El trabajo hace enfermar debido a las muchas exigencias y el poco control

La crisis sanitaria ha duplicado el riesgo de alta tensión laboral, un concepto que relaciona las obligaciones del puesto de trabajo con la autonomía de la persona empleada, y que multiplica el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares o mala salud mental, sobre todo en algunas profesiones. Los cambios organizativos y una menor carga de trabajo ayudarían a disminuirla, pero de nuevo se está optando por reducir plantillas y reproducir una división jerárquica que los investigadores consideran arcaica.

La crisis económica derivada del coronavirus quizás sea nueva, pero su impacto en la salud de la población trabajadora no resulta novedosa. La respuesta elegida por la mayoría de las empresas, de momento, tampoco parece que vaya a cambiar: recorte de plantillas, bajada de salarios o más carga laboral entre quienes se quedan. La experiencia de la anterior crisis y los estudios sobre los efectos laborales de la pandemia invitan a pensar en un panorama de mayor inseguridad y precariedad entre la clase trabajadora, en un contexto de modelos organizativos rígidos que dan poco margen de maniobra a quien tiene cada vez más exigencias y no ha terminado de superar los efectos de una crisis económica para meterse en otra: el trabajador.

“En el trabajo, el problema para la salud no es tanto qué haces sino cómo lo haces”, resume Salvador Moncada, del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud de Comisiones Obreras

La relación entre control y exigencia en un empleo es lo que en el ámbito de la salud psicosocial se conoce como alta tensión. “En el trabajo, el problema para la salud no es tanto qué haces sino cómo lo haces”, resume Salvador Moncada, del Instituto Sindical de Trabajo, Ambiente y Salud de Comisiones Obreras (ISTAS – CC OO). “Tú puedes tener un margen de maniobra, de autonomía y de autoridad o no tenerlo. Eso dependerá no tanto de lo que tengas que hacer, sino de cómo lo tengas que hacer, y por eso el control es muy importante”. Ante una situación de mucha exigencia en el trabajo —ya sea desde un punto de vista cuantitativo o emocional— y poca capacidad para tomar decisiones, se produce un desequilibrio cuyos efectos no son banales: “Es un predictor de problemas de salud serios, porque hablamos de duplicar la mortalidad por infarto y más que duplicar el riesgo de mala salud mental”, reseña el investigador. 

EN LA PANDEMIA SE DISPARA

La reciente investigación Condiciones de trabajo, inseguridad y salud en el contexto del Covid-19 (COTS), realizada por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y el ISTAS CC OO, apuntaba los efectos de la pandemia sobre este concepto de alta tensión y mostraba un incremento preocupante de la misma entre la población asalariada: mientras según la última Encuesta de Riesgos Psicosociales —2016— el 22,3% de la población asalariada se encontraba en situación de alta tensión en el trabajo, la encuesta COTS revelaba que el porcentaje se duplicaba, alcanzando al 44,3%.

“Si la alta tensión en este país ya es elevada y no jugamos a bajarla sino a duplicarla, el precio va a ser alto”, advierte Moncada. Se refiere a que el riesgo atribuible de la alta tensión a enfermedades cardiovasculares ya ascendía al 5%, mientras que el de sufrir mala salud mental, como trastornos de ansiedad o depresión, se ubicaba en torno al 20%. “Hay 120.000 muertes cada año por enfermedades cardiovasculares en España, así que vete haciendo números”. La literatura científica también relaciona este fenómeno con crisis asmáticas, procesos alérgicos y diversos trastornos músculo-esqueléticos.

El miembro de ISTAS se refiere a este fenómeno como “la nueva pandemia” y hace referencia a cómo la crisis del coronavirus ha acentuado las desigualdes sociales existentes, también en el trabajo: entre los grupos más expuestos a la alta tensión, ocupaban un alto porcentaje el de personas con dificultades de cubrir las necesidades básicas del hogar (55%) y trabajadores manuales (51%), según el estudio COTS.

También entre las mujeres esta situación se producía con más frecuencia, y el motivo guarda relación, introduce Clara Llorens, investigadora del ISTAS, con los puestos desempeñados: los dos colectivos con mayor grado de alta tensión son los de personas trabajadoras en tiendas de alimentación o productos básicos y el de auxiliares de geriatría, ambas profesiones altamente feminizadas y en primera fila durante la pandemia.

