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El 47 | De Atocha a Carabanchel Alto

Por mucha ciudad que se piense, Madrid es también un zoco, un pueblo más con su feria a la portuguesa

Se publica estos días Ciento un autobuses de Madrid (Abada), de Carlos Alberdi. Un volumen que reúne ciento un trayectos de otras tantas líneas de autobús de Madrid, cuyo recorrido sirve al autor para historiar y descifrar una ciudad que no cesa de cambiar pero de la que desvela su trama oculta por medio de una topografía histórica y cultural a menudo sorprendente. El resultado es una guía insólita de Madrid, una original y muy recomendable propuesta de aproximación a la ciudad desde una perspectiva a la vez obvia y sin embargo inesperada. Buena parte de las piezas reunidas en Ciento un autobuses de Madrid se publicaron por vez primera en CTXT, donde damos ahora, para celebrar la publicación del libro, un bonus track, una pieza adicional, ilustrativa de su tono amable, ameno, erudito y dilucidador.

El 47 sale de la calle Tortosa, una calle corta de una sola cuadra entre el paseo de las Delicias y Méndez Álvaro, junto a la estación de Atocha. Le acompañan en esa calle el 55 y el 247. El 55 va hasta Batán cruzando Carabanchel por la avenida de Oporto, la Oca, Valvanera y enroscándose al parque de la Cuña Verde de Latina que le lleva, cuesta arriba, hasta cruzar del otro lado de la carretera de Extremadura y vivir un par de paradas junto a la Casa de Campo. El 247 es un ramal del 47. Hacen el mismo recorrido hasta el inicio de la avenida de Abrantes y, en la plaza de Setúbal, se interna por Pelícano para llegar hasta la colonia de San José Obrero junto a la tapia de Vista Alegre. La calle Tortosa tiene sus bares y sus hostales con cierto aire a barrio de estación de los de antes, cuando no había todavía alta velocidad. Un aire prestado del mundo de los expresos y de los rápidos que ya no va más, pero que todavía mantiene sus secuelas. De Tortosa, la capital del bajo Ebro, y de su historia no queda nada sí es que alguna vez lo hubo.

La calle Tortosa tiene sus bares y sus hostales con cierto aire a barrio de estación de los de antes, cuando no había todavía alta velocidad

El 47 arranca y antes de tocar a Méndez Álvaro ya está girando por Rafael del Riego, junto al enorme colegio Menéndez Pelayo que, con sus cierres verdes y su ladrillo visto, es una de las grandes escuelas de la República y sigue congregando a la chiquillería, en las horas de entrada y salida, de modo que el autobús tienen que extremar su prudencia. Rafael del Riego es de esas calles de Madrid con potente arbolado y una parroquia medio disimulada entre las casas, Nuestra Señora de las Angustias, una advocación razonable para un personaje que ha pasado a la historia por su himno y que murió ahorcado y despedazado sin llegar a cumplir cuarenta años.

La calle trasmite paz y el 47 la recorre hasta llegar a Áncora, que dicen que lleva ese nombre por una industria que había por allí. Estamos en el barrio de Palos de Moguer y, una vez cruzado el paseo de las Delicias, Áncora pasa a llamarse Palos de la Frontera. El asunto tiene su complicación. Palos de Moguer no existe. Algunos cronistas de Indias escribieron de oídas y juntaron los nombres de dos pueblos cercanos en la desembocadura del río Tinto: Palos y Moguer. De Palos salió la expedición de Colón, pero los escritores pusieron “de Palos de Moguer” y construyeron un lugar imaginario con el suficiente éxito como para que Madrid le dedicara una calle en la segunda mitad del siglo diecinueve. Los vecinos de Palos, como es natural, se indignaron y comenzaron sus protestas. Para empezar se cambiaron el nombre y se rebautizaron como Palos de la Frontera para marcar las distancias. Luego escribieron a la villa y corte pidiendo lo que tenían que pedir. Por fin, en los años sesenta del siglo veinte, el Ayuntamiento madrileño accedió a renombrar la calle Palos de Moguer como Palos de la Frontera y el Metro también cambió el nombre de su estación. Sin embargo, todavía el nombre del barrio sigue siendo Palos de Moguer, a pesar de las cartas que siguen llegando al Ayuntamiento desde Palos de la Frontera. Durante un tiempo estuvo allí la estación sur de autobuses. El 47 gira a la izquierda para tomar Batalla del Salado mientras ve de lejos el precioso edificio que fue fábrica de bombillas Osram y es ahora Empresa Municipal de la Vivienda. La historia de este lugar inexistente nos habla de que el mejor escribano echa un borrón, de que lo escrito permanece, a veces en exceso, y de que a las administraciones les cuesta rectificar, aun cuando todo esté claro. Hoy en día tanto Palos como Moguer se dedican a la fresa y otros productos de invernadero con gran éxito. La batalla del Salado es una superviviente del siglo catorce. Sucedió junto a Tarifa, en el extremo sur de la península, y enfrentó a Castilla y Portugal con los benimerines, que tenían su capital en Fez. Eran los tiempos de Guzmán el Bueno, pero sobre todo eran los tiempos de Alfonso XI, bisnieto de Alfonso X el Sabio, y famoso por haber tenido dos mujeres. La legítima fue una princesa portuguesa y la otra una belleza sevillana. Con la legítima, María de Portugal, tuvo a Pedro I el Cruel. Con la sevillana, Leonor de Guzmán, tuvo a los hermanos Trastámara que acabaron imponiéndose. Cuando murió Alfonso XI, la portuguesa hizo prisionera a la sevillana y la llevó a Talavera, donde mandó que le cortaran la cabeza.

