Carabanchel, el Madrid que resiste al otro lado del río

Asociaciones vecinales de larga trayectoria y movimientos en defensa de la vivienda y los derechos laborales surgidos a raíz del 15M plantan cara en Carabanchel a las realidades de un distrito enorme que se sitúa entre los más vulnerables de la ciudad. La implantación de numerosos talleres de artistas en los últimos años en el polígono ISO es el primer capítulo en la transformación urbana que, se intuye, llama a las puertas del distrito.

Un Gran Artículo de Jose Durán Rodríguez publicado en elsaltodiario.com

Tres nombres propios acuden casi automáticamente a la memoria cuando se habla de Carabanchel, el distrito número 11 de Madrid: Rosendo, la cárcel y Manolito Gafotas. El vecino rockero y loco por incordiar que cantó a este Madrid; el presidio que fue escenario de algunos horrores represivos durante la dictadura —también después: allí murió en marzo de 1978 el anarquista Agustín Rueda tras ser torturado por varios funcionarios—, finalmente demolido en 2008; y el personaje creado por Elvira Lindo que cree que lo único que le falta a Carabanchel para ser perfecto es el mar.

Son tres marcas indelebles que han configurado durante muchos años la fisonomía cultural de un distrito compuesto por siete barrios —muy cerca del cuarto de millón de habitantes— y del que tomar una única fotografía que lo retrate resulta cuando menos atrevido. En los últimos tiempos, además, se ha añadido un elemento que suma controversia y puede contribuir a transformar el paisaje: la promoción de la zona como un polo de interés para que artistas instalen sus talleres y espacios de trabajo en los edificios industriales del polígono ISO, entre los barrios de San Isidro y Opañel.

Carabanchel no es un distrito uniforme, ni mucho menos. Según se lee en el Diccionario de las periferias (Traficantes de sueños, 2017) elaborado por Carabancheleando, una investigación participante refractaria a la metodología académica, a principios del siglo XXI se puede decir que “hay muchos Carabancheles, así como vidas dentro de ellos: desde las avenidas del PAU, hasta el solar de la prisión; en las nuevas zonas ajardinadas del Puente de Toledo y en los Altos de San Isidro. En las casitas del Tercio Terol y en Pan Bendito. Las calles, los parques, los hilos imperceptibles que unen y separan, conforman hoy una constelación de barrios donde también hay lugares centrales y espacios relegados, calles abarrotadas y rincones olvidados”. Para Carabancheleando, Carabanchel es, junto a Vallecas, el distrito más representativo de la periferia madrileña, “al menos si se atiende al imaginario urbano de la periferia”.

Satánico y de Carabanchel

Mariola Díaz opina que “el barrio ha cambiado mucho: ha habido una época en la que ya quedaba poco de ese rocanrol de Rosendo, pero ahora parece que está empezando a resurgir después de un tiempo un poco abandonado”. Lo comenta detrás de la barra del Bar Río, un local pequeño y acogedor que regenta desde 1993, cuando ella tenía 25 años. Su garito es “casi una sede social” en la que coinciden varias generaciones porque “mucha gente ha vuelto al barrio, a casa de sus padres, tras un despido o un divorcio”.

Echando la vista atrás, Díaz recuerda que en el Río las han pasado canutas y cuenta los motivos por los que no bajan la persiana: “Hemos pasado dos crisis, una al principio y luego la otra. Cayeron muchísimos bares del barrio, especialmente como este que somos bares baratos y no nos hemos subido al carro del modernismo, seguimos dando de comer barato y sirviendo botellines. Ya quedan poquitos bares como este, de toda la vida”.

Ella observa, desde su bar, que en Carabanchel se está produciendo una mezcla. “Está llegando gente nueva, con proyectos. Y hay gente de toda la vida que sigue aguantando y resistiendo”, resume.

Al otro lado de la barra conversan dos profesores. María Jesús Morales lleva 58 de sus 59 años viviendo en Carabanchel y trabaja como profesora de infantil en un colegio público cercano a su casa. “Eso me gusta, mis alumnos son del barrio, un 60% de ellos son inmigrantes”, reconoce y asegura que no hay problemas de convivencia vecinal. “Lo que ocurre aquí es lo que pasa en cualquier barrio pobre”, sentencia y apunta también que en Carabanchel, como en Vallecas, existe una conciencia de ser de allí.

