Atrapados en la precariedad vital: la juventud, una cuestión de Estado tras la covid-19

  • Con la crisis de 2008, la precariedad vital se convirtió en cotidiana. Y con la crisis actual probablemente se agrave más», explica Teresa Castro, investigadora del CSIC
  • El INJUVE avisa de que serán los primeros en ser despedidos al término de los ERTE y los que conserven sus empleos serán los más expuestos al despido

Un colectivo de «bajo riesgo sanitario, pero con alta vulnerabilidad socioeconómica«. Así define la directora nacional de Cruz Roja Juventud, Paula Rivarés, a ese heterogéneo grupo que forma la juventud española y que ha visto, de nuevo, cómo otra crisis ralentiza sus proyectos de futuro. Si durante la emergencia sanitaria se les ha acusado de «considerarse inmortales», en la incertidumbre económica y social saldrán muy perjudicados. Se ha trastornado la educación, sus trabajos están en peligro y vuelven a ver ralentizados sus proyectos vitales, como irse de casa o tener hijos. «Con la crisis de 2008, la precariedad vital se convirtió en una experiencia cotidiana. Y con la crisis actual probablemente se agrave más», explica Teresa Castro, investigadora del Instituto de Economía, Geografía y Demografía del CSIC.

En los últimos años, en los medios de comunicación se han multiplicado las palabras para describir a aquellos adultos que se resisten a pasar de etapa, desde expresiones más ligeras como treinteenagers hasta el síndrome de Peter Pan, que tiene como triste reverso el síndrome de Wendy. «Es totalmente cierto que la etapa de ‘juventud’ se está alargando. Si la transición a la vida adulta se caracteriza, entre otros aspectos, por la emancipación residencial y económica del hogar familiar, los datos nos muestran cómo la edad de emancipación se ha ido retrasando cada vez más«, apunta la investigadora del CSIC. La experra recuerda que una de cada 4 personas de 30 a 34 años vive con sus padres o con alguno de ellos y retrasan la salida hasta los  29,5 años en 2019, mientras en países como Dinamarca está en 21.

Más allá de esa percepción cultural tampoco hay una horquilla precisa sobre qué es exactamente ser joven. Mientras la ONU lo establece entre 15 y 24 años, el Instituto de la Juventud en España amplía hasta los 29 años. «Sin embargo, en los planes estatales de vivienda, las ayudas de acceso a la vivienda para jóvenes van dirigidas a los menores de 35 años», explica Teresa Castro.

La investigadora se basa en el Informe Juventud España 2016, del INJUVE, para hacer un dibujo de la nueva generación de jóvenes: son menos numerosos que los mayores a los que tienen que reemplazar, ya hay una parte significativa de jóvenes de origen inmigrante, una proporción importante ya no tiene hermanos y una proporción significativa convive solamente con la madre.

Una generación entre dos crisis

Las consecuencias que sufrirá la juventud, como el resto de la población, tras la pandemia aún son incalculables. Durante el primer mes de enfermedad, el INJUVE realizó un informe en el que ya advertía de un doble riesgo: «De forma inmediata, serán los primeros en ser despedidos al término de los ERTE. A medio plazo, los que conserven sus empleos serán los más expuestos al despido si se materializa la amenaza de una crisis económica provocada por el coronavirus». El problema es que el sistema contrata jóvenes «en precario en épocas de bonanza y de mayor demanda» y los expulsa «a bajo coste» cuando hay una crisis.

La pandemia ha recaído a todos los niveles sobre esa franja de españoles que está entre los 15 y los 29 años. El parón que ha supuesto la enfermedad ha profundizado surcos sociales que ya existían, como la digital. «La crisis sanitaria ha hecho que las personas jóvenes no pudieran acceder a la educación en todas las etapas. La brecha digital ha afectado al 10% del alumnado«, explica Rivarés sobre los hogares que ni siquiera estaban preparados materialmente para seguir una clase online. A esas diferencias, se suman padres sin tiempo o sin los conocimientos adecuados para explicar la lección a sus hijos.