El 47 apenas ha empezado su recorrido y ya lleva dos penas de muerte en la mochila. Batalla del Salado es una calle llena de autobuses desde que el Paseo de las Delicias se hizo de dirección única. Lo más relevante hasta llegar a Embajadores es un enorme cuartel de la guardia civil que en tiempos estuvo dedicado a la caballería y ahora lleva otros asuntos menos vistosos. Por Embajadores se llega a la plaza de la Beata Mariana y desde allí los autobuses tienen habilitado un carril especial para llegar hasta Legazpi. Los restos de la Beata descansan en las Mercedarias de la calle Valverde y todos los diecisiete de abril la muestran públicamente. A la Beata se le atribuye la frase De Madrid al cielo y, aunque su memoria ha decrecido, su glorieta sigue siendo un lugar importante, preámbulo o secuela de Legazpi, y secretamente próximo a la cárcel de mujeres de Yeserías, que se oculta en las inmediaciones.

El tramo entre la Beata y Legazpi está marcado de un lado por una casa insólita, que se da un aire con ciertas construcciones del País Vasco, y del otro por la colonia del Pico del Pañuelo, que tiene mucha personalidad y que responde a una iniciativa de casas económicas de principios del siglo veinte que no ha acabado de encontrar su lugar en el nuevo Legazpi.

Pero no es lo único que no ha encontrado su lugar en el nuevo Legazpi. Desde que desaparecieron los grandes mercados, el barrio no acaba de saber a qué carta quedarse. Cambiaron también de sitio la salida de Madrid por la carretera Andalucía y la incomodidad se agravó. Plantaron un gran centro cultural llamado Matadero, todavía a medio hacer. Pusieron unos grandes Pegasos con una importante historia detrás y prometieron hacer algo con el mercado de verduras. Dejaron crecer una torre al fondo de la calle Maestro Arbós junto a la M-30 y se supone que algún día Legazpi asumirá todos esos cambios, pero por ahora, entre la gran gasolinera y la parada de taxis, los aires que se respiran son de pueblo grande. El 47 pasa presuroso y sólo recupera comodidad al cruzar el río y ver los puentes con forma de canoa invertida. Una comodidad que dura poco, quizá algunos elementos de la glorieta de Cádiz ayudan algo, y desaparece por completo cuando se enfrenta a la cuesta de Marcelo Usera, una calle que el 47 recorre por completo con sus numerosas casas de juego, sus bocacalles chinas y su placita de Julián Marías que nadie sabe cómo ha podido acabar aquí, siendo Madrid tan grande. Usera es un barrio apretado y don Marcelo puso calle a la familia. Están Amparo Usera e Isabelita Usera. De un tiempo a esta parte lo han colonizado los chinos y la gente viene a comer a los restaurantes de la zona que son más baratos y más auténticos que los chinos del resto de barrios de la ciudad. A partir de Rafaela Ybarra la calle cambia, los árboles son más grandes y los bloques no están tan apretados los unos con los otros. Es una colonia de los años sesenta que diseñó Aburto y por ella el 47 desemboca en la plaza Elíptica.