Aunque el coronavirus obligó a fijar la mirada en las residencias, donde la gestión de comunidades como la de Madrid llevó a familiares de fallecidos en los centros a interponer acciones legales, el problema venía de lejos. “Antes de la pandemia nuestra situación ya era mala, y llevamos años denunciándolo, pero el covid-19 lo agravó. Podía haber sido ese virus o una gripe: faltaba personal y los cuatro gatos que éramos no sabíamos ni qué hacer”, lamenta María Ángeles Maquedano Vaquero, gerocultura en residencia Parque Coimbra. En todos los años que llevan de lucha colectiva, las trabajadoras de este centro han reclamado siempre lo mismo: “Más personal, más personal, y más personal”.

DESPEDIR PARA AHORRAR

La reducción de plantillas es, para Clara Llorens, investigadora del ISTAS y coautora de la encuesta COTS, un aspecto clave que se viene arrastrando desde la anterior crisis financiera, y que guarda estrecha relación con el aumento de niveles de alta tensión: “Se perdió mucho empleo —que nunca se ha llegado a recuperar del todo— y las personas que continuaron tenían unas exigencias mucho mayores fruto de ese recorte en las plantillas, con lo que asumían mucha más carga laboral de la que podían”, contextualiza.

Otro resultado de estos recortes de personal, ejemplifica Llorens, es que en las grandes superficies es habitual que las personas empleadas sufran constantes modificaciones de horarios y no puedan tener ningún tipo de planificación, algo que afecta a su salud. “Aquí se compite a partir de costes bajos de manos de obra, no de tener una tecnología muy eficiente”, defiende Llorens. Moncada apoya esta afirmación: “La clase empresarial española aspira a competir con Pakistán, no con Alemania”.

Por eso proliferan las empresas de multiservicios, tan denunciadas por las camareras de piso, o los contrarios estivales tan precarios entre jóvenes; y por eso también la economía sumergida tiene tanto peso en España. “Somos las manos de Europa, no la cabeza”, resume la investigadora. Manos que salen, añade, extremadamente baratas por la reforma laboral: “Como nuestra legislación ha permitido tanta flexibilidad, ya sea a través del número de contratos o de horas, cada vez se ha ido aumentando la discrecionalidad empresarial en este sentido y reduciendo el poder del trabajador”. Al final todo es parte, dice, de lo mismo: una forma de gestión basada en la explotación laboral en la que se aprovechan posibilidades como la distribución irregular de la jornada o los contratos temporales.

Según la última Encuesta europea sobre las condiciones de trabajo, de 2015, España era el país en el que la contratación temporal era más frecuente —dos de cada diez— y, después de Eslovenia, en el que con más frecuencia los encuestados respondían que podrían perder su trabajo en seis meses: entonces era un 26% pero, según el informe COTS, durante la pandemia este temor se había incrementado al 46%. Para Maquedano, esta inseguridad es la que hace que colectivos como el suyo acepten la precariedad: “En las residencias hay muchas mujeres que pertenecen a determinados grupos sociales a los que sí o sí les hace falta el dinero, y aunque sean 800 o 900 euros, te callas y haces el trabajo. Se aprovechan de eso y saben muy bien a quién contratan”.

MODELOS JERÁRQUICOS

“Es como trabajar siempre con la guillotina encima de la cabeza”, ilustra la auxiliar de geriatría, que no se muestra extrañada porque la suya sea una de las profesiones donde más han sentido empeorar su salud durante la pandemia —47%— o mayor niveles de alta tensión laboral —62,9%— hayan registrado. “Quienes trabajamos en una residencia no vivimos en un estado de derecho, vivimos en una dictadura horrible”, añade. En su centro, narra, las trabajadoras sí han conseguido un cierto grado de autonomía, pero en general el sector trabaja de una forma rutinaria, con muchas exigencias —no solo cuantitativas sino también emocionales— y poco control sobre su puesto: “Si me obligas a tener unos tiempos con personas totalmente dependientes, no voy a hacer nunca bien mi trabajo, y eso para mí supondría venir todos los días a mi casa destrozada”. El de las gerocultoras es uno de los colectivos que más psicofármacos consumen. 

“El problema no lo ha originado la pandemia, viene de muy atrás y está muy sólidamente arraigado en este país, y es la mirada a la organización del trabajo desde esta posición de poder autoritaria heredada del franquismo”, defiende Moncada.

