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Las salas de conciertos han entrado en la UCI

Que Josele Santiago, cantante de Los Enemigos, realice una actuación para 17 personas no es un evento exclusivo sino un estado de extrema debilidad para uno de los sectores culturales que aún no tiene permiso total para salir de la pandemia.

Hace casi dos años desde que un grupo se subió al escenario de la sala de conciertos Musicbox, en Menorca. Cuando se decretó el confinamiento por la pandemia en marzo de 2020, cerró sus puertas como todos los negocios del país pero aún no las ha vuelto a abrir. Con las actuales restricciones vigentes en las Islas Baleares, sin compensación. “Bodas, iglesias y partidos de fútbol sí. Pero si nosotros queremos abrir tiene que ser con gente sentada, con mascarilla y sin poder servir bebidas. Con estas restricciones para nosotros es imposible”, explica a elDiario.es el propietario, Jordi Ribas. Su sala tiene un aforo de 300 personas, pero con el máximo de 75% y el espacio que ocupan las sillas pueden entrar como mucho 150 personas. “Pero tengo que pagar el caché de la banda y los aviones. Y la recaudación de la entrada será para la banda. Baleares, junto a otras comunidades autónomas, ha recuperado el permiso para bailar .

Esas condiciones pueden cambiar de una semana para otra según la comunidad autónoma. Desde el pasado 2 de octubre, en Navarra están permitidos los conciertos en salas con un aforo del 100% y con el público de pie. Por la misma fecha, en Andalucía también se anunciaron nuevas medidas relajadas, aunque según la zona. Por ejemplo, en Granada solo los municipios que tengan menos de 50 casos por cada 100.000 habitantes pueden pasar al nivel 0 de alerta. En la capital se permite el 100% de aforos en museos, eventos culturales y deportivos y la apertura de las discotecas hasta las 6:00 horas entre semana y las 7:00 horas los fines de semana.

Sin embargo, José Gustavo Cabrerizo, director de la sala de conciertos Planta Baja de Granada, no las tenía todas consigo cuando se enteró de la noticia. “Lo he visto en los informativos, pero hasta que no esté confirmado por los abogados y tal, no sé”, comenta vía telefónica. Empezaron con actuaciones a finales de verano, ateniéndose a las restricciones vigentes y más o menos han conseguido mantener una programación estable pese a las sillas, los horarios y el aforo reducido. “Nos adaptamos como podemos. Algunos conciertos sí han compensado en el tema económico, otros no”, comenta. Pero no parar la actividad cultural era algo importante.

Le choca que “se pueda ir apretado en el metro o en los aviones” pero el público no pueda estar levantado en un concierto. Es exactamente la misma paradoja que señala a Roberto Tierz, director de la sala Sidecar de Barcelona. La primera actuación que suspendieron fue la de Víctor Coyote, que estaba agendada para el 12 de octubre de 2020. Desde entonces, silencio. El local, que está dividido en dos plantas, tiene licencia de sala de fiesta, espectáculo y restaurante. La parte de arriba sí está abierta como bar y han organizado algún pequeño concierto. “Estuvo Josele Santiago, el cantante de Los Enemigos, tocando con la guitarra para 17 personas, que era lo que nos permitía el aforo en ese momento”, declara. También matiza que ese tipo de actuaciones reducidas tenían “apoyo de la Generalitat para ayudar a las salas”.

Precisamente, el Govern de Catalunya –a espera de la ratificación del Tribunal Superior de Justicia– ha anunciado que, a partir del 8 de noviembre, el ocio nocturno podrá abrir con el 70% de aforo. Para entrar será necesario enseñar el pasaporte COVID, los resultados de una PCR hecha 72 horas antes o una prueba de antígenos de 48 horas antes. La mascarilla es obligatoria en todo momento, excepto para comer o beber y se podrá bailar en la pista. Según la ASACC (Associació de Sales de Concerts de Catalunya) los conciertos están sin sillas. Tierz asegura que “para nosotros es vital que los conciertos se puedan realizar con el público de pie y con un aforo, como mínimo, del 70%. De no ser así, continuarán siendo inviables económicamente”.

Desde la madrileña sala Wurlitzer, aseguran que “los conciertos siempre han sido deficitarios hasta con el 100% del aforo por lo que respeta a las salas del circuito menos comercial de la música. Así que con un 15, 20 o 30% del aforo… “. En la actualidad, el público tiene que estar apoyado en mesas altas o sentado en mesas bajas. Se puede consumir en las mesas y en la barra, aunque ahí también es obligatorio sentarse. La normativa dice que “hay que procurar respetar la distancia de seguridad. Actualmente tenemos 96 personas de aforo, que es menos del 30% real de la sala y con la distancia no hay manera de acoger a más gente. Así que lo de la ampliación de aforo, y no es que nos parezca mal, solo favorece a los locales de superficie grande “, afirman.

