Balance de tres años de gobierno progresista

Frente a la estrategia conciliadora de Unidas Podemos, es urgente volver a insistir en el conflicto y la lucha de clases como centro gravitatorio de toda política transformadora. Intentar hacer política sin actividad de las clases populares es como predicar en el desierto

Este 30 de diciembre se cumplen tres años de la firma del acuerdo de coalición entre PSOE y Unidas Podemos. El tiempo que resta a esta legislatura es año electoral, por lo que a buen seguro nos espera una copiosa ración de promesas y decretos de última hora que permitan vender, de cara a la galería, avances en todos aquellos temas que han sido guardados en el cajón durante el grueso de la legislatura. Previendo esto, este artículo pretende hacer un balance del gobierno PSOE-UP, asumiendo que ya hay suficientes elementos para este.

Este gobierno asumió el cargo con una significación histórica que ellos mismos se arrogaban: frenar al fascismo. Vox había pasado de 24 escaños en las elecciones de abril de 2019 a 52 en las de noviembre de ese mismo año. El miedo a que siguiera creciendo animó a PSOE y UP a llegar al acuerdo que no habían sabido alcanzar hasta el momento.

Ríos de tinta han corrido intentando responder a la pregunta de cómo frenar al fascismo, muchas veces desde sillones liberales que han demostrado históricamente que, en caso de disyuntiva, han preferido siempre al fascismo que a la clase obrera organizada. (Y no tan históricamente: en las últimas elecciones legislativas francesas, el partido de Macron se negó a dar la consigna de votar a la Unión de la Izquierda,que desde luego no son revolucionarios, frente a los candidatos de la extrema derecha). Pero una cosa esta clara: si este gobierno conseguía situar a la clase trabajadora y al conjunto de las oprimidas en una situación mejor de la que había encontrado, y atacaba las bases del fascismo, este no tendría espacio en el que crecer.

Una situación “mejor” no solo significa, como repiten incansablemente las ministras de UP, “mejorar la vida de la gente” en un sentido material, lo cual tampoco ha logrado este gobierno, como veremos. “Mejor” también supone situar al conjunto de la clase trabajadora en una posición más favorable para presentar batalla frente a la clase dominante y el fascismo. Está claro que este gobierno no estaba dispuesto a dar esa batalla. El PSOE es el partido por antonomasia del régimen del 78, el pilar más importante que garantiza su estabilidad (no olvidemos que tras la crisis de 2008 legisló la primera reforma laboral de calado). Unidas Podemos renunció hace tiempo a ser una fuerza rupturista, aceptando el mantra de que la democracia liberal —y en concreto el sistema político del Estado español— es capaz de representar los intereses de toda la sociedad.

Esta caracterización básica de las dos fuerzas del gobierno señala los límites del mismo: un gobierno de colaboración entre clases que iba a asegurarse de que las élites se seguían enriqueciendo mientras no obtenía ninguna conquista para la clase trabajadora. Pese a ello, quedaba por despejar la incógnita de lo que conseguiría arrancar Unidas Podemos en su primera participación gubernamental. A día de hoy lo tenemos bastante claro.

En el punto 5.6 del acuerdo de coalición aparecía la derogación de la ley Mordaza. La existencia de esta ley crea un estado de excepción permanente en el ejercicio de los derechos políticos más básicos que se parece mucho más a lo que los fascistas entienden por “orden” que a lo que los ecosocialistas entendemos por “libertad”. La Ley Mordaza refuerza la “libertad”, sí, pero una en concreto: la de actuación de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (FCSE), uno de los bastiones sociales y electorales de la extrema derecha. El fascismo crece en el interior del Estado gracias a la violencia normalizada de la sociedad liberal.

Algo similar hemos podido observar en los ataques antidemocráticos del Tribunal Constitucional y del Consejo General del Poder Judicial al poder legislativo. Esto no nos debería sorprender, pues desde la Transición el poder judicial se configuró como un bastión del pasado dictatorial y las fuerzas reaccionarias. Muchos años de gobierno del PSOE han pasado sin atender esta cuestión, y ahora se llevan las manos a la cabeza. Para acabar con el coto privado en el que se ha convertido el poder judicial para la derecha haría falta reconocer que esta es una característica básica del régimen del 78, y por lo tanto tener una voluntad decidida de superarlo, algo que va en contra de la naturaleza de este gobierno.

Volviendo al acuerdo de coalición, en el punto 1.3 se planteaba la derogación de la reforma laboral del PP, y en el 2.9.3 la regulación de los alquileres. Con respecto a la primera, el Ejecutivo (liderado por la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz) decidió que era mejor optar por un acuerdo entre patronal y sindicatos (únicamente CCOO y UGT) que suponía un mero maquillaje de la misma aplaudido por la CEOE, dejando intactos los aspectos más lesivos de la reforma laboral de 2012. La regulación de los alquileres ni está ni se la espera.

El punto 5.12 prometía una ley Trans, y el 3.1 aprobar una Ley de Cambio Climático. Este último acuerdo sí se ha cumplido, pero mereciendo el calificativo de “insuficiente” por el grueso del movimiento ecologista. En cuanto a la Ley Trans, una iniciativa muy positiva del Ministerio de Igualdad, finalmente se ha logrado aprobar pese a las constantes trabas de un PSOE demasiado influido por transfobia. Sin duda, uno de los pocos avances de la legislatura.

