A punto de empezar la siguiente batalla contra el frío en la oscuridad de la Cañada Real

Tras un año sin luz en el sector 6 del asentamiento, las vecinas y vecinos se preparan para el invierno con leña, gas y placas solares, que pueblan los tejados de las casas bajas y que han servido para encender bombillas y lavadoras en los últimos meses.

Que no se haga de noche. Que no llegue el invierno. Después de un año sin luz en el sector 6 de la Cañada Real en Madrid, los vecinos viven con angustia los últimos compases del buen tiempo. El verano tampoco ha sido sencillo por las olas de calor, pero las heladas nocturnas y la nieve serán mucho peores. Ya han empezado a bajar las temperaturas y, como un resorte, regresan los recuerdos del último invierno sin corriente eléctrica. En las conversaciones vuelve, recurrente, Filomena , la gran nevada que dejó al poblado aislado, y asumen que la luz no va a volver al último sector, custodiado por la incineradora de Valdemingómez y la M-50.

Hace más de un año comenzó los cortes de luz en los sectores 5 y 6 de la Cañada Real por sobrecargas en la red que apuntaban directamente a plantaciones de marihuana. La empresa suministradora, Naturgy, cortó los enganches sospechosos en el 5 , pero no restituyó el suministro en el último sector. En el cinco sí que tienen luz, pero con menos capacidad que antes, aseguran los vecinos.

“La verdad es que hemos perdido todas las esperanzas. Ha sido un año muy difícil. Lo hemos pasado fatal con la nieve y también con el calor”, cuenta Omaima, una mujer de 28 años, que acaba de ir a recoger a sus dos niñas a un colegio en el Ensanche de Vallecas. Las mujeres de la parcela ya se están preparando para el frío con leña, bombonas de butano y placas solares, que durante el verano han podido utilizar para poner lavadoras, el frigorífico y un rato la tele.

En los días nublados, no da más que para el alumbrado. “Los días que no hace sol, solo funcionan las bombillas y por la noche ya no va nada, no podemos encender la nevera, ni la lavadora, ni nada. En verano, fue algo más sencillo gracias al sol. Aunque como la luz normal no va a ser “, protesta. “Este año vamos más preparados a un invierno que va a ser sin luz. Solo tenemos las placas solares. Si hay sol, pues funcionan bien, si no, lo pasamos fatal”, lamenta. Como el día anterior no se cargaron suficiente las baterías, hizo la colada en la casa de su madre, le explica a una vecina.

Este invierno será tan duro como el anterior, pero habrá una diferencia: el apagón no les pillará por sorpresa. Las placas solares pueblan los tejados, aunque no todo el mundo ha podido costearse una instalación de este tipo. En la Cañada conviven tantas circunstancias como personas. Abla, otra joven madre, ha pedido prestado dinero a su familia para poder pagarse los paneles.

“Tenemos chimeneas, calentadores de agua y no sé cómo será lo de las placas. De momento, funcionan bien. Cuando hay lluvia cuesta un poco. Pero en invierno a saber cómo va a ser. Tenemos para apañar el frío, pero para la luz no estamos seguros “, dice desde la puerta metálica de su cochera. Le desagrada hablar del invierno pasado porque fue uno de sus peores momentos. Cuando cayó la tremenda nevada sobre Madrid estaba embarazada y pocas semanas después dio a luz.

“El otro día fui a una reunión en la que estaban todas las entidades, la administración y algunas vecinas y el señor comisionado. Se lo agradezco porque ya va a descansar nuestra mente. Dijo directamente que jamás va a volver la luz por este cable a este barrio “, añade. Conocedoras de la situación, ahora solo les queda acomodarse.

Los vecinos y vecinas de los sectores 5 y 6 de la Cañada Real siguen solicitando que se restituyan los servicios básicos y, más aún, que se legalice el asentamiento. No se imaginan abandonando sus casas. “Estamos movilizados”, comenta Miguel, del sector 5. “El sábado [cuando se cumplió el año de corte eléctrico], hubo una reunión en el campo de fútbol”. Este vecino lleva en la Cañada Real desde 1978 y tiene claro que las soluciones existen, pero que para eso tiene que haber voluntad política. Reclama la vuelta a la normalidad eléctrica “porque en el pacto regional se garantizaban todos los servicios”.

En 2018 se firmó el Pacto por la Cañada Real entre la Comunidad de Madrid, los ayuntamientos de Madrid, Rivas Vaciamadrid y Coslada y la Delegación del Gobierno. En el mismo, se estableció “El realojo e inclusión social de un máximo de 150 familias que viven en el sector 6 de Cañada Real”, que está lejos de completarse. De hecho, según cuentan los vecinos, la gente sigue llegando a Valdemingómez. “Aunque no haya luz, sigue llegando gente. La gente está buscando aquí alquileres porque es más barato que en Madrid”, confirma Omaima, que calcula que el alquiler de una casa baja con un par de habitaciones puede costar unos 300 euros. “Al igual que va saliendo gente, va llegando gente. La Cañada es un barrio más de Madrid como El Pozo, como la Castellana”, reclama Houda, de la asociación vecinal Tabadol. “

“Hay que luchar por que los barrios sean dignos. Si quitas La Cañada, La Cañada se irá a otro barrio”, apunta Miguel.

El martes pasado, la delegada del Gobierno en Madrid, Mercedes González, planteó a Isabel Díaz Ayuso un plan de 200 millones de euros para realojar en tres años a las familias . “Hay que revitalizar el Pacto Regional por la Cañada Real, abordando de una vez por todas la solución de fondo, los realojos”, recogía Europa Press. González recordó a la Comunidad que hay vías a través de los fondos europeos para llevar a cabo un cabo esta inversión, que espera que se incluya en los presupuestos regionales.

Cuando cae el sol empieza “la hora del motor”, explican con ironía un grupo de chicas de entre 17 y 25 años. Todas están alrededor de un bidón en cuyo interior ya hay leña ardiendo. El frío le va ganando terreno a los días y las familias tratan de mantenerse calientes a base de leña y gas butano, pero tienen miedo de las intoxicaciones, que se suceden cada invierno. “Cuando va a oscurecer lo arrancamos”, cuenta Yolanda. “No se puede tener todo el día porque no hay dinero para gasolina. Nos bañamos con ollas y cubos de agua. Ahora dicen que quieren cortarnos el agua. Si cortasen el agua sería la muerte. Sin agua y sin luz, ya no podríamos vivir “.

Hokolod juega en chanclas con un balón de fútbol en el patio de su casa, que tiene una higuera enorme y varias bicicletas aparcadas. Su madre, Fátima, le observa desde la ventana. Su hija mayor estudia farmacia y cuenta que el pequeño el invierno pasado no tenía ganas de hacer ni los deberes. “Veía que tenía mucho frío. Se le empañaban las gafas”. La madre, que llegó de Tánger a la Cañada hace 18 años, reconoce que el niño ha tenido un bajón en las notas.

Alejandro ha entrado a la tienda de Lamati a por unas velas para su padre Marco, que tiene 70 años y se busca la vida cada día en Conde de Casal, una zona céntrica de la capital. “Nos apañamos muy mal, fatal. Y sin luz ahora. Ya está haciendo frío dentro de casa. Afuera no, afuera con el sol se está a gusto. Pero dentro de casa hace frío. Estas velas son para mi padre. Yo tengo un motor de luz y le echo gasoil. Mi padre vive aquí en la chabola esta de madera “, dice señalando hacia la calle. A Alejandro se le acaba de romper la nevera y se lo cuenta al tendero, que le responde que en su casa ya no encienden la lavadora por lo mismo, porque se les quema.

“Compré hace nada la nevera y ya está para tirarla. De pararla, ponerla, arrancar el motor, pararla. Hay que pararla porque no hay dinero para tanta gasolina. Ya está para tirarla, nueva que la compré. No sé lo que va a pasar ya con esto, decían que iban a poner la luz. potencia, pero conservarla.

Es noche cerrada. Por las calles se adivinan siluetas y casas porque los faros de los coches, que no dejan de subir y bajar la carretera principal, iluminan las fachadas. Algunas familias se reúnen al calor de las hogueras; otras utilizan focos que funcionan hasta que los generadores se apagan. Isidro, con 86 años, ve la tele un rato antes de acostarse. Está sentado sobre una silla de madera y mimbre, bajo una bombilla amarilla que baña toda la habitación. Apenas se oye el aparato porque afuera varios generadores rugen sin parar. Marco ya ha prendido sus dos velas a esa hora. “No hay quien aguante el ruido de los generadores. Hasta que se acaba la gasolina. Ahí ya se queda uno más tranquilo”. 
Fuente: Cristina Armunia Berges en eldiario.es

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