Hay que decir que el 47 y su ramal, el 247, son los únicos autobuses que desembocan en la plaza Elíptica después de recorrer por completo la calle Marcelo Usera. A eso le da mucha importancia una crónica anónima que aspira a explicar Madrid a partir de la unión de la Ciudad Lineal y la plaza Elíptica. Dicha crónica conecta los recorridos del 113, el 8 y el 247. El 113 sale de la plaza de Ciudad Lineal, recorre la calle Alcalá y cruza La Elipa, Moratalaz y Vallecas. El 8 se empareja con el 113 en el límite entre Moratalaz y Vallecas y conecta con el 47-247 bajando hacia Legazpi. Estos tres autobuses, además de conectar lo lineal y lo elíptico de Madrid, tienen una gran fuerza numérica. El 113 es el subterfugio que utiliza la EMT para tener y no tener un autobús con el número trece. El 8, dos al cubo e infinito si se tumba, cubre a los pares como ninguno y la pareja 47-247 combina un número primo, de tanta gracia como el 47, con otro, el 247, que puede parecer primo a primera vista, pero que luego es, nada más y nada menos, que trece veces diecinueve o diecinueve veces trece.

Una crónica anónima pretende que lo lineal y dentro de lo lineal lo elíptico constituye la sustancia de Madrid

Pero esa crónica anónima de Madrid, las iniciales R.F. no nos dicen nada, pretende que lo lineal y dentro de lo lineal lo elíptico constituye la sustancia de Madrid. Según su autor la sustancia lineal de la ciudad se concreta en su red de Metro y en el despliegue de la Empresa Municipal de Transportes. Todas esas líneas desplegadas y la intuición de Arturo Soria de denominar ciudad lineal a la ciudad moderna se completa con la centralidad de la Elíptica, que en lo geométrico nos transporta a la manera de dar vueltas de la tierra alrededor del sol, en lo literario a la elipsis, que es la forma de decir sin decir y de manejar los silencios bordeando la ignorancia sin caer en ella, y, en lo filosófico a la capacidad de relacionar y generar nuevos espacios que proporciona el doble foco de la elíptica, según explica Mayorga que decía Benjamin.

Entrada a plaza Elíptica por la A-42. Al fondo, el intercambiador. / Ergosfera (CC-BY-SA-2.0).

De ese modo, en la plaza Elíptica estaría un Aleph de Madrid, se sospecha que R.F. pueda ser argentino, y en el recuento del lugar encontraremos las claves de la ciudad, sus invariantes, su ADN. Los posibles focos que, tomados por parejas, generarían sus elípticas, sus espacios compartidos de influencia. Veamos.

El intercambiador, cómo no, lleno de líneas urbanas e interurbanas de autobuses y de Metro. El tráfico intenso con subterráneo incorporado. El colegio concertado San Viator, peregrino y viajero, que alude a los eremitas del desierto y al deporte profesionalizado, pues de allí salió Juan Antonio Corbalán. La cafetería Yakarta con sus cuadrillas de trabajadores, que buscan quien les lleve. El parque de la Emperatriz María de Austria que nos recuerda que todo esto tiene una historia, disparatada pero nuestra, y que todavía no se ha construido la máquina del tiempo que nos permita mandar comandos al pasado para cambiarlo. El gimnasio Go Fit, de reciente asentamiento, que dice que nuestro cuerpo, sus debilidades, y también nuestro idioma, con el que apenas llevamos 200 años tratando de entendernos, ya no nos satisface, que hay otro que parece que cuenta las cosas mejor y con mayor atractivo. El bingo de la avenida de Oporto que habla de la suerte y el mercadillo que se instala los jueves en Vía Lusitana y pregona que, por mucha ciudad que se piense, Madrid es también un zoco, un pueblo más con su feria a la portuguesa que el 47 y el 247 atraviesan los jueves para seguir su camino, más allá de esa crónica disparatada de R.F. que se pierde en las potencialidades de la elíptica. De los dos focos de la elíptica de Madrid que vienen representados por estos autobuses que viajan juntos, el 47 y el 247.

Así que el 47 sobrepasa la Elíptica y se hace portugués por Vía Lusitana, la calle Braganza y la avenida de Abrantes donde, a la altura de la plaza de Setúbal, se despide del 247 que se desvía por la calle Pelícano, para conocer el ambientazo comercial del Camino Viejo de Leganés, y, a continuación, por Jilguero, la plaza de Tarifa, donde vuelve a encontrarse con Alfonso XI, la colonia de San José Obrero, la calle dedicada al concejal constructor de la colonia y la calle Clara Campoamor donde termina junto a la tapia de Vista Alegre.

Pero el protagonista es el 47 que recorre la avenida pensando en la bella ciudad portuguesa de Abrantes, junto al Tajo, en el cuadro de la duquesa del mismo nombre pintado por Goya, en el manifiesto de Abrantes que dirigió a los españoles Carlos de Borbón en el comienzo de la guerra carlista y, a veces, hasta en algunas actualidades asociadas al topónimo, como que sea el actual duque de Abrantes secretario de la reina Letizia o de que se llamara Abrantes el mejor caballo que ha tenido Iñigo Méndez de Vigo en el hipódromo.