Exceptuando la Ley Trans, Unidas Podemos ha ido aceptando, a veces con convencimiento y otras a regañadientes, todos los incumplimientos del acuerdo de coalición y de su propio programa. Solo algún ejemplo más: unos presupuestos con un aumento desorbitado del gasto militar (25%), cumpliendo con el mandato de la OTAN, o la política criminal del Ministro de Interior, en connivencia con el resto de la UE, en la frontera con Marruecos —de la cual las decenas de muertes del salto en Melilla el 24 de Junio de 2022 son sólo su más trágica consecuencia.

Podemos extraer una lección clara: el gobierno tan sólo ha reforzado a los sectores de su base social complacientes con su estrategia de pacto de clases —aparatos sindicales de CCOO y UGT, algunos sectores de los movimientos sociales…— mientras intentaba cercar y extinguir a las posiciones más combativas, véase su actuación en la huelga del metal en Cádiz, o la beligerancia de las delegaciones de gobierno con el movimiento de vivienda. Mientras tanto, el gobierno ha ido dando alas a los que deberían ser sus supuestos “enemigos” –los fondos buitre, la extrema derecha o la patronal. A la vista de todo esto, no albergamos ninguna esperanza de este gobierno. Menos aún de los que puedan venir de igual configuración, que parece ser el horizonte deseado tanto del PSOE como de las diversas fuerzas a su izquierda (Podemos, IU, Sumar, Más País/Más Madrid…) que se pasan el día hablando de unidad. ¿Unidad para esto?

Nuestra tarea es que estos conflictos aislados crezcan y den un salto político, pasando de la necesaria confrontación de unas trabajadoras concretas contra su empleador a la confrontación como clase del conjunto de las trabajadoras contra el conjunto de la burguesía

Frente a esta estrategia conciliadora, es urgente volver a insistir en el conflicto y la lucha de clases como centro gravitatorio de toda política transformadora. Intentar hacer política sin actividad de las clases populares es como predicar en el desierto. Por eso en este momento lo más relevante es animar las luchas existentes, participar en ellas activamente y ayudar a que escalen sus reivindicaciones sin conformarse con las migajas que les ofrece el tripartito sindicalismo reformista–Estado–CEOE. Lo que necesitamos son conquistas duraderas conseguidas a través de la autoorganización, que servirán para situarnos en una mejor situación para las luchas de mañana en un doble sentido: material, pues cuanto peores son nuestras condiciones de vida más difícil es organizarnos, y subjetivo, pues la consciencia sólo se puede crear en la lucha, donde miras a tus compañeras y te das cuenta de que perteneces a una misma clase con capacidad para cambiarlo todo. Ahí es donde se construye unidad, fuerza y sujeto.

Y en esas luchas surgirá una certeza: las victorias logradas son necesarias, pero no nos bastan, pues la satisfacción completa de las necesidades de las trabajadoras y del conjunto de la humanidad, no son metas realizables en el marco de las relaciones sociales capitalistas. Tampoco lo es la transición ecosocial, condición necesaria para asegurar la pervivencia de nuestra especie y la vida en el planeta. Por tanto, hacen falta organizaciones que, partiendo de la actividad política real de las clases populares, pongan encima de la mesa la necesidad de armar un proyecto revolucionario que aspire a la superación completa del estado actual de las cosas.

Un ejemplo actual puede ser útil. A lo largo del Estado español, y de todo el mundo, la clase obrera está sufriendo un ataque sobre el salario. Como la rentabilidad del capital cada vez es menor, y ante la imposibilidad de reanudar un ciclo largo de acumulación, el capital acentúa la explotación de la fuerza de trabajo. En multitud de centros de trabajo del Estado Español están empezando a surgir reivindicaciones y huelgas por el mantenimiento del poder adquisitivo. Nuestra tarea es que estos conflictos aislados crezcan y den un salto político, pasando de la necesaria confrontación de unas trabajadoras concretas contra su empleador a la confrontación como clase del conjunto de las trabajadoras contra el conjunto de la burguesía. Esto permitiría introducir una perspectiva distinta para la salida de esta crisis, que pasase por el control social de amplios sectores de la economía —sanidad, transporte, energía, banca, alimentación—, que, desprivatizados y democratizados, permitirían ir satisfaciendo las necesidades de las clases populares mientras a la vez se esta se autoconstituye como clase. Unida, fuerte y consciente.

Mientras la clase trabajadora sufre para llegar a fin de mes, este gobierno prefiere invertir en la sostenibilidad del balance anual de las empresas del Ibex35 y utilizar tímidamente el gasto social para evitar un nivel de descontento peligroso. Nada debe atar a las clases populares a un gobierno que hace mucho eligió su trinchera como garante de la estabilidad del capitalismo en este rincón de Europa. Organicémonos para poder construir la nuestra, pues solo desde esa autonomía podremos alcanzar cuotas mayores.

Fuente: Germán P. Montañés en elsaltodiario.com
Foto: Álvaro Minguito

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