Que el asunto del control de la persona empleada sobre su puesto de trabajo es relevante lo demuestra el hecho de que otras profesiones que han tenido un elevadísimo nivel de exigencia durante la pandemia no salen tan mal paradas en el aspecto de la alta tensión, como pueden ser el colectivo médico o profesionales de enfermería. “En los hospitales, los médicos han tenido mucho trabajo, pero la señora de la limpieza también. La diferencia es que el margen de autonomía de la señora de la limpieza es inexistente. Por eso los más afectados son los últimos de la fila, y sobre todo las últimas de la fila, porque al control ni se le vio ni se le espera”.

“Esto tiene que ver con las prácticas de gestión laboral tan arcaicas que son o bien un ‘ordeno y mando’, o bien la división radical entre unos puestos de trabajo que se dedican a diseñar cómo tienen que trabajar otros, por lo que esas personas no pueden aplicar sus habilidades o conocimientos”. Pone el ejemplo de una auxiliar de geriatría, que generalmente tiene que cumplir una ruta diaria y cuenta con muy poco margen de maniobra para decir cómo hacer su trabajo. “Y eso le pasa a una gerocultora, a una trabajadora del call center o a un repartidor”, concluye Moncada. 

“La poca autonomía que nos vende a nosotros Deliveroo es que con una bicicleta y un móvil podemos trabajar, y que si queremos rechazar 100 pedidos podemos hacerlo, pero es mentira”, afirma Pepe Forés, repartidor y miembro del colectivo Riders x Derechos València

“La poca autonomía que nos vende a nosotros Deliveroo es que con una bicicleta y un móvil podemos trabajar, y que si queremos rechazar 100 pedidos podemos hacerlo, pero es mentira”, afirma Pepe Forés, repartidor y miembro del colectivo Riders x Derechos València. El suyo es el tercer grupo que, según la encuesta COTS, registró mayor alta tensión durante los peores meses de pandemia, donde fueron declarados servicio esencial “por presiones de la CEOE”, según lamenta Forés. Al repartidor también le cuadra la posición de su colectivo en el informe de la UAB e ISTAS, y hace mención a la práctica de “cazar horas”: Glovo funciona por puntuación, y cuantas más puntuación tenga el rider, más hora trabaja porque se le asignan más pedidos. Por eso quiens empiezan tienen muchas menos horas que los que llevan tiempo en la plataforma. “Hay gente que a lo mejor se pasa cinco horas al día pendiente del teléfono a que salgan esos avisos, y eso es un nivel de estrés impresionante”. A eso se le suma la competición, critica Forés, que potencian las plataformas entre los repartidores con el tema de las puntuaciones.

El apoyo social de compañeros y jefes dentro de la empresa también condiciona este fenómeno. “Si la forma de gestionar la plantilla está basada en individualismo y competitividad, encontrar ayuda será complicado. Si es más cooperativa, resultará más sencillo, porque no se trata de una cuestión de personalidades individuales, sino de formas de organización”, resume Moncada. Por eso, aunque no existe una solución rápida ni universal para disminuir la alta tensión en el trabajo, sí hay dos principios que, en caso de aplicarse, harían que el riesgo de enfermar en el puesto laboral disminuyera: justicia y democracia. “Dar una vuelta a la forma que tenemos de mirar el trabajo”.

Algo que ya han hecho Forés y un grupo de repartidores de València que está formando la cooperativa Rodant, que pretende ser una alternativa a las prácticas de las grandes plataformas de reparto a domicilio, pero no solo: “La diferencia es que en Rodant nosotros sí vamos a organizar nuestro trabajo. Glovo o Deliveroo nos vendían que podríamos hacerlo, pero es falso”. Y es que aunque ha habido tiempo (más de 40 años, desde que empezó a investigarse con más ahínco) para que las empresas busquen soluciones a este problema, reseña Moncada, no se ha hecho nada. Para él, la pandemia simplemente ha puesto sobre la mesa una forma de organización del trabajo que pone en riesgo la salud de los trabajadores y que tiene un impacto enorme precisamente por ser algo modificable. “Tú no puedes cambiar el factor genético en el riesgo a una enfermedad, pero esto sí. Y resulta que no la reducimos sino que la multiplicamos. Ése es el escándalo”. Fuente: Lis Gaibar en elsaltodiario.com

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