“La cárcel, se decía, era la universidad del obrero, pero de la obrera no”

La patada en los huevos como defensa personal no figuraba en la extraescolares del  colegio de monjas donde Begoña San José se educó entre los 4 y los 16 años, así que cuando intentó ponerla en práctica contra el policía franquista de paisano que le echó el guante un día de octubre de 1973 no atinó. La joven, que de aquella trabajaba en la fábrica de bombillas Osram, salía de un piso de Moratalaz donde se había celebrado una reunión clandestina de las Comisiones Obreras del metal. Pasó tres días detenida en los calabozos de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, y tras pasar por el Tribunal de Orden Público, fue trasladada al pabellón de mujeres de la cárcel de Carabanchel, donde estuvo presa durante un mes.

“En los últimos años del franquismo se desató una represión feroz contra CCOO”

“En los últimos años del franquismo se desató una represión feroz contra CCOO y se producían muchísimas  detenciones. Las primeras veces que repartí propaganda de CCOO en la calle estaba aterrorizada, no pegaba ojo la noche anterior del miedo que tenía. Recuerdo que a un compañero, Tranquilino, el de la ‘Constru’, le detuvieron hasta 17 veces”, rememora Begoña, primera secretaria de la Mujer de CCOO, histórica del movimiento feminista, concejala del Ayuntamiento de Madrid por IU entre 1991 y 1995, y secretaria de Ayuntamiento como funcionaria hasta su jubilación. 

Hija de una familia conservadora, había empezado a estudiar Ingeniería Agrícola. Su caída del caballo se produjo durante un verano que se marchó a trabajar en la conserva a la localidad murciana de Molina de Segura. “Las condiciones de trabajo era como en el siglo XIX, de Dickens, durísimas y con ese calor tremendo que hace allí. Tenía compañeras con mucha conciencia de clase. Había una chica que se llamaba Rosario que repetía ‘coñe, que somos personas’, y decir aquello en medio de aquel embrutecimiento se convirtió en un grito de rebeldía”. Al regresar, abandonó la casa familiar, encontró empleo en Osram y se afilió a CCOO.

“Las condiciones de trabajo era como en el siglo XIX, de Dickens, durísimas”

Las dos veces que estuvo en prisión fue por su actividad sindical. Su primera noche en la celda del pabellón de mujeres de Carabanchel la pasó junto a otras dos reclusas, una detenida por ejercer la prostitución en la zona de la calle de La Ballesta y una empleada de hogar acusada de cómplice de robo. “Se les olvidó apagar la luz a las funcionarias y no pegamos ojo en toda la noche, nos la pasamos las tres contándonos nuestra vida”. Calcula que eran en total una treintena de presas, la inmensa mayoría acusadas de prostitución. Se las detenía a ellas, no a los clientes, y les aplicaban la Ley de Peligrosidad Social. Allí aprendió que en el mundo de la prostitución también hay categorías. A las que ejercían en Doctor Fleming casi nunca las detenían porque era una zona de lujo a la que acudían muchos americanos de la base de Torrejón, o que en Navidad aumentaban las detenciones para evitar que los padres se apartaran de su deber cristiano durante las fiestas familiares.

“No podíamos leer ni estudiar y solo salíamos del pabellón para tirar la basura”

Cuenta que las condiciones de habitabilidad eran deplorables. Estaban hacinadas, la higiene era penosa, no había casi duchas, muchas sufrían enfermedades de transmisión sexual y no había servicio médico, y el único sitio en el que podían estar era el comedor porque las celdas solo las abrían para dormir. “En el año 73 la cárcel de mujeres era muy diferente a la de los hombres. Para empezar estábamos mezcladas políticas y comunes y eso tenía consecuencias. Los presos políticos habían logrado algunas reivindicaciones que no se aplicaban a las presas. La cárcel, se decía, era la universidad del obrero, pero de la obrera, no. Nosotras no podíamos leer ni estudiar y solo salíamos del pabellón para tirar la basura, era nuestro único espacio de libertad”.  En ese momento había en Carabanchel tres presas de CCOO. Además de Begoña, estaban Ascen Marín, trabajadora de Standard Eléctrica, a la que habían detenido también en la redada de Moratalaz, y Pamela O’Malley, profesora del Colegio Británico, afiliada al PCE y cofundadora de la Sección de Educación de CCOO.

En su segunda detención, tan solo un año después, en 1974, las cosas eran bien distintas. Para entonces la prisión de mujeres se había trasladado a Yeserías con el nombre de Centro Penitenciario de Detención Asistencial de Mujeres, y respecto al contexto político se habían producido dos acontecimientos significativos: un incremento notable de las presas políticas en España y la Revolución de los Claveles en Portugal, el 25 de abril de 1974. 

“La Revolución de los Claveles tuvo una enorme influencia en la movilización en España”, comenta Begoña. “En Portugal se había abierto una investigación por torturas y represión ilegal a la policía política, la PIDE, y en las manifestaciones gritábamos ‘Social, acuérdate de Portugal’. A la policía española le sentaba fatal. A mí me preguntaban en los interrogatorios si yo era de las que gritaba esa consigna. ”.

“La gente se hacía hoces y martillos con pegatinas y se los pegaba en el mono de trabajo”

En la segunda vez que la encarcelaron se encontró con muchas más presas sindicalistas. “En Carabanchel éramos tres, pero en Yeserías ya había decenas de reclusas sindicalistas y políticas. Recuerdo que en una sola redada en la Iglesia del Dulce Nombre de María detuvieron a decenas de mujeres de la ORT. Aquí coincidió con la dirigente comunista Pilar Brabo, “que nos echó la bronca porque decía que nos pasábamos el día haciendo calceta y no parecíamos presas políticas. Nos animó a exigir al director de la prisión una sala para poder estar en silencio leyendo y estudiando, y la conseguimos. Entonces para los presos y presas políticas lo de leer y estudiar era una religión. Marcelino Camacho lo repetía siempre, hay que leer y estudiar”. 

La muerte de Franco en 1975 la pilló trabajando en la fábrica de pinturas Urruzola Glasurit. “La gente se hacía hoces y martillos recortando  pegatinas y se los pegaba en el mono de trabajo. ‘Esto, por mi padre’, decían los compañeros. Había mucha indignación por la terrible represión que se produjo después de la guerra”.

“Ser de CCOO”, concluye, “era estar con la gente que tenía idealesque cambiaba las cosas, con la gente que luchaba contra el franquismo. Y ahora CCOO navega en medio de un cambio enorme del mercado de trabajo y también está demostrando que tiene brújula. El mantra neoliberal de que individualmente podemos mejorar nuestra vida es una mentira como una catedral

Fuente: Dirección: Luis Lombardo. Texto: Alejandra Acosta. en madridsindical.es
Foto: Fran Lorente

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