Algo de verdad

Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que no tiene tiempo de vivirla.

Charles Bukowski

El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan.

Karl Marx

Mira el reloj y al fin, tras una larga jornada laboral, comienza a recoger sus cosas con desgana. Es miércoles, ese día a mitad de camino entre los lunes, un inicio de semana que le recuerda que sus sueños de infancia se han ido apagando poco a poco, y los viernes, ese pequeño respiro que logra apartalo momentáneamente de una oficina que ahora, mientras las luces se van apagando y los escritorios comienzan a empujones a quedarse vacíos, no parece tan denigrante y aterradora como lo semejaba hace solo un par de horas, cuando la sobrecarga de trabajo y la habitual indiferencia de los jefes a ante esta situación, convertían su pequeño habitáculo en una auténtica cámara de tortura de la que solo podía intentar alejarse a toda cosa.

¿Su nombre?, ¿acaso a alguien puede interesarle eso realmente?

Hace tiempo que llegó a comprender que esas letras impresas sobre la pequeña tarjeta con su foto y el logo de la empresa, no son sino una forma de intentar humanizar un lugar que nada tiene de humano. Las paredes de la planta en la que se sitúa su despacho, suponen un mundo a todas luces más cercano a un campo de concentración que a un lugar en el que el ser humano pueda desarrollar sus valores o capacidades. A nadie le interesa su nombre si no es para encargarle una tarea o mejor aún, poder descargar sus frustraciones contra un empleado supeditado y encadenado por la línea jerárquica. A lo largo de los años de fiel y servil trabajo, había visto como decenas de personas habían sido despedidas, sin que ningún compañero se hiciese preguntas, más allá de las que podrían hacerse si la empresa decidiese cambiar la marca de ese horrible café con el que se intenta mantener una productividad elevada durante las interminables mañanas.

Los sindicatos, la lucha de clases o el compañerismo, son conceptos abandonados en un siglo en el que el puesto de trabajo otorgaba una identidad a las personas y esta se defendía con uñas y dientes. El ser obrero, campesino, técnico industrial, periodista o camarero, significaba por aquel entonces algo más que una tabla de salvación momentánea en medio de la tormenta de la precariedad. El puesto de trabajo suponía la verdadera línea de defensa en la última trinchera de la lucha de clases, pero esos tiempos han pasado y mientras cruza las puertas del reluciente edificio de oficinas a las afueras de la ciudad, no puede evitar darle vueltas a que los ocupantes de esos brillantes deportivos de lujo que ahora abandonan el parking de ejecutivos tras pasarse la última media hora de la jornada laboral en el bar, corresponden  claramente a la figura de los ganadores de aquel invisible conflicto.

De vuelta en el metro, deja caer furtivamente su mirada en todos esos jóvenes con escasa esperanza abandonando las universidades con sus debates sobre Gran Hermano o cualquier otro programa de telerealidad que este en ese momento de moda. Después de todo, ¿quién podría culparlos? Cualquier de esos famosos de medio pelo que airean sus relaciones sexuales o sus más bajos instintos en antena, ganarán en una hora lo que él o cualquiera de los padres de esos universitarios, van a lograr ingresar en sus cuentas durante un par de meses. Suena triste, pero en nuestro estado, en nuestro marco cultural, en nuestro sistema, la única escalera real para la ascensión social se enmarca en vender nuestro cuerpo, nuestras intimidades o nuestra conciencia. La universidad hoy simplemente encarna algo así como la tarjeta de la empresa con su nombre impreso: una falsa sensación de humanidad para el sistema, un modo de lograr tragar con tanta miseria, una ilusión a la que aferrarse.

Al llegar a casa enciende la televisión para poder escuchar de fondo los informativos de última hora, mientras se prepara algo para cenar con las escasas materias primas que todavía quedan en su nevera. La carga de trabajo y porque no decirlo la desidia por su alimentación, habitualmente le impiden sacar tiempo para acudir al supermercado y por ello las latas de conserva, la comida precocinada o los restos de algún restaurante barato, se amontonan en el fondo del frigorífico junto a un par de cervezas y un novedoso frasco de orina para los análisis de mañana. Sabe que esa prueba va a salir mal, su alimentación es mala, su rutina diaria es mala e incluso su vida, a día de hoy y desde hace bastante tiempo, se podría decir que es una auténtica basura. Lejos quedan los tiempos de cocina elaborada con los productos del mercado del barrio y las rutinas de ejercicio en el gimnasio para mantenerse en forma, la crisis económica hizo que tuviese que apretarse el cinturón y el sedentarismo fruto de la pobreza y la comida envasada, hicieron que curiosamente su cintura se agrandase a un tamaño nunca antes contemplado por su cansado y aletargado cuerpo. Quizás ese fue el motivo por el que su última novia lo dejo tras diez años de relación, podría ser…

