Merecidas vacaciones

Hay quien dice que “no podemos quedarnos atrás” y por eso tenemos que estar siempre corriendo. ¿De qué carrera hablan? ¿Dónde está ese “atrás” en el que no queremos quedarnos?

En estas fechas, o dentro de muy poco, la mayor parte de la población tendrá un par de semanas de vacaciones, “merecidas vacaciones” como las llaman siempre, sin llegar a plantearse demasiado si nos las hemos merecido o no, ya que el mismo derecho tiene la persona que ha trabajado sin descanso durante meses que la que ha hecho lo mínimo posible. El tener derecho a algo no significa que te lo hayas merecido, pero, dejando aparte este tipo de cuestiones, lo que, en mi opinión, sí que nos merecemos todos, por el simple hecho de ser humanos, y si queremos seguir siéndolo, es un poco de sosiego, de pausa, de reencontrarnos con nosotros mismos, de tener por fin el tiempo necesario para hacer lo que más nos gusta y más nos devuelve nuestra dimensión humana, tanto si se trata de ir a pescar, como de levantarse a mediodía, o leer esos libros que han estado esperando en la mesita desde que nos los regalaron por Navidad o simplemente mirar el horizonte y volver a entrar en contacto con tu propio ritmo y tus propios pensamientos.

Año tras año trato de entender por qué no es posible hacer siempre lo que hacemos en las vacaciones. Me explico: llega agosto (o julio) y de pronto podemos poner un mensaje en nuestro contestador de email diciendo que no estaremos localizables durante dos semanas. Y no pasa nada. El mundo sigue girando, las cosas se arreglan (o no), pero no nos preocupa. Nos sentimos capaces de desentendernos de todo lo que durante el resto del año parecía fundamental, nos quitaba el sueño, nos destruía la salud. Durante ese tiempo de pausa, no nos dedicamos a luchar contra otros colegas para dejar claro quién manda, quién puede o sabe más, quién está encima de quién, quién va a poder escalar un puesto; la ambición duerme o al menos dormita; los planes de futuro se quedan como si dijéramos en stand by hasta septiembre y, sin sentirnos culpables por olvidarnos de nuestro puesto de trabajo y las preocupaciones vinculadas a él, lo dejamos todo de lado y nos concentramos en lo que de verdad nos hace felices: practicar un deporte, viajar, leer, dormir, ver películas, comer, pintar… cosas que expresan quiénes somos, y qué elegimos cuando sentimos que, durante un tiempo, podemos realmente elegir.

Una cosa que me llama la atención es que todos tenemos claro que algo fundamental y que todos necesitamos es ralentizar el ritmo de la vida. Eso se nota en cuanto empiezan las vacaciones y lo primero que se hace es olvidarse del reloj, dormir más o cuando a uno le apetece, ir despacio, comer con calma, charlar largo y tendido con los amigos hasta las tantas de la madrugada. Me encanta que, durante las vacaciones, es muy frecuente estar en una cola y decir: “no hay prisa”, incluso cederle el puesto a alguien que explica que no tiene tiempo. “¡Pobre!”, pensamos, “yo sí que tengo tiempo; estoy de vacaciones”. 

Sabemos que el estrés es perjudicial para nuestra salud física y mental, que la prisa destroza las relaciones entre personas, incluso cuando se quieren, que es absurdo estar siempre corriendo como pollos sin cabeza, siempre moviéndonos de acá para allá, siempre tratando de resolver mil problemas a la vez, todo el mundo pegado a su móvil porque, hoy en día, cualquier lugar se ha convertido en tu puesto de trabajo, porque siempre estás localizable y todo lo que hay que hacer tiene que ser ya mismo. Sabemos que no nos sienta bien, sabemos que no nos gusta, que no queremos que sea así, y, sin embargo, solo nos sentimos capaces de cambiarlo durante los pocos días de vacaciones cuando, de repente, se hace posible porque todo el mundo está dispuesto a aceptar un retraso, una pausa, un ritmo diferente, más tranquilo, más humano.

¿No podríamos introducir de nuevo en nuestra vida cotidiana el concepto de lentitud? ¿Es de verdad necesario que todo suceda tan deprisa? ¿Por qué?