Su compañero, Tirso Santos, también es vecino pero trabaja en un colegio en Fuenlabrada. Él lo tiene igualmente claro: “El problema es la falta de dinero a todos los niveles: hay peor transporte, por ejemplo. Un bache en la calle dura meses mientras en el barrio de Salamanca dura horas. Todo eso condiciona la vida, pero no es que este barrio tenga algo especial, tiene los problemas típicos de un barrio obrero. Por otro lado, es un barrio con muchos parques y está cerca del centro”.

Carabanchel dispone de siete cementerios y dos tanatorios, un insólito dato necrológico que los parroquianos del Bar Río se toman con guasa: entre caña y caña participan en la necroloto, una porra para acertar qué famosos van a pasar a mejor vida.

Según el Índice de Vulnerabilidad, elaborado por el Área de Gobierno de Coordinación Territorial y Cooperación Público-Social del Ayuntamiento de Madrid, junto con la Universidad Carlos III, Carabanchel era en 2018 el cuarto distrito con mayor vulnerabilidad, de los 21 en que se divide la ciudad, tras Puente de Vallecas, Villaverde y Usera. Este indicador toma en consideración variables como la esperanza de vida, la renta media por hogar, las tasas de desempleo, el valor catastral de la vivienda o las tasas de servicio de ayuda a domicilio.

Elena Sigüenza lleva unos 30 años participando en la Asociación Vecinal Parque de Comillas, que en 2018 celebró el 40º aniversario de su constitución legal, tras haber funcionado de manera clandestina algún tiempo. Ella enumera las razones que dan sentido a la existencia de la asociación: “Las necesidades ya en democracia eran tan básicas como tener agua en casa o el asfaltado de las calles. Ahora tenemos reivindicaciones heredadas de situaciones anteriores, otras de los nuevos vecinos y, sobre todo, de una población mayor porque la de Comillas es de las más envejecidas del distrito: hay muchísimas mujeres mayores y solas”.

Como objetivos fijados desde hace dos décadas, apunta un par muy básicos que han movilizado a la asociación en estos años más recientes: el nuevo centro de salud, porque el existente “no cumple los requisitos necesarios”, y un centro para mayores. Para el primero, asegura que el Ayuntamiento y la concejala de distrito, Esther Gómez, han puesto en manos de la Comunidad de Madrid la parcela para que lo ejecute, “pero no nos creemos los motivos por los que nos está dando largas: alega que la parcela es pequeña”. En ese sentido, Sigüenza considera que, al ser Comillas un barrio en el que no hay disposición de suelo público, “lo que se haga se hará con otras fórmulas: comprando, permutando u otras para las que el Ayuntamiento está capacitado”.

Ella valora positivamente el impacto del trabajo asociativo, tanto en el barrio como en el distrito. “Otra cosa —matiza— es que nos escuchen o que cuenten con nosotros, pero somos interlocución importante. Participamos en la Coordinadora de Asociaciones de Carabanchel, en la que no solo hay asociaciones vecinales sino también de mujeres, culturales, las AMPA,… Es un tejido asociativo muy importante”.

En su agenda, una crítica a la lentitud con la que se mueven las instituciones, frente a la urgencia que requieren las necesidades de los vecinos. También, un agradecimiento a Milagros García Fenoll, presidenta de la Asociación, “una mujer histórica que fue la que le dio la vuelta al barrio”.

La Encuesta de Calidad de Vida y Satisfacción con los Servicios Públicos que realiza el Ayuntamiento de Madrid permite aproximar una cuantificación del grado de satisfacción que expresan los vecinos por vivir en sus barrios. En la edición de 2017, la última cuyos resultados vienen desgranados por distritos, la satisfacción de vivir en Carabanchel recibió una valoración de 65,7 sobre 100, siendo la general de Madrid de 69,8. En cuanto a la calidad de vida, fue puntuada con un 66,6 sobre 100, mientras la nota general de Madrid alcanzó un 69,5.

La sangrante paradoja de la vivienda pública en manos de fondos buitre

“Siendo el distrito más poblado y situándose en la periferia sur sería muy raro que no hubiera problemas por la materialización del derecho a la vivienda”, opina José Pedro, vecino de Carabanchel que ha sufrido en carne propia una de las prácticas municipales más dañinas de los últimos años, la venta a fondos buitre de vivienda pública por la que Ana Botella y su equipo de gobierno fueron condenados por el Tribunal de Cuentas al pago de 26 millones de euros. Botella vendió en octubre de 2013 por debajo de precio de mercado 1.860 viviendas a Fidere, una sucursal de Blackstone. Una de ellas era la de José Pedro. “Un año y medio después de entrar en el piso, tras varios años de espera para acceder a una vivienda pública y social, de menos de 54 metros cuadrados con unas rentas de alquiler que tienen poco de social, tenemos noticia, por medio de la prensa, de que nuestra vivienda ha sido ‘enajenada’ a un fondo buitre”, explica a El Salto.