En realidad él sabe que todo eso no tuvo nada que ver con que ella se marchase, las cosas ya iban mal antes y mientras abre una cerveza y decide pasar definitivamente de la cena, se repite una vez más que el no querer traer hijos a este mundo fue una decisión realmente generosa y madura, que las relaciones hoy en día no se han hecho para durar eternamente y que las promesas de sexo accesible y las aplicaciones de su móvil que aspiran a proporcionárselo, tarde o temprano darán sus frutos. Mientras tanto, las citas con viejos amores tan desesperados como él y la masturbación le aportaran las necesarias dosis de serotonina. El salir los fines de semana a buscar algún ligue hace tiempo que ha quedado descartado por el precio de las copas en los locales, la baja calidad de las drogas y la edad. La edad juega un papel y es un lastre que te atrapa, aunque esta sociedad se encargue de hacernos parecer eternos adolescentes inconscientes con todo un futuro por delante, lo cierto es que no lo somos, somos adultos y estamos condenados a una vida a cada paso con menos certezas y por desgracia comenzamos a ser muy conscientes de ello.

Mientras se termina la cerveza, en la televisión hablan de algún país abocado a la ruina por otra revolución inconsciente, violaciones en grupo, competiciones deportivas amañadas, desastres climáticos y una huelga reventada por parte de los propios trabajadores de la empresa que ante los impasibles e indiferentes reporteros exigen su derecho a volver al trabajo…

Un país con un fútbol controlado por el capital y numerosos esquiroles orgullosos de serlo, no es un país en el que nadie debiese querer vivir. Por un momento comprende que un país así también es en cierta forma un país en guerra, quizás no una de esas guerras televisivas arrasadas por el imperio Yankee, pero sí una guerra diaria y silenciosa, en la que empresarios, políticos y medios de comunicación, bombardean incesantemente a la población con cargas atómicas informativas y lúdicas de cara a lograr convertirlos en siervos temerosos o ciudadanos ignorantes, según la situación lo requiera.

Entonces, por un momento desearía ser uno de esos lobotomizados espectadores enganchados a la vida de algún personajillo pseudofamoso o mejor aún, uno de esos currantes desclasados capaz de tragarse cualquier mierda lanzada por la ultraderecha con tal de poder culpar a los moros, las mujeres o los rojos de todas sus desgracias, logrando evitar de esa forma enfrentarse a la realidad de que el enemigo es más poderoso que todo eso y se dibuja en la firma de quién le paga la nómina a final de mes a regañadientes y se niega continuamente a aportar la parte impositiva que le corresponde al estado en forma de impuestos, esquivándolo a través de bufetes de abogados e ingeniería fiscal.

El enemigo dicta las normas y dirige el juego, mientras uno solo puede votar cada cuatro años, esperando a ver que sucede si es que no quiere que le llamen terrorista. El individualismo, la ignorancia y el miedo, son los pilares básicos de un sistema llamado capitalismo, pilares básicos de una opresión que cada día se hace más presente en su pecho llevándolo a pensar cada vez con mayor asiduidad en la derrota o incluso en el suicidio…

Pero hoy ya no hay tiempo para eso. El despertador sonará temprano mañana y tras poner una lavadora con un par de vaqueros y unas camisetas, encenderá un cigarro de marihuna y quizás, si no esta noche no se encuentra demasiado cansado o deprimido, puede que decida ver un capítulo de alguna serie nueva y si pese a todo eso no funciona, finalmente optará por expulsar una dosis de dopamina de su cuerpo, sin que por ello tenga la necesidad de legar a otra inocente alma la pesada carga de un mundo que no está diseñado para la soledad del obrero. Tras eso, simplemente se irá a dormir.

No tirará la toalla, no esta noche al menos. Quién sabe, quizás mañana sea otro día y oportunamente cruce furtivamente una mirada con una guapa chica en el metro. Quizás en el trabajo comiencen a mejorar las cosas o algún joven inconforme decida salir a la calle para protestar, iniciando de ese modo el germen de lo que será la gran revolución tanto tiempo esperada por tipos como él con la esperanza de que este jodido sistema cambie… En realidad sabe que las probabilidades de que eso suceda son pocas, ínfimas diría. Pero cuando uno no nace en una cuna de oro, la esperanza siempre es lo último que se pierde.

Fuente: Daniel Seixo en NuevaRevolución.es

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