Aquellos traperos de Baroja y Blasco Ibáñez…

Deplorable escena la de la foto del Madrid de la miseria y el hambre a comienzos de siglo XX, que aunque triste es admitirlo, dió para sobrevivir a miles de familias. Hombres, mujeres y niños entregados ahí a la penosa e insana labor de selección entre la montaña de la basura que iban depositando día a día los traperos de Tetuán y La Ventilla en los descampados del extenso barrio. Aquello se conocía por La Busca, el eslabón más mísero. Todo se clasificaba en montones determinados: el papel, los trapos, las maderas, los cristales… Los intelectuales como Vicente Blasco Ibáñez y Pío Baroja no pudieron eludir hablar del inframundo.

Los que intentan huir en algún momento de la vacuidad urbana de Madrid, en pos del halo casi imposible de como era la vida en la ciudad hace más de cien años, buscan y rebuscan en las novelas de Benito Pérez Galdós, Pío Baroja o Vicente Blasco Ibáñez, acaso con la idea de poder topar el modo con que indagar en aquel Madrid desaparecido.

Desde el tiempo de Fernando VII, la miseria se mostraba envuelta en calamidades y privaciones entre extensas capas sociales madrileñas. La gente abandonaba aldeas y pueblos, y las privaciones no remitían. La gente se iba instalando en los arrabales de la ciudad, donde hubieron de construir casas y calles de la nada. Las industrias eran escasas y las que había se ceñían a pequeños talleres. La cultura era bajísima. Los más cualificados eran los de las imprentas; los tipógrafos como Pablo Iglesias. Abundaban los albañiles o ladrilleros, lo propio en una ciudad que no cesaba de crecer, seguidos de lavanderas y traperos. También había muchos pobres de solemnidad que pedían por casas, calles e iglesias: los menesterosos, pedigüeños y pordioseros.


Madrid se dividía municipalmente en tres extensas zonas. Una, la central, radial desde la Puerta del Sol. Era la ciudad de la vida tertuliana de los cafés, de los magnicidios y de la apertura de la Gran Vía. Otra era la de los ensanches con la creación de barrios como Chamberí, Salamanca y Argüelles, en que tanto moraban intelectuales como funcionarios como costureras, y una tercera zona denominada el Extrarradio, la ciudad perdida más allá de la Glorieta de Cuatro Caminos y de las rondas de Atocha, Valencia y Toledo, cuya extensión triplicaba al resto y que los sucesivos ayuntamientos no sabían como controlar.

Tierras había en todas direcciones y la gente no cesaba de llegar desde el empobrecido medio rural. Adentrarse en aquellos parajes era casi hacerlo en la ciudad recóndita nunca visitada por los madrileños del centro, espantados por temores imaginados acerca de unas gentes que preferían verlas alejadas. Los barrios de las Injurias, las Cambroneras, las Carolinas, las Ventas del Espíritu Santo, etc. eran mencionados con espanto y horror por literatos y periodistas, que dejaban traslucir sin miramientos la incomunicación insalvable entre los ámbitos sociales, que explotó trágicamente en la guerra civil de 1936.

Miseria, míseros y miserables fueron materias literarias recogidas por Vicente Blasco Ibáñez y Pío Baroja, dos intelectuales abotagados en un Madrid aburrido y fútil que en sus andanzas aventureras se toparon un día con los barrios del extrarradio, “los suburbios de la villa y los yermos de los alrededores, con sus altozanos amarillos cubiertos de rastrojos y sus edificios diseminados”, como había escrito Blasco Ibáñez. Era aquel un paisaje madrileño que aunque pudo ser bello y atractivo, acabó en el paisaje de “la miserable horda suburbana” descrita en dos de las novelas que más debieron de impresionar a aquella sociedad madrileña que vivía al margen del “mundo ignorado por la generalidad de las gentes”. Pío Baroja era el que más se aburría en las interminables tertulias de café, monopolizadas casi siempre por las excentricidades de Ramón María del Valle-Inclán. Baroja, que detestó siempre cualquier atisbo de bohemia calculada y artificial, como la de Alejandro Sawa, fue persona andariega y por ello, solitaria.