Su situación actual es complicada: “Tras haber transcurrido la vigencia del contrato originario con la Empresa Municipal de Vivienda y Suelo de Madrid (EMVS), el fondo buitre Fidere-Blackstone se niega a prorrogar dicho contrato. Solo accede a un nuevo contrato de inferior duración mucho más lesivo para nuestros intereses, que nos obliga a contratar un seguro de hogar, abonar una nueva fianza, y asumir una subida de alquiler de unos 900 euros el primer año, otros tantos el segundo y otros tantos el tercero”.

Su familia se encuentra inmersa en procesos judiciales “que nos amenazan con desahuciarnos al no plegarnos a sus intereses y al ser inasumibles esas exigencias”, lo que le hace señalar la “sangrante paradoja” de poder acabar en la calle tras haber sido adjudicatarios de una vivienda pública por no poder acceder a una en el mercado inmobiliario.

Según datos que recoge el Ayuntamiento de Madrid en su página web, a finales del año pasado el precio de la vivienda de segunda mano en el distrito de Carabanchel era de 2.101 euros por metro cuadrado, mientras la renta media que se pagaba por el alquiler era de 12,3 euros por metro cuadrado.

El valor catastral medio —uno de los componentes del Índice de Vulnerabilidad— de las viviendas de los distritos Sur y Este de Madrid es un 34,4% inferior al valor catastral medio del conjunto de viviendas de la ciudad. En el caso de los inmuebles propiedad de personas jurídicas, principalmente empresas y comercios, el valor catastral medio de los distritos del sur y este es la mitad (un 50,33%) del valor catastral medio de la ciudad de Madrid.

José Pedro considera que el movimiento de vivienda, en este caso la Asamblea de Vivienda de Carabanchel, es “quien más peso ha tomado ante el abandono, hostigamiento, criminalización de las personas afectadas por parte de la policía, instituciones y medios de comunicación. Con sus luces y sus sombras”. Él cita como logros la primera obra social en Madrid de la PAH, una acampada de 75 días frente a la Junta Municipal de Distrito para arrancar una vivienda pública y social para una familia o los cientos de convocatarias para parar desahucios, las decenas de alquileres sociales y condonaciones de deudas hipotecarias conseguidos.

Frente a esta resistencia vecinal, se muestra muy crítico con la postura institucional que, en su opinión, se ha dedicado a “entregar a la especulación el ya menguado patrimonio público”. Pone como ejemplo la venta de los terrenos de las antiguas cocheras de la Empresa Municipal de Transportes (EMT) en Carabanchel: “Socializando pérdidas, no solo la material de los terrenos sino la de sufragar los costes de subsanar los contaminantes —aceites, gasóleos,…— existentes, y privatizando beneficios de una gran extensión de terreno que dispone el capital para continuar inflando la asfixiante burbuja inmobiliaria”.

También señala que desde las instituciones y la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM) “se está vendiendo Carabanchel, desde la zona más próxima al Manzanares, como una zona cool llena de arte y ocio alternativo. Esto seduce aún más a los buitres. Con todos los problemas que ello conlleva de turistificación, gentrificación,… Esto alimenta la actual burbuja inmobiliaria”.

Carabanchel, “el nuevo Soho” madrileño

Entre los días 10 y 12 de mayo se celebró la tercera edición de Art Banchel, un evento en el que numerosos artistas cuyos estudios se encuentran en el polígono ISO muestran su obra. Este año han participado 35 talleres con más de 100 actividades.