Hay quien dice que “no podemos quedarnos atrás” y por eso tenemos que estar siempre corriendo. ¿De qué carrera hablan? ¿Dónde está ese “atrás” en el que no queremos quedarnos? Por mucho que uno se esfuerce y por poco que duerma, jamás va a poder estar informado de todo lo que pasa en el mundo, ni va a poder leer todos los libros que se publican, ni oír toda la música, ni comer en todos los restaurantes. Tampoco es probable que, por mucho que corras, llegues a conseguir todo lo que puedes imaginar. El trabajo es (o al menos debería ser) una parte de tu vida, importante y, a veces, muy gratificante. Otras veces no, otras veces es simplemente una forma de conseguir el dinero necesario para poder pagar lo más básico y, si es posible, algún que otro capricho -fundamental también, porque son esos pequeños caprichos los que nos hacen sentirnos humanos plenos-, algunas satisfacciones.

Pero el trabajo, en mi opinión, no debería convertirse en un monstruo que nos devora y nos convierte en seres mezquinos que, en ese afán de rendir más, de ganar más, de posicionarse y subir en la escala jerárquica, acaban enfermos, amargados, agresivos contra todo lo que se mueve a su alrededor.

Esta absurda sociedad competitiva que hemos creado, y que cada vez lo es más, nos engaña diciéndonos que nada es suficiente, que siempre se puede tener más, ir más lejos, subir más alto, estar por encima de otros (económicamente, se entiende; los valores humanos no cuentan). Constantemente aparece un modelo nuevo de cualquier cosa: de móvil, de tele, de coche, que es mucho más caro, pero mucho mejor -dicen- y que te marca como triunfador, como alguien que “no se ha quedado atrás”, al contrario de los que “nunca llegarán a nada”.

¿Va una a dedicar su vida a correr sin aliento detrás de lo que no puede alcanzar, persiguiendo el horizonte, que se aleja un paso con cada paso que das? ¿Dónde está el final de esa carrera? ¿Cuándo has llegado? ¿Cuando te jubilas y de pronto tienes que frenar ese ritmo que te ha arruinado la salud?

¿No sería más inteligente, y mucho más práctico, frenar colectivamente, disfrutar más de lo que nos rodea -la naturaleza, la familia, los amigos, la gente en general, las cosas que nos hacen felices- y empezar a construir una sociedad donde a todos nos vaya mejor y eso nos permita ser más amables unos con otros, menos crispados, más tranquilos?

Todo el que ha hecho largas caminatas sabe que la sensación de andar a ritmo humano, consciente de lo que hay a tu alrededor y con tiempo para perderte en tus propios pensamientos, es una gran cosa, algo que cura y te devuelve el equilibrio. ¿Por qué, sin embargo, nos empeñamos en ir lo más rápido posible para llegar antes a muchos lugares en los que no queremos estar?

Habría que intentar que el espíritu de las vacaciones nos acompañe durante el año. No exigirle a nadie, ni exigirnos a nosotros mismos, la máxima rapidez. Antes tardabas una semana en contestar a una carta y no pasaba nada. Ahora, si no contestas a un whatsapp en las siguientes dos horas es una catástrofe. Si no subes una foto a las redes en el mismo momento de suceder lo que sea, luego ya no vale la pena porque ya ha pasado. Siempre hay que ser el primero en todo: en dar una noticia, en tratar un tema, en inventar un nuevo modelo… y si eso te va a costar la salud, el equilibrio mental, la estabilidad con tu pareja o el tiempo con tus hijos o tus padres ancianos, a la sociedad del estrés y la locura le da igual. Ya descansarás en las vacaciones, en esas “merecidas vacaciones” a las que tienes derecho por ley. Durante un par de semanas serás libre, podrás ser lento, podrás reencontrarte contigo mismo y con los tuyos -o al menos intentarlo-, pero, en cuanto se acaben, volverás a la rueda que gira cada vez más deprisa y escupe a los que no se adaptan. ¿De verdad es eso lo que queremos?

Fuente: Elia Barceló en el diario.es
Foto: pxhere.com

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