«El impacto de la pandemia en el sistema educativo deja a muchas personas jóvenes sin el recurso de refugiarse en las aulas, cosa que sí se hizo en la crisis anterior», explica Anna Sanmartin, subdirectora del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de FAD. Esta fundación tiene un teléfono de atención a adolescentes y jóvenes que ha sonado aún más en el confinamiento. Al otro lado, muchos jóvenes con problemas de ansiedad y estrés. Más allá del encierro y la tensión familiar, la inseguridad también dejará rastro en esta nueva generación: «Hay consecuencias emocionales y anímicas frente a un futuro negro donde la formación ya no es suficiente, ni se erige ahora como un refugio seguro«.

El empleo, el gran problema

Esta generación ha crecido oyendo el discurso del mérito: «Si estudias y te esfuerzas, llegarás lejos». Sin embargo, profesiones más variopintas, de biólogos a periodistas, se han encontrado con una carrera, un máster y con un empleo precario en el que además no hay un horizonte de progreso. Carlos Gutiérrez, secretario de Juventud y Nuevas Realidades del Trabajo de CCOO, aclara que la juventud no es uniforme sino que los jóvenes tienen diferentes trayectorias relacionadas «en gran parte» con su origen socioeconómico, cultural y formativo. Aún así, reconoce que el impacto «ha sido más profundo y dramático en los espacios más débiles, precarios y poco organizados del mundo del trabajo«. Es decir, aquellos donde se encuentran los trabajadores más jóvenes.

El director de la oficina de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para España, Joaquín Nieto, ha alertado del riesgo de que el elevado desempleo juvenil de España se convierta en un problema estructural. En realidad, ya lo era. En 2019, la tasa de paro de personas menores de 25 años superó el 30%. De hecho, Gutiérrez habla de una precariedad que lleva «décadas» instalada en la sociedad española: «Antes esta situación de precariedad era una especie de ‘mili’ que había que sufrir para luego alcanzar la situación deseada de estabilidad laboral y un salario digno». 

Aún así, los estudios de percepción que han realizado en FAD se empezaba a ver «un repunte de los datos y del optimismo frente a los años por venir entre la población joven», tal y como asegura la subdirectora de Centro Reina Sofía sobre Adolescencia. De hecho, según los datos del Ministerio de Trabajo, el desempleo se ha ido reduciendo si se compara con aquel terrible 2013 en el que llegó a sobrepasar el 57%.

En la Fundación llevan años midiendo la percepción de los jóvenes sobre su futuro. Tal y como explica Anna Sanmartín, en los documentos de la organización, aparecen las secuelas de la crisis de 2008. Los jóvenes creen que tendrán peores oportunidades laborales que sus padres y madres (un 45% así lo afirmaba), que tendrán que trabajar en lo que sea (hasta un 74%), emigrar (aunque no sea el plan deseado, un 50%) y depender económicamente de su familia (hasta un 67%).

Aún así, la formación sigue siendo una garantía de mejores condiciones laborales en el futuro. Así lo expresan los análisis del Ministerio de Trabajo, que observa que «los jóvenes con niveles de cualificación más altos presentan una tasa de empleo relativamente más alta y una tasa de paro más baja, mientras que los jóvenes con apenas cualificación presentan una tasa de empleo más reducida y una tasa de paro significativamente más alta, siendo más vulnerables ante situaciones adversas«.

Aún así, tener una carrera y un máster no garantiza un buen empleo. Después, los trabajos tienen que existir y eso tiene que ver con el tejido empresarial español y la estructura productiva, como apunta Gutiérrez, que afirma que los jóvenes españoles se encuentran con una sobrecualificación de los trabajadores. «A los trabajadores que tienen una determinada formación que encuentran trabajos que exigen capacidades y habilidades muy inferiores». 

Fuente: Sara Montero en cuartopoder.es