En esmadrid.com, la web oficial de Turismo gestionada por Madrid Destino, la empresa municipal dedicada a la gestión cultural, turística y de espacios y eventos, se habla de Art Banchel en estos términos: “Hay exposiciones, charlas, presentaciones, danza, performances, teatro, radio. Dicen que es como si la calle del Doctor Fourquet de Madrid se hubiera trasladado a Carabanchel”. También se puede leer que “Carabanchel es el Soho madrileño. Ha pasado de ser un distrito obrero de la periferia madrileña a ser el foco de un gran movimiento creativo y bohemio al que se han sumado ya más de 130 artistas distribuidos en unos 40 estudios, talleres de artesanía y espacios creativos”. Son palabras que recuerdan poderosamente a otras ciudades, otros barrios y otros procesos en los que se ha utilizado la creación cultural como barniz para embellecer los intereses inmobiliarios de la propiedad del suelo, que raramente coinciden con los de los vecinos o los artistas involucrados.

Asimismo, durante el mes de abril se celebró el proyecto Carabanchel Creativa, desarrollado por el IED Innovation Lab del IED Madrid Centro de Diseño, que, según su página web, persigue “la activación social, cultural y económica en el distrito de Carabanchel de Madrid a través de la Orange Economy, la creatividad, la participación ciudadana, las nuevas tecnologías de visualización y la conexión digital”. En el marco de este evento, el artista cubano criado en Estados Unidos Jorge Rodríguez-Gerada realizó un retrato sobre un depósito de agua en la calle Amalarico como homenaje a la historia del asociacionismo en el barrio.

Pese a voces como la de José Pedro —o la del colectivo artístico que organiza las Jornadas de Arte y Creatividad Anarquistas (JACA), cuya quinta edición tendrá lugar entre los días 7 y 9 de junio, que se ha mostrado muy crítico con la irrupción de Art Banchel en el barrio— que alertan de los riesgos que puede suponer esta estrategia de revalorización de un área cuyo suelo no es de titularidad pública, y por tanto no se puede intervenir en el precio ni participar de los beneficios que redunden de esta nueva imagen, las asociaciones vecinales de la zona no la ven con malos ojos.

La II Asamblea de los Barrios del Sur. Un río de propuestas. Por un Plan Estratégico para el Sur de Madrid, celebrada en la Caja Mágica el 16 junio de 2018, concluyó con un memorándum respaldado por la FRAVM y una veintena de asociaciones vecinales y sociales del sur y el este que suponía una declaración en favor de un cambio de rumbo para los distritos más desfavorecidos de Madrid y que se concretaba en la propuesta de crear una Oficina del Sur.

El Pleno del Ayuntamiento de Madrid aprobó el 25 de octubre de 2018 instar a la Junta de Gobierno a la creación y puesta en marcha, antes de que acabase el año, de la Oficina Municipal de Planificación y Desarrollo de los Distritos del Sur y del Este de Madrid. Este acuerdo se hacía eco, por tanto, de esa propuesta elaborada en la Caja Mágica por la FRAVM y otros colectivos que participaron en esa asamblea.

En marzo se presentó un informe de diagnóstico de la Oficina del Sur y Este con un plan de cinco actuaciones que persigue reducir el desequilibrio territorial. En una de esas líneas aparece un punto denominado Polo de creación artística de Carabanchel, que fija como objetivo “promover y consolidar el polo artístico que se ha venido creando en el antiguo polígono industrial ISO de Carabanchel”. Ello pasa, según se lee en el informe, por adoptar medidas de protección de los usos de estos inmuebles y de rehabilitación de los edificios, así como la dotación de ayudas dirigidas a la promoción de actividades culturales.

Gabriel Lozano es el secretario de la Asociación Vecinal General Ricardos, y participa también en otras asociaciones del distrito. Con respecto a la actividad del polígono ISO, lo que solicitan es la protección urbanística de los actuales edificios y de sus nuevos usos, con el fin de impedir la construcción de pisos de viviendas en esos terrenos. Que su uso siga siendo industrial y no residencial. Al menos, sobre el papel. “Esa zona está clasificada como 9.1, industrial, teóricamente no puede haber edificios que en sus tres primeras plantas tengan viviendas, son para uso industrial. Algo que no se está cumpliendo. En las naves, que a veces se han caído y otras las han tirado abajo, lo que se está construyendo son viviendas desde el primer al último piso. Con autorización o sin ella. Pero la calificación del territorio es industrial”, explica Lozano a El Salto.

La concentración de artistas, músicos y gestores culturales que se ha dado en la zona durante los últimos años, opina, “puede ser un elemento importante para transformar uno de los barrios más deprimidos de Madrid, el de San Isidro. Vamos a tratar de que se siga desarrollando desde un punto de vista cultural, que puedan continuar. Mal haríamos si empiezan ahora a subirles los alquileres, a expulsarles a otras zonas”.

