periódico. Porque su misión era difundir La Idea entre sus vecinos y compañeros, incorporándoles a la lucha. El núcleo de los ateneos fue la biblioteca y la sala de reuniones. Allí celebraban asambleas y conferencias de sindicatos y mutualidades obreras. Pero también editaban libros y boletines, organizaban recitales de poesía y actuaciones teatrales, excursiones, cursos de alfabetización o de esperanto. Incluso pusieron en marcha escuelas racionalistas para dar a sus hijos una educación científica y laica. La Casa del Pueblo de Madrid, inaugurada en 1908, albergaba un seguro médico con medicinas gratuitas para sus miembros, biblioteca, un coro, cuadro artístico, grupo deportivo, una cooperativa, un teatro y un salón-café. Para traer tanto el socialismo como el comunismo libertario combatieron el alcoholismo y el analfabetismo, impulsaron la cultura y el deporte. Gracias a esa base se mantuvo la participación en huelgas y manifestaciones. Ganando a veces, pero luchando siempre. Fue así, con constancia y muchísimo trabajo invisible, como consiguieron lo que hoy disfrutamos.

Si hoy queremos dejar de retroceder, tenemos ejemplos contemporáneos de los que aprender también: la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, el movimiento feminista, la lucha LGTBI, las despensas solidarias, el movimiento vecinal. Empecemos la casa por los cimientos como lo hacen ellas, como lo hicieron nuestros antepasados. Sólo así podemos aspirar a ser cada vez más para construir un contrapoder que defienda y conquiste derechos. El activismo es vida cuando las personas nos cuidamos, compartimos y lo pasamos bien juntas.

En lugar de limitarnos a compartir publicaciones en redes sociales que solo llegan a nuestros afines debido a las burbujas de información, editemos boletines y periódicos, peguemos carteles por las calles. Repartamos octavillas, con mesas informativas frente a los centros de salud. Recojamos contactos para mantener informada a la gente, reclutando nuevos activistas. Intentemos convencer a vecinos y compañeros de trabajo. Acompañemos a quienes se suman a la lucha. En lugar de intentar prender barricadas cuando no queda apenas combustible, ganando fuerza a fuego lento y sin parar de remover.

Fuente: Guillem del Barrio, enfermero de urgencias en nuevatribuna.es

Foto: Imagen tomada de Flickr de Galeax bajo licencia Creative Commons

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