La Comunidad de Madrid, esa macrogranja de la corrupción

Es lo que han mamado los actuales dirigentes del PP, todos ellos jóvenes criados a los pechos de Esperanza Aguirre y esos veteranos. Corrupción y corrupción. Mirar hacia otro lado. Acusar al compañero, espiarle, ponerle zancadillas, tirarle por el barranco.

Pobres políticos corruptos, qué dura es su vida en la Comunidad de Madrid. Son y han sido tantos, de tan variado pelaje, señores y señoras, jóvenes y maduros, tontas y listas, zafios y educados, decenas y decenas a lo largo de unos pocos años, justo desde que Esperanza Aguirre creara esa enorme macrogranja de corrupción que es la Comunidad de Madrid con aquel sonado bautizo que se dio en llamar el tamayazo. Desde entonces, sus tiernas criaturas han tenido que vivir hacinadas, luchando a brazo partido con su vecino para alcanzar siquiera algunas gotas de la ubre pública que les daba sustento, de tantos como eran.

Porque al final de la vaina, como ya demostró y sigue demostrando elDiario.es, todo se reduce a qué hermano, padre, pariente cercano o primo lejano, vecino de playa o amigo del pueblo de vacaciones cobró tanto o cuánto, que ya ni tan siquiera son capaces de saber lo que se han llevado para la butxaca, que la operación, por repetida, no debe ser sencilla de hacer ni con la calculadora del teléfono. ¿300.000, dice uno? ¿55.000, dice la otra? ¿Quién era testaferro de quién? Gasten unos y otras sus últimas horas en mentir lo que quieran, pero la cosa se va a poner seria, muy seria, porque ya ha entrado al trapo la justicia, con sus fiscales y sus policías judiciales con el bisturí en la mano. Atenta la santa compaña, que a partir de ahora todo lo que digan puede ser usado en su contra.

De verdad que da rubor ser ciudadano de esta Comunidad y tener que vivir, otra vez, el deplorable espectáculo de ver cómo los políticos que nos representan -a unos más, a otros menos- se pelean a garrotazos, y esta batalla que vivimos entre Casado y Ayuso, García Egea y Miguel Ángel Rodríguez, es a muerte y sin hacer prisioneros, por muchas diferencias políticas o ideológicas de las que quieran hacer gala, solo por presumir, pero que en el fondo se reducen a algo muy cercano a la delincuencia o, cuando menos, a la absoluta indignidad y falta de ética. ¿Lucrarse con mascarillas en mitad de la pandemia, con ciudadanos muriendo como moscas? Qué nos importa el Congreso del partido. Lo importante es lo importante. 

Y es que recuerden de manera breve lo que nos ha dado la macrogranja: presidentas, lo importante no eran las cremas, era el título inexistente, vicepresidentes, consejeros siempre próximos a la presidenta, alcaldes, diputados regionales, concejales, amén de los espectáculos que nos han ofrecido las policías paralelas, los espías tipo Mortadelo y Filemón o, y vamos cerrando la lista, que se nos hace interminable, los tránsfugas fantasmales que sentaron las bases de lo que vendría después. ¿De qué nos sorprendemos ahora, si llevamos años viviendo en esta cloaca?

Y eso es lo que han mamado los actuales dirigentes del PP, todos ellos jóvenes criados a los pechos de Esperanza Aguirre y esos veteranos que hemos citado. Corrupción y corrupción. Mirar hacia otro lado. Acusar al compañero, espiarle, ponerle zancadillas, tirarle por el barranco. Vamos, el circo que estamos viendo en estas horas, con los medios de la derecha montaraz apostando por su caballo preferido -el que más pasta les haya dado, no se llamen a engaño, que aquí nos conocemos todos- y mirando de reojo al contrario, no vaya a ser que al final gane quien no queremos y nos quedemos sin chiringuito. 

Quién perderá esta guerra cruenta y fratricida, nos preguntamos todos. Es pronto para decirlo, pero si los ciudadanos tuviéramos un mínimo de decoro y decencia, no dudaríamos en saber lo que debería ocurrir. De entrada, el primer perdedor debe ser el de las manos largas. Ése, o ésa, a la calle o a la cárcel si fuera menester. Y detrás, por el mismo callejón, el jefe que lo supo desde hace meses y calló como un muerto. Como un muerto mafioso, para ser más exactos. 

Fuente: José María Izquierdo en eldiario.es

Foto: madrid.org

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