Lozano afirma que la propiedad de estos terrenos es “muy difusa: herederos de herederos, naves con un solo propietario, otras muy repartidas. Hay también artistas que han comprado su espacio, los menos”.

Evaluando el resultado del tejido asociativo, su nota no podría ser mejor: “El distrito no sería como es si no hubieran existido las asociaciones vecinales. Los parques son por presión vecinal, los centros de salud también, los colegios públicos, el asfaltado,… Hemos sido desde la última etapa de Franco hasta ahora la mosca cojonera que permanentemente reclama a la Administración mejoras para la población”. Y pone como ejemplo el tema de la vivienda: “Es absolutamente evidente el peso que ha tenido el asociacionismo. En San Isidro, por ejemplo, la cuarta parte de la población está en viviendas del IVIMA, que se construyeron gracias a la presión vecinal”.

El Alto y el Bajo

Hasta 1948, cuando Franco se los anexionó a Madrid, Carabanchel Bajo —antiguo retiro vacacional de la aristocracia, ya físicamente unido a la capital antes del decreto— y Carabanchel Alto —que mantenía cierta vida agrícola— eran dos localidades independientes. Hoy forman parte del mismo distrito, pero sigue habiendo distancia entre ambos barrios, con la Avenida de los Poblados como frontera. De hecho, el nombre oficial del barrio del Alto es Buenavista.
“El Bajo se desarrolló urbanísticamente antes, por la cercanía al centro de Madrid, tiene una mayor densidad de población y un tejido asociativo diferente”, señala Pedro Casas, quien desde 1975 forma parte de la Asociación Vecinal de Carabanchel Alto. Él rememora para El Salto las primeras conquistas —el Parque de las Cruces, un centro cultural, un centro de mayores y un ambulatorio—, siempre alcanzadas a largo plazo y tras manifestaciones y movilizaciones incansables. “Quizá lo más sonado —valora— fue conseguir que llegase el metro, la línea 11, que ahora estamos en pleno proceso de ampliación porque se ha quedado en un ramal de poco uso. Hemos recogido más de 10.000 firmas. Parece que está encarrilado pero no nos fiamos”.

También menciona la revuelta contra la instalación de parquímetros —“una lucha encarnizada y exitosa, Gallardón pinchó en hueso y se la tuvo que envainar”— y cuenta que, en la actualidad, una de las reclamaciones que ocupan a la Asociación se refiere al futuro de lo que fue la cárcel: “Queremos que los terrenos sean para uso dotacional, no residencial. Para que se construya allí equipamiento social, un hospital de referencia, y no vivienda”.

La primavera de Carabanchel

Junto a las asociaciones vecinales, en la última década ha florecido en Carabanchel otra onda de activismo por los derechos de quienes viven en el distrito. Son asambleas y colectivos que operan de manera autónoma, ven con recelo a la institución y en ocasiones tampoco comparten los procedimientos o los fines de las asociaciones tradicionales, aunque su obrar sea, en cierto modo, heredero de aquellas.

En el Diccionario de las periferias se identifica este nuevo movimiento, señalando nombres propios y espacios que ejercen de centros neurálgicos: “A partir de la explosión del 15M, Carabanchel se convirtió en un laboratorio de experimentación social y política de una enorme densidad. La Asamblea de Carabanchel, una de las asambleas de barrio más potentes de las surgidas a partir de la salida de Sol, fue pionera en parar redadas, en okupar un espacio social que diese respuesta a las necesidades de las vecinas y vecinos (el Eko), en asumir como eje fundamental la lucha contra los desahucios y en incluir a vecinos y vecinas migrantes en sus luchas. Al mismo tiempo, alrededor del propio Eko se estaba larvando, desde hacía años, un espacio contracultural con salas de conciertos y de teatro, locales de ensayo, viviendas colectivas o solares destinados a la agricultura urbana”.

El Espacio Sociocultural Liberado Autogestionado Eko es un punto de encuentro fundamental para los colectivos que se reúnen allí y participan en la gestión de un centro que quiere funcionar con energía solar, para lo que ha lanzado una campaña de financiación colectiva.

Apoyo escolar para niños, clases de baile o despensa solidaria son algunas de las actividades permanentes que se realizan en sus más de 2.000 metros cuadrados. También se atiende lo laboral, ya que desde hace cuatro años el grupo de autodefensa laboral de la Asamblea Popular de Carabanchel pretende salvar la distancia que, en muchas ocasiones, existe entre los problemas de un barrio y los sindicatos.