En Madrid debió de recorrer todos sus rincones, incluso hasta lugares tan apartados como los altos de Carabanchel. Su mapa madrileño era el más completo y documentado. Cosas tan tremebundas llegó a encontrarse que cuando las contaba a otros escritores, pensaban que exageraba. Baroja no vaciló en irse por las márgenes del Manzanares y el entorno de la Sacramental de San Isidro, al otro lado del río por el puente de los Pontones. Blasco Ibáñez, por el contrario, persona también inquieta, tiró por el otro lado de Madrid, por lo que en sus escapadas de su casa del Paseo de la Castellana, como él solía decir, acabó internándose en la encrucijada de Cuatro Caminos y en los barrios aledaños de Tetuán de las Victorias y La Ventilla, lo más extremo, donde descubrió lo que había denominado “la miserable horda suburbana”, la clase de expresión que puede parecer despectiva, pero que concuerda con lo que indica el diccionario de la Real Academia, que define “miserable” como la persona “desdichada e infeliz, abatida y sin valor ni fuerza”.

El trapero era un personaje popular que vivía o que sobrevivía en la periferia. El trapero y su carro, que tiraban burros o mulas, se encargaba a diario de la labor de la recogida por Madrid de todos los materiales que fueran de utilidad para ser vendidos una vez clasificados.

Las montañas de desechos que quedaban esparcidos en los descampados de sus barrios, les servían aún a otros para proseguir con la penosa labor de la “busca”, que consistía en escarbar y escarbar en la basura para recoger lo que hubiera de aprovechable, como latas, botellas o pedazos de muebles que llevar al fuego, expuestos por lo demás a contagios seguros de la peor especie por manipulación directa e inhalaciones. Eso mismo sigue haciéndose en algunos países, y con menores hurgando en todo lo imaginable.
¿Eran pobres de solemnidad los traperos, según la expresión a la vieja usanza? El trapero no dejó nunca de ser un pobre que malvivía o que sobrevivía, pero por mal que le fueran las cosas, en su entorno pululaban estratos sociales más bajos, como los mendigos, limosneros y pordioseros de que hablaba Pérez Galdós, que eran legión. El trapero de La Horda de Blasco Ibáñez parecía no quejarse de la vida: “Él tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien.” El trapero de Baroja, lo mismo: “Con las sobras podía engordar como un fraile si le gustase comer. El señor Custodio sacaba para vivir con cierta holgura; tenía su negocio perfectamente estudiado. Aquella vida tosca y humilde, sustentada con los detritus del vivir refinado y vicioso; aquella existencia casi salvaje en el suburbio de una capital.”

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Al vagabundaje le pareció a Baroja que se dedicaban los traperos, cual si fuesen a emprender en la aventura diaria de la bohemia, lo que no dejaba de ser un rasgo romántico alentado por la imaginación.
Los trazos que identificaban al trapero madrileño de Baroja eran los de un personaje con nombre y apellidos, conocido en los ámbitos que frecuentaba en su trajinar diario por calles y plazas de Madrid.
No era trapero cualquiera que se subiera a un carro. Sin el registro previo en el ayuntamiento no había traperos. Llegaron a autorizarse hasta 4.000 a la vez.

También los carros tenían que estar debidamente identificados, y hasta hay que suponer que las zonas a las que acudían para acarrear con los desechos urbanos estaban determinadas de antemano. Todo estaba calculado: desde los itinerarios a los materiales y a las cantidades que podían acarrear. Podía pensarse entonces que eran una suerte de funcionarios públicos. Baroja lo puso de manifiesto claramente: “El trapero tenía sus itinerarios fijos y sus puntos de parada determinados”. Blasco Ibáñez lo llevó más lejos concibiendo a los traperos como “una horda prehistórica que huyese llevando a la espalda el hambre, y delante como guía el anhelo de vivir.”
Las basuras en general de una ciudad, de cualquier ciudad, se terminaban de formar al cabo del día. Así sucedía en las casas tras las cenas, en las pensiones y en los mercados de abastos. Todo se depositaba o se arrojaba directamente a la calle, o se guardaba toda una noche en cuartos oscuros a la espera de que pasasen los traperos.

