Contaminación mediática: un debate urgente para una ley necesaria

Es necesario controlar la contaminación mediática como si se tratase de un problema de salud pública, pero ¿qué leyes necesitamos para que se legisle de manera efectiva en contra de la contaminación mediática?

No es algo muy frecuente que el portavoz de un grupo parlamentario se haga eco de un artículo de opinión y traslade su contenido al presidente del gobierno. Menos frecuente todavía es que dicho portavoz cite al autor y el medio del artículo solicitando que su contenido se transforme en ley. Sin embargo, esto es exactamente lo que pasó ayer en el debate sobre el estado de la nación cuando el portavoz de ERC, Gabriel Rufián, hizo referencia al artículo titulado La contaminación mediática, un problema de salud pública parafraseando su demanda central: “Igual que se legisla, señor Presidente contra la contaminación ambiental porque no nos deja respirar de manera sana, igual que se legisla contra la contaminación acústica porque no nos deja dormir de manera sana, deberíamos legislar contra la contaminación mediática porque no nos deja pensar de manera sana.”

Personalmente, agradezco el atípico gesto de Rufián: dice mucho de alguien el citar la fuente de una idea cuando lo más sencillo —y también lo más frecuente— es hacer pasar una versión parecida del contenido como una idea propia. Sin embargo, considero que lo más importante es insistir en la necesidad de abrir un debate en torno a la contaminación mediática, camuflada durante años como una vertiente fraudulenta pero  inevitable de la libertad de expresión. Ese camuflaje o esa confusión es lo que no podemos seguir consintiendo bajo ningún concepto: que se normalice una práctica tóxica y abiertamente antidemocrática mediante la perversión de un concepto imprescindible para la democracia como es el de la libertad de expresión. 

Digámoslo de una vez: la libertad de expresión recoge el derecho de cualquier persona —incluida aquella que no posee medios de comunicación— a participar de los asuntos públicos sin que, por ello, su integridad y su dignidad sean destruidas o maltratadas. Lo que no recoge la libertad de expresión es el derecho de los grandes medios de comunicación a destruir y maltratar la dignidad y la integridad de cualquier persona por tratar de participar de los asuntos públicos. Se trata exactamente de lo contrario. 

Dicho de otra forma, la confusión interesada de los privilegios con los derechos no está arrastrando al interior de una sociedad putrefacta. Una sociedad estamental donde la nobleza mediática, política y jurídica siembra odio, desconfianza y resentimiento en el corazón de masas plebeyas  crecientemente agobiadas por la inflación, el calor y el precio de un excesivamente eléctrico aire acondicionado. Ese es el contexto por el que Ana Pastor no pregunta cuando observa cómo las redes sociales arden de indignación. Pero sigamos contextualizando.  

En mi primer artículo argumenté que la contaminación mediática debería ser tratada como un problema de salud pública. Literalmente, afecta a la salud de las personas a través del estrés social que produce la imagen de un mundo repleto de peligros, amenazas y enemigos. Y es que cuando las mentiras no nos matan de rabia nos matan del asco: a los pocos días del montaje de Irene Montero, razón del primer artículo, salen a la luz –gracias al encomiable trabajo periodístico de la periodista Patricia López– los audios de Villarejo que implican directamente a Ferreras con las prácticas burdas de Eduardo Inda para fabricar pruebas contra Pablo Iglesias y Podemos. Como sabemos, era delicado y demasiado burdo, pero la lealtad a los “tuyos” (en el caso de Ferreras, a los “suyos”) es el santo y seña de la nobleza estamental. Por eso, solo se puede aplaudir la decisión de Iñaki Gabilondo de identificar a Pablo Iglesias como a uno de los “nuestros”.

Y es que, como sucede con los ríos y los acuíferos, los grandes vertidos de contaminación mediática transforman en repugnante aquello que una vez fue transparente y hermoso. Donde Podemos generó ilusiones de dignidad democrática (compartidas o no), la contaminación mediática generó odio, sospecha, tensión y escepticismo. Y cabría hablar de errores internos, pero no es el momento. Donde el independentismo catalán trató de movilizar aspiraciones democráticas (compartidas o no), la contaminación mediática sembró la guerra entre comunidades y familias. Y cabría hablar de errores internos, pero tampoco es el momento. En todos estos casos, ¿era el odio la única vía posible? En absoluto: era la vía que más interesaba a quienes les interesa que la gente se odie; la vía más segura para aquellos que sienten la democracia como una amenaza a sus privilegios.  

Aunque parezca una metáfora, el análisis de la contaminación como problema “ambiental” se fundamenta sobre una comprensión biológica de los sistemas simbólicos. Las palabras son a la especie humana lo que las codas a las ballenas o el movimiento corporal a las abejas: junto a las imágenes y los gestos, transmiten la información esencial que nos permite diferenciar lo valioso de lo tóxico de un medio. Ese es, si se quiere, el fundamento digestivo de la diferencia entre el bien y el mal: “malo”, sin duda ni matices, es aquel hace pasar por “bueno” un fruto conociendo de antemano su veneno. Y ese es el núcleo de la maldad de Ferreras: sus palabras evidencian que su problema no era con la diferencia entre lo verdadero y lo falso, sino con la apariencia de la falsedad: que la mentira era demasiado burda.  

Pero, si era algo tan burdo: ¿por qué la gente se lo creyó? Si parecía veneno, ¿por qué la gente se lo tragó? Por mucho que nuestro lenguaje haya alcanzado un grado de complejidad y flexibilidad creativa sin equivalente en otras especies, la dimensión emocional que nos comunica con el medio simbólico sigue siendo básicamente irracional, de aquí que la llamada práctica de la “posverdad” se apoye, fundamentalmente, en una evidencia neurolingüística: el lenguaje nos persuade con emociones antes de convencernos a través de datos objetivos, por ello, recopilar datos verdaderos es una tarea innecesaria si tu objetivo básico es generar emociones de miedo, desconfianza, desprecio, alegría, esperanza u odio en tu audiencia. 

Dijo Rufián en el debate que de la mentira nace el odio, y del odio nacen los monstruos. Pero no es menos válida la fórmula inversa: del odio nace la mentira, y gracias a la mentira el odio se multiplica. Y es que si bien no podemos evitar que la gente odie, lo que sí se puede evitar es que el odio encuentre en los medios de comunicación cañerías abiertas para vertirse día tras día, mes tras mes, año tras año, en el ambiente simbólico en que nos pensamos, hablamos y juzgamos. 

Una vez más: es necesario controlar la contaminación mediática como si se tratase de un problema de salud pública, pero ¿qué leyes necesitamos para que se legisle de manera efectiva en contra de la contaminación mediática? ¿Qué medios y contrapesos servirían para que ese escudo no se transformara de nuevo en un arma? ¿Qué medidas deberíamos tomar para hacer valer el derecho constitucional a la información veraz? Ninguna respuesta a esta pregunta es evidente, pero hay algo que sí lo es: solo con fuerza y solidaridad democrática lograremos poner el valor de la salud pública por encima de sus privilegios.

Fuente: Alberto Coronel Tarancón en elsaltodiario.com
Foto: Democracia | Jaime Cinca 

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