“Cuando la gente llega a la Asamblea de Vivienda, acude con lo que llamamos el trío básico: un problema muy grave de trabajo, enfermos o personas dependientes y violencia en la pareja o en la familia”, explica María Batalla, activista participante en el grupo de autodefensa laboral. “Pensamos que la manera más fácil de no tener que llegar a parar un desahucio en la puerta es solventar todos esos problemas antes. Por eso decidimos montar algo que hiciese de puente entre los sindicatos tradicionales y las vecinas del barrio. Muchas veces no es fácil acercarse al sindicato”, añade.

Entre los casos a los que asisten figuran los de “personas muy jóvenes, que nunca han estado sindicadas y que están en sus primeros trabajos; mujeres que trabajan en el empleo doméstico, que no se pueden asociar con compañeras; muchísimos migrantes sin papeles a los que les da miedo hablar de su situación laboral”.

Con el tiempo han ganado en experiencia y en número y ahora también ofrecen asesoría a colectivos y talleres de formación para hablar en público, sobre derechos laborales básicos o cómo actuar ante casos de despido.

Batalla es del barrio, vive y ha crecido en Carabanchel, la saludan por su nombre en los bares y también en algunas tiendas que, en los meses posteriores al 15M, se declararon amigas del movimiento y aportaban sus excedentes a la Asamblea de manera solidaria. Sabe que mover resortes para que un barrio cambie tiene muchas peculiaridades, “es mucho más complicado en la práctica que en la teoría: la gente de clase trabajadora también son hijos de policías, por ejemplo”.
Otro de los colectivos que actúa en la zona es el Nodo de Producción de Carabanchel, “un espacio puesto al servicio del barrio para dotarlo aún más de infraestructura productiva a partir de la puesta en común de recursos abordando de forma colectiva la cuestión económica, laboral, social y, también, para generar imaginario desde lo colectivo, superando la dimensión individual”, comentan a este medio. Entre sus propósitos también destacan querer ir más allá de las lógicas activistas y ampliar el campo de mira a todos los aspectos de la vida cotidiana. Por eso, señalan que la asamblea es abierta y esta formada por personas productoras y no productoras. “Se trata —concluyen— de ampliar las lógicas colectivas que ya operan en un centro social, un stop desahucios o una asociación de vecinos a otros ámbitos como el laboral, el productivo, el económico y el afectivo donde es menos común encontrarlo”.

Entre las paredes del Eko ensaya un grupo de teatro de mujeres. TeatrEko empezó hace un lustro pero las teatreras actuales, de cuatro nacionalidades, lo llevan haciendo desde 2016. En su primera obra —Terror y miseria en el primer franquismo, un texto de José Sanchis Sinisterra— trataron la posguerra, en Rita y Como si fuera esta noche se acercaron a la violencia machista, y en la que están preparando viajarán a la soledad de las mujeres en la frontera. Cuatro de ellas cuentan a El Salto sus impresiones sobre lo que es participar en este peculiar grupo teatral.
Rebeca: “Somos un grupo de mujeres del barrio que nos juntamos para aprender técnicas teatrales tales como expresión corporal, voz e improvisación, y mediante juegos y dinámicas trabajamos textos de crítica social para representar problemas actuales y pasados”.

Olga: “Hacemos teatro sin ningúna formación en este campo, pero con muchas ganas y mucho empeño de hacer espectáculo para los vecinos del barrio, donde visibilizamos problemas como la violencia machista, los desahucios o la corrupción política”.

Elena: “Yo me incorporé saliendo de un duelo y después de muchos años de dejar mi aprendizaje. Estoy en el mejor espacio para disfrutar y aprender, para construir para el barrio. Es un espacio de confianza para probar, para aceptar retos, para aprender, para apoyarnos, experimentar, sin presiones poniendo nuestros propios objetivos”.

Olivia: “El barrio siempre nos ha respondido muy bien, hemos llenado el Eko siempre que hemos representado allí y el año pasado llenamos el espacio de igualdad María de Maeztu. Representamos allí como devolución ya que nos ceden el espacio en los meses más fríos en los que es difícil ensayar en el Eko, y para llegar a otro tipo de público, el que no suele acercarse a los centros sociales”.

Fuente: elsaltodiario.com

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