El trapero tenía que dormir como todo el mundo, pero lo imprescindible porque se levantaba siempre a media noche, primero para preparar los cestos, el carro y el burro o la mula, y segundo porque viviendo como vivían en las afueras de la ciudad; en los barrios del Manzanares y de Tetuán y La Ventilla, antes de que asomase la luz del día ya tenía que estar rondando las calles de Serrano y de la Puerta del Sol. Pío Baroja: “Se levantaba el señor Custodio todavía de noche, enganchaba el borrico al carro y comenzaba a subir a Madrid.” Los carros de los traperos eran la herramienta primordial. “El carro era viejo, compuesto con tiras de pleita, con su chapa y su número, y estaba cargado con dos o tres sacos, cubos y espuertas”, escribió Baroja acerca del carro de su protagonista, el señor Eusebio. “Sus ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño”, anotó Blasco Ibáñez. Tener carro y animal de tiro ya suponía una diferencia social con respecto a los que no tenían, forzados a ir en busca de las basuras con el saco al hombro o montados en el animal. Blasco Ibáñez: “Los más pobres no tenían carro, y marchaban a lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones destinados a la basura.” Comenzaba el día y comenzaban también las rivalidades personales. “Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras, como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de ella” (La Horda). A los animales también dedica Blasco Ibáñez una sorprendente descripción: “El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana. Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia.”

Los traperos eran hombres en su mayoría, pero también hubo muchas mujeres. Blasco Ibáñez decía que “las matronas de «la busca» pasaban erguidas sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.”

Frecuente era ver a traperos y traperas con ayudantes: hijos, sobrinos, vecinos…, que se encargaban de vigilar los carros en las calles o de subir a las casas a recoger lo que les diesen. La trapera de Blasco Ibáñez “como estaba sola, tenía a su servicio un muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. Él cuidaba del burro, él guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a Madrid, él subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle del vehículo.” La busca por la ciudad concluía a media mañana con el regreso de personas y carros a sus barrios alejados. Empezaba entonces otra tarea laboriosa, la selección de materiales que describe Baroja: “Regresaban por la mañana temprano; descargaban en el raso que había delante de la puerta, y marido y mujer y el chico hacían las separaciones y clasificaciones.

El trapero y su mujer tenían habilidad y rapidez para esto, pasmosa. Aquella tierra, formada por el aluvión diario de los vertederos; aquella tierra, cuyos únicos productos eras latas viejas de sardinas, conchas de ostras, peines rotos y cacharros desportillados; aquella tierra, árida y negra, constituida por detritus de la civilización, por trozos de cal y de mortero y escorias de fábricas, por todo lo arrojado del pueblo como inservible…” Todo aquel material, incluso el orgánico, se descargaba en los lóbregos patios y cuadras. “A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de una tienda de trapos. El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas largamente cerradas. Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire”. (La Horda).

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Patios, cuadras y las casas propiamente dichas de los traperos fueron descritas por ambos novelistas. Baroja decía del lugar en que se asentaba la casa del señor Custodio: “Entre el puente de Segovia y el de Toledo, no muy lejos del comienzo del paseo Imperial, se abre una hondonada negra con dos o tres chozas sórdidas y miserables. Es un hoyo cuadrangular, ennegrecido por el humo y el polvo del carbón, limitado por murallas de cascote y montones de escombros.”

Mucho más tremebundo, casi rozando lo inverosímil, fue Blasco Ibáñez con la clase de materiales de construcción: “Todos los despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida diaria en Madrid. Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro, servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados, formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos. La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que servía de chimenea.”

El trapero hacía más cosas para incrementar ganancias. Solía criar cerdos, gallinas y conejos, que alimentaba con restos de las comidas que recogía por la ciudad en casas particulares pudientes, pensiones, mercados y fondas. Blasco Ibáñez: “En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos, hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid. Por las puertas entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población.” También no había día en que los traperos conseguían que los obsequiaran con alimentos cocinados o no, pero para su consumo personal. Blasco Ibáñez el caso de una trapera que “al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina.”

La Horda, novela de Vicente Blasco Ibáñez

Fuente: Carlos Viñas-Valle en madridafondo.blogspot.com

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