La sala ha estado cerrada 18 meses, aunque la oficina de programación no ha parado en ningún momento. “Estábamos al ralentí, con lo que desde el fatídico marzo de 2020 hemos ido aplazando los conciertos sin saber cuándo, cómo y con qué condiciones íbamos a poder volver a abrir”. Es la misma estrategia que tomaron desde el Sidecar: “vamos dando fechas de cara al futuro y cuando llega la fecha la aplazamos. Ahora estamos dando fechas para diciembre, que suponemos que para entonces estemos abiertos y si no, pues habrá que aplazarlas”, comenta Tierz.

Las restricciones no solo han afectado o afectado a las salas de conciertos. Las bandas también vieron cómo sus actuaciones en directo se congelaban, sin posibilidad de presentar sus trabajos al público y sin ganar ni un euro. Dani Cantó es el responsable, junto a Ana Uslenghi, del sello Snap! ¡Aplaudir!. Llevan bandas como Adiós Amores, Stephen Please o Kiwis y durante estos meses han intentado programar todas las actuaciones posibles, pero no ha sido fácil. “Todos los movimientos de festivales y grandes iniciativas apostaron por los grandes artistas. Nosotras, siendo un sello pequeño que trabaja con mucho con un pequeño artista, quisimos mover a nuestros artistas, así que si nadie monta el concierto, lo hacemos nosotras”, explica. “Hicimos un mapa con diferentes salas, sus condiciones y aforos. Todas eran con sillas, claro. Pero claro, jodido, porque tal sala permite 50 personas pero me pide 200 euros; esta tiene 70 pero me pide 300. Y lo que se gana en los conciertos en la sala se lo damos todo al artista “.

Estos problemas tienen consecuencias que llegan directamente al público. Cantó comenta que tiene que cubrir los gastos de los viajes y la banda tiene que ganar algo de dinero, pero como no se genera, el precio de las entradas acaba subiendo. “Creo que la gente tiene conciencia de que tiene que ser así porque se necesita el dinero, aunque es verdad que el público se está cansando de pagar 15 o 20 euros por estar en una silla. Y es un freno importante para el público joven. Hemos luchado muchísimo para que gente de 18 a 24 años vaya a conciertos, pero si ahora ponemos precios de 15 euros, cuando no tienen dinero y están bebiendo latas en la calle, pues ya está. a tener cultura, hay gente que no ha ido a conciertos nunca “, sostiene.

Sandra García es road manager del grupo Mafalda y miembro de la cooperativa cultural valenciana Gola Seca y explica que: “las bandas tienen mucho miedo a salir a salas porque el público no responde igual sentado”. “De hecho, yo misma como público igual me lo pienso dos veces”, añade. Cree que en el momento en el que las sillas desaparezcan el circuito se va a mover más, pero el sector tiene otro problema y es que está muy ligado al alcohol. “Si tienes un público sentado pero tiene acceso a una barra, es casi mejor que si dejas al público de pie pero no tiene barra”.

Cantó coincide con el planteamiento. “Hemos caído justos por pecadores porque se entiende que en un concierto la gente se puede descontrolar. Y en Barcelona, ​​precisamente, en muy pocos conciertos se lía porque el público no baila. Pero bueno, ya llegamos tarde si lo que queremos es desvincular la música del alcohol “. Para él no ha habido ninguna voluntad de experimentar con el formato de los conciertos, algo que podría haber ayudado a que el sector se mantuviese en activo. “Yo puedo ver un concierto sentado dependiente de la música. Porque en un concierto de electrónica, por ejemplo, me quiero morir”, afirma. Según su experiencia “las bandas tienen ganas de actuar porque si no tocas cómo le vas a decir después a un festival que quieres tocar allí. Las salas se necesitan para toda esa rueda”.

García quiere señalar una consecuencia muy importante que ha derivado de toda esta situación y que no se contempla demasiado: la desigualdad de género dentro del sector. “Que haya carteles en los que solo hay hombres está a la orden del día, pero cuando vienen estas crisis obviamente a unos se les machaca más que a otros. Y en ese caso, si las mujeres ya eran invisibles, después de esto lo son muchísimo más. Antes montaban un festival y decían bueno, voy a meter a un par de mujeres o tres para que no me digan nada, en plan cuota. A no ser que sea una cuestión política, como cuando tocamos en la fiesta del Partido Comunista de Madrid, donde sí que había una cuota de género alta, se lo pasan por el forro. Siempre ha sido así, pero ahora más “. Y para Dani Cantó, también ha habido un retroceso en esta y otras cuestiones sociales relacionadas con la música en directo. “Toda posibilidad de cambio como crear espacios, programar gente diversa, otros públicos o bandas jóvenes está pendiente de un hilo. Todo lo que consiguió las chicas de recuperar la pista de baile y generar colectivos, fuera”.

Fuente: Carmen López en eldiario.es

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En Carabanchel, decir concierto de rock, es decir Gruta 77… hoy como homenaje, os incluimos estos cuatro vídeos que ha publicado El Indio en el @gruta77madrid… Vamooossss..!!!

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