Todos esos pensamientos son posibles. También alguna que otra reflexión sobre la modestia de las casas del barrio y la llegada a la zona conocida como Pan Bendito que el Ayuntamiento en un acto de cursilería intentó embellecer nombrado a las calles Las meninas o La rendición de Breda y que, desde hace unos años, es el territorio del Langui.

La avenida de los Poblados. / Wikimedia Commons.

Hay un momento despersonalizado. El autobús se desvía por Besolla y viene a dar a la tapia de Vista Alegre, gira a la izquierda por Carcastillo y llega a Belzunegui, que le lleva a la avenida de los Poblados. Es una zona de topónimos navarros y por encima de la tapia asoma la mole del correccional o reformatorio que ahora se llama de otra manera y que después de la guerra fue cárcel y no consigue quitarse el aire de lugar difícil, por mucho que lo aireen los talleres modernos y las enseñanzas personalizadas. La avenida de los Poblados viene desde la antigua carretera de Andalucía y va circunvalando hasta la de Extremadura. Se llamó carretera de Carabanchel a Aravaca y ahora es una avenida clave que, a esta altura, hace de límite entre Carabanchel Alto y Bajo. El 47 aterrizan en ella junto a la parada de Metro de San Francisco y ve del otro lado la avenida del Euro y el parque de la Volatería. Su opción es otra. Toma Antonia Rodríguez Sacristán, una calle que bordea el polígono industrial de Aguacate, dando servicio a dos importantes residencias de ancianos, numerosos concesionarios de coches, un centro de salud y una biblioteca pública, la Luis Rosales, con unas vistas fabulosas sobre la ciudad. Luego se topa con el casco antiguo de Carabanchel Alto, que preside la torre que queda, del siglo dieciocho, de la parroquia de San Pedro Apóstol. Todas las casas son nuevas, pero el trazado de las calles permanece y le impide pasar al 47 que tiene que volver a salir a la avenida de los Poblados, junto a la tapia de un colegio, volver a entrar por Eugenia de Montijo, hasta la plaza de la Emperatriz, y pasar por delante de la parroquia que muestra su cara moderna, restaurada de antes de ayer. El 47 se jacta de tener dos emperatrices en su recorrido: María de Habsburgo y Eugenia de Montijo. Al mismo tiempo no le queda más remedio que estrecharse por la avenida de Carabanchel Alto, por donde apenas cabe tráfico de ida y vuelta, más las aceras diminutas para los peatones. A la altura de la estación de Metro de Carabanchel Alto está el callejón de la Rosa. Algunos dicen que es peligroso porque es peatonal y en su inicio no se ve el final. Separa la residencia de ancianos, que llevan las monjitas, de un antiguo cuartel que fue centro de enseñanza. Dicen que hay mucha gente, sobre todo chicas, que tienen miedo al callejón y que prefieren dar una vuelta larga antes de cogerlo. Pasado el primer cuartel, la calle Chirimoya vierte a la avenida, antes de que empiece un segundo cuartel que parece medio abandonado.  El 47 sale hacia el otro lado por la calle Alfredo Aleix. El centro de mayores Francisco de Goya es una antigua cochera de tranvías restaurada que contrasta con el caserío modesto de toda la zona. En su final, Alfredo Aleix tiene algunos chalets que advierten de una transición a los límites de la ciudad. Cuando Aleix termina y el 47 toma Piqueñas se ve el PAU de Carabanchel. Edificios modernos y de colores junto a descampados. El 47 no entra en La Peseta. Gira a la derecha y toma el camino de las Cruces donde tiene su cabecera. Desde allí puede ver la tapia en torno al palacio dieciochesco que María Luisa de Parma regaló a la hija de Godoy y que los marianistas compraron en los años cuarenta y hoy es el colegio Hermanos Amorós. También se puede ver, un poco más lejos y en otra dirección, la catedral ortodoxa rumana que se inauguró en 2015 y la casa de bambú que es uno de los emblemas de la arquitectura moderna del PAU de Carabanchel.

Terminado el viaje el 47 le dedica un momento al 247. Lo abandonó en la calle del Pelícano y sabe que termina también cerca de una tapia en la calle de Clara Campoamor, la abogada que sacó adelante el divorcio en España. Una tapia, la de Vista Alegre, que rodea lo que fueron propiedades de María Cristina y del Marqués de Salamanca y que el autobús evoca desde otra, en torno a una de las joyas del imperio marianista. Dos focos de una elíptica que genera sus campos de fuerza. Los de Madrid Solar en Venta, los del poblachón de oficinas y conventos que resiste encastillado contra viento y marea. La ciudad que nos toca cambiar.

Fuente: Carlos Alberdi